El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
– Di Borgo llevó su vendetta hasta el final -dijo Thorvaldsen-, pero yo me pregunto, madame: ¿tenía su antepasado corso, en su odio hacia Napoleón, un motivo oculto?
Los fríos ojos de Larocque transmitían una recelosa deferencia.
– ¿Por qué no me cuenta lo que ya sabe?
– Usted busca el tesoro perdido de Napoleón. Es por ese motivo que lord Ashby forma parte de su grupo. Él es, por decirlo finamente, un coleccionista.
Larocque sonrió al oír aquella palabra.
– Veo que he cometido un grave error al no recurrir a usted hace tiempo.
Thorvaldsen se encogió de hombros.
– Por suerte no soy rencoroso.
XXIV
París
A Malone empezaba a agotársele la paciencia con Jimmy Foddrell.
– Todas estas sandeces de intriga y misterio son innecesarias. ¿Quién diablos te persigue?
– No tengo ni idea de cuánta gente está enojada conmigo.
Malone disipó los temores de aquel joven de un plumazo.
– Primicia: a nadie le importas un carajo. He leído tu página y es un montón de basura. Y, por cierto, hay medicamentos para tu paranoia.
Foddrell miró a Sam.
– Me dijiste que tenías a alguien que quería aprender, una persona abierta de mente. No es él, ¿no?
– Enséñame -espetó Malone.
Foddrell separó sus finos labios y mostró la parte superior de un diente de oro.
– Ahora mismo. Tengo hambre.
Foddrell llamó con un gesto al camarero. Malone escuchó mientras el joven pedía riñones de ternera salteados con salsa de mostaza. Se le revolvía el estomago solo de pensarlo. Con suerte la conversación acabaría antes de que llegara la comida. Malone decidió no pedir nada.
– Yo tomaré la côte de bœuf-dijo Sam.
– ¿Para qué? -preguntó Malone.
– Yo también tengo hambre -dijo.
Malone meneó la cabeza.
Cuando el camarero se fue, Malone le preguntó de nuevo a Foddrelclass="underline"
– ¿Por qué tienes tanto miedo?
– En esta ciudad hay gente poderosa que lo sabe todo sobre mí.
Malone se obligó a dejar hablar a aquel bobo. En algún lugar, de algún modo, podían tropezar con algún dato valioso.
– Nos obligan a seguirlos -dijo Foddrell-. Aunque no lo sepamos. Crean políticas y lo ignoramos. Nos generan necesidades y poseen los medios para satisfacerlas y nosotros no lo sabemos. Trabajamos para ellos y no lo sabemos. Compramos sus productos y…
– ¿De quién hablas?
– De gente como la Reserva Federal de Estados Unidos, uno de los grupos más poderosos del mundo.
Malone sabía que no debía preguntar, pero aun así lo hizo:
– ¿Por qué dices eso?
– ¿No me dijiste que este tipo era enrollado? -le preguntó Foddrell a Sam-. No tiene ni idea.
– Mira -respondió Malone-, en estos últimos años he estado metido en el rollo de la autopsia alienígena y Área 51. El tema financiero es nuevo para mí.
Foddrell alzó un dedo con nerviosismo.
– Muy bien, eres muy gracioso. Todo esto te parece un chiste, ¿no?
– ¿Por qué no te explicas de una vez?
– La Reserva Federal obtiene dinero de la nada. Luego se lo presta de nuevo a Estados Unidos y los contribuyentes lo reembolsan con intereses. Estados Unidos debe a la Reserva Federal billones y billones de dólares. Solo los intereses anuales de esa deuda, que por cierto está controlada sobre todo por inversores privados, es unas ocho veces mayor que la fortuna del hombre más rico del planeta. Nunca llegará a saldarse. Mucha gente se está forrando a costa de esa deuda y todo es un engaño. Si usted o yo imprimiéramos dinero y luego extendiéramos préstamos, iríamos a la cárcel.
Malone recordó algo que había leído en la página web de Foddrell. Supuestamente, John Kennedy quiso poner fin a la Reserva Federal y firmó la Orden Ejecutiva 11110, que obligaba al gobierno de Estados Unidos a recuperar el control sobre el suministro monetario de la nación en detrimento de la Reserva. Tres semanas después, Kennedy estaba muerto. Cuando Lyndon Johnson ocupó el cargo, revocó de inmediato esa orden. Era la primera vez que Malone oía esa acusación, así que investigó más a fondo y leyó la Orden Ejecutiva 11110, una inocua directriz cuyo efecto, de haber sido puesto en práctica, habría fortalecido, en vez de debilitarlo, el sistema de la Reserva Federal. Cualquier relación entre la aprobación de esa orden y el asesinato de Kennedy era pura coincidencia. Y Johnson jamás la revocó. Por el contrario, fue purgada décadas después junto con una serie de regulaciones anticuadas. Más bulos conspirativos.
Malone decidió ir al grano.
– ¿Qué has averiguado del Club de París?
– Lo suficiente para saber que debemos tener miedo.
Larocque miró a Thorvaldsen y dijo:
– ¿Alguna vez se ha preguntado lo que se puede conseguir realmente con dinero?
Su invitado se encogió de hombros.
– Mi familia ha amasado tanto dinero durante tanto tiempo que nunca pienso en ello. Pero está claro que puede darte poder, influencia y una vida confortable.
Ella adoptó un aire tranquilo.
– Puede darte mucho más. Yugoslavia es un excelente ejemplo.
Larocque notó que había despertado la curiosidad del danés.
– Supuestamente, en los años ochenta, los yugoslavos eran un régimen imperial fascista que cometió crímenes contra la humanidad. Tras unas elecciones libres en 1990, el pueblo serbio eligió al Partido Socialista, mientras que la población de otras repúblicas yugoslavas optó por instaurar unos gobiernos más pro occidentales. Al final, Estados Unidos le declaró la guerra a Serbia. Sin embargo, antes de eso vi cómo la política mundial iba debilitando paulatinamente a Yugoslavia, que por aquel entonces poseía una de las mejores economías de Europa del Este. La guerra entre Estados Unidos y Serbia y el posterior desmoronamiento de Yugoslavia desmintieron la idea de que una economía socialista podía ser algo positivo.
– Serbia era opresiva y peligrosa -observó Thorvaldsen.
– ¿Quién dice eso? ¿Los medios de comunicación? ¿Era más opresiva que, por ejemplo, Corea del Norte, China o Irán? Y, sin embargo, nadie aboga por declararles la guerra. “Coja un fósforo y prenda fuego a un bosque”. Eso es lo que me dijo un diplomático en aquel momento. Las agresiones contra Serbia contaron con el apoyo de los medios mayoritarios, así como de líderes influyentes de todo el mundo. Esa agresión se prolongó más de diez años, lo cual, por cierto, hizo que fuese bastante fácil y mucho menos costosocomprar toda la economía de la antigua Yugoslavia.
– ¿Eso es lo que sucedió?
– Conozco a muchos inversores que sacaron tajada de aquella catástrofe.
– ¿Me está diciendo que lo que ocurrió en Serbia fue algo orquestado?
– Es una forma de hablar. No de manera activa, pero desde luego sí de manera tácita. Aquella situación demostró que es totalmente factible sacar réditos de situaciones destructivas. Existen beneficios en la discordia política y nacional. Siempre, por supuesto, que la discordia termine en algún momento. Solo entonces pueden obtenerse beneficios de cualquier inversión.