El club De la buena Estrella
- Автор: Тан Эми
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
Pero el último año, cambiaron los sentimientos de Ted acerca de lo que él llamaba «decisión y responsabilidad». Una paciente le planteó un problema de venas varicosas en la mejilla. El le dijo que podía eliminarle aquella especie de telaraña rojiza y devolverle la belleza, y ella le creyó, pero durante la operación le succionó un nervio por accidente y le dejó torcido el lado izquierdo de la cara. La mujer lo demandó.
Después de que perdiera el litigio por negligencia profesional -el primero y, ahora me doy cuenta, una enorme conmoción para él- empezó a presionarme para que yo tomara decisiones. ¿Creía que deberíamos comprar un coche del país o japonés? ¿Deberíamos cambiar el seguro de vida a plazo fijo? ¿Qué pensaba de aquel candidato que apoyaba a los contras nicaragüenses? ¿Cuántos hijos deberíamos tener?
Yo sopesaba los pros y los contras, pero al final me sentía muy confusa, porque nunca creía que hubiera una sola respuesta correcta y, no obstante, eran muchas las erróneas. Así pues, cada vez que decía: «Decídelo tú» o «me es indiferente» o «me parece bien de cualquiera de las maneras." Ted replicaba con impaciencia: «No, decídelo tú. No puedes prescindir de la responsabilidad y librarte luego de tu parte de culpa».
Percibí que las cosas estaban cambiando entre nosotros. Se había alzado un velo protector y ahora Ted empezaba a hacerme responsable de todo. Me pedía que decidiera sobre las cosas más triviales, como para provocarme: comida italiana o tailandesa, un aperitivo o dos, qué clase de aperitivo, tarjeta de crédito o metálico, Visa o MasterCard.
El último mes, cuando se disponía a marcharse para seguir un cursillo de dermatología en Los Angeles, que duraría un par de días, me preguntó si quería acompañarle, pero en seguida, sin darme tiempo a responderle, añadió:
– No importa, prefiero ir solo.
– Así tendrás más tiempo para estudiar -convine.
– No es por eso. Es que nunca eres capaz de tomar una decisión acerca de nada.
– Sólo en asuntos que no tienen importancia -protesté.
– Entonces nada es importante para ti -dijo él en tono de disgusto.
– Ted, si quieres que vaya, iré.
Estas palabras parecieron tocarle alguna fibra sensible.
– No sé cómo llegamos a casamos. ¿Dijiste que sí sólo porque el sacerdote te dijo «repite conmigo…»? ¿Qué habría sido de tu vida si no te hubieras casado conmigo? ¿Se te ha ocurrido pensarlo alguna vez?
Había tan poca lógica entre lo que cada uno de nosotros decía, que tuve la sensación de que éramos como dos seres situados en sendas cimas montañosas, inclinándose temerariamente hacia delante para arrojarse piedras, sin ver el peligroso abismo que las separaba. Ahora comprendo que Ted hablaba así expresamente desde el principio, con la intención de mostrarme la brecha, porque esa misma noche me llamó desde Los Angeles y dijo que quería divorciarse.
Desde que Ted se marchó, he estado pensando y llegado a la conclusión de que aunque lo hubiera esperado, aunque hubiera sabido cómo orientaría mi vida, el golpe habría sido igualmente brutal.
Cuando sufres un choque tan violento, es inevitable que pierdas el equilibrio y caigas. Y una vez que te has levantado, comprendes que no puedes confiar en que nadie te salve, ni tu marido ni tu madre ni Dios. ¿Qué puedes hacer entonces para evitar inclinarte y caer de nuevo?
Durante muchos años mi madre creyó en la voluntad divina. Era como si hubiera abierto un grifo celestial que no cesaba de verter la divinidad; Decía que la fe era lo que posibilitaba todas las cosas buenas con que nos encontrábamos en la vida, pero yo entendía «destino», porque ella no sabía pronunciar el sonido «th» de la palabra «fe». [2]
Más adelante descubrí que quizá se trataba de destino desde el principio, que la fe no era más que la ilusión de que, de algún modo, ejerces el control de tu vida. Observé que lo máximo que yo podía tener era esperanza, con lo cual no negaba ninguna posibilidad, ni buena ni mala. Todo lo que decía era: «Si hay una alternativa, Dios mío o lo que seas, inclina hacia aquí las probabilidades».
Recuerdo que cuando empecé a pensar así fue una gran revelación para mí. Sucedió el día en que mi madre perdió la fe en Dios, cuando descubrió que no podría volver a confiar jamás en cosas de certeza incuestionable.
Habíamos ido a la playa, a un lugar recogido al sur de la ciudad, cerca de Devil's Slide. Mi padre había leído en la revista Sunset que era un buen sitio para pescar percas, y aunque mi padre no era pescador, sino auxiliar de farmacia que en el pasado ejerció como médico en China, creía en su nengkan, su capacidad de hacer cualquier cosa que se propusiera. Mi madre se creía en posesión de nengkan para cocinar cualquier cosa que capturase mi padre. Esta creencia en su nengkan fue lo que llevó a mis padres a Estados Unidos, lo que les capacitó para tener siete hijos y comprar una casa en el distrito de Sunset con muy poco dinero, lo que les dio confianza para creer que su suerte nunca se acabaría, que Dios estaba de su parte, que los dioses domésticos solos podían informar de cosas buenas y nuestros antepasados estaban satisfechos, que las garantías vitalicias significaban que nuestra suerte nunca cesaría, que todos los elementos estaban en equilibrio, la cantidad adecuada de viento yagua.
Así pues, allí estábamos los nueve: mis padres, mis dos hermanas, cuatro hermanos y yo misma, pletóricos de confianza mientras caminábamos a lo largo de la playa. Avanzábamos en fila india por la arena gris y fría, en orden de mayor a menor. Yo, con catorce años, iba en el medio. Habríamos formado una curiosa estampa para un posible espectador, nueve pares de pies descalzos andando por la arena, nueve pares de zapatos en las manos, nueve cabezas morenas volviéndose hacia el agua para ver cómo rompían las olas en la orilla.
El viento azotaba mis pantalones de algodón, y yo buscaba algún lugar donde la arena no me entrara en los ojos. Vi que estábamos en la hondonada de una cala, como un cuenco gigante, partido en dos, cuya otra mitad hubiera arrebatado el mar. Mi madre se dirigió a la derecha, donde la arena estaba limpia, y todos la seguimos. En aquel lado la pared de la cala se curvaba y protegía la playa del áspero oleaje y del viento. Y a lo largo del muro, a su sombra, se extendía una hilera de escollos que empezaba en el borde de la playa y continuaba más allá de la cala, donde las aguas se agitaban. Daba la impresión de que podías adentrarte en el mar sobre aquel arrecife, a pesar de su aspecto tan rocoso y resbaladizo. En el otro lado de la cala el muro era más irregular, carcomido por el agua, con muchas grietas, y cuando las olas golpeaban contra la pared, el agua surgía por aquellos orificios como blancos torrentes.
Recuerdo que aquella cala arenosa era un lugar terrible, lleno de sombras húmedas que nos hacían estremecer y motas invisibles que se nos metían en los ojos y nos impedían ver los peligros. La novedad de la experiencia nos cegaba a todos: una familia china tratando de actuar como una típica familia norteamericana en la playa.
Mi madre extendió sobre la arena una vieja manta a rayas, que el viento agitó hasta que nueve pares de zapatos la sujetaron. Mi padre montó su larga caña de bambú, una caña que él mismo se había confeccionado, recordando el diseño de la caña que tuvo en su infancia en China. Los niños nos acurrucamos hombro contra hombro sobre la manta, y en seguida saqueamos la bolsa llena de bocadillos de mortadela, que comimos ávidamente, sazonados con la arena adherida a nuestros dedos.
Mi padre se puso en pie y admiró su caña de pescar, fina y resistente. Satisfecho, recogió sus zapatos, fue al extremo de la playa y avanzó por el arrecife, deteniéndose antes de llegar al punto batido por las aguas. Mis dos hermanas mayores, Janice y Ruth, se levantaron de la manta y se palmote aran los muslos para desprender la arena. Luego, tras palmotearse mutuamente la espalda, echaron a correr por la playa, gritando. Yo estaba a punto de ir tras ellas, pero mi madre señaló a mis hermanos con la cabeza y me recordó: «Dangsying tamende shenti», que significa «cuida de ellos» o, literalmente, «vigila sus cuerpos». Aquellos cuerpos eran las anclas de mi vida: Matthew, Mark, Luke y Bing. Volví a sentarme en la arena y, una vez más, repetí mi ronco lamento: «¿Por qué?». ¿Por qué tenía que ser yo quien cuidara de ellos?
[2] En inglés: faith, fe y fate, destino. (N. del T.)