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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Debo admitir, Herre Thorvaldsen -dijo en inglés-, que he aceptado verlo por curiosidad. Llegué anoche de Nueva York, así que me encuentro algo fatigada y no estoy para visitas.

Él observó su rostro, una agradable composición de curvas elegantes, y se fijó en la comisura de sus labios cuando esbozaron otra sonrisa de manipuladora consumada.

– ¿Es esta la finca campestre de su familia? -preguntó intentando pillar a Larocque desprevenida. En ese momento le pareció vislumbrar un atisbo de incomodidad en su cara.

Su interlocutora asintió.

– Construida en el siglo xvi e inspirada en Chenonceau, que se encuentra cerca de aquí. Otra maravilla idílica.

Thorvaldsen admiró una repisa de roble oscuro situada al otro lado de la sala. A diferencia de otras casas francesas que había visitado, en las que la escasez de muebles le recordaba a una tumba, aquella no parecía en modo alguno un sepulcro.

– Como usted sabrá, madame Larocque, mis recursos financieros son bastante más elevados que los suyos. La diferencia podría ascender a diez mil millones de euros.

Thorvaldsen estudió sus pómulos altos, la gravedad de sus ojos y la firmeza de su boca. El marcado contraste entre su cremosa piel y su cabello de ébano le pareció intencionado. Dada su edad, dudaba que el color del pelo fuese natural. Era, sin lugar a dudas, una mujer atractiva, y también confiada e inteligente. Estaba acostumbrada a salirse con la suya, pero no a la brusquedad.

– ¿Y por qué iba a interesarme su riqueza?

Thorvaldsen hizo una pausa intencionada para romper el flujo de la conversación y respondió:

– Usted me ha insultado.

Ella le miró confundida.

– ¿Cómo es posible? Acabamos de conocernos.

– Controlo una de las empresas más importantes y exitosas de Europa. Mis negocios secundarios, que incluyen el petróleo y el gas, las telecomunicaciones y la industria, están repartidos por todo el mundo. Cuento con más de ochenta mil empleados. Mis ingresos anuales exceden con mucho los de todas sus entidades juntas. Y, sin embargo, usted me insulta.

– Herre Thorvaldsen, debería usted explicarse.

Larocque estaba desconcertada, pero ahí radicaba la belleza de los envites a ciegas. La ventaja siempre estaba de parte del atacante. Así había sido en México dos años antes y así era hoy allí.

– Quiero formar parte de sus planes -declaró Thorvaldsen.

– ¿Y qué planes son esos?

– Aunque yo no viajaba en su avión ayer por la noche, puedo conjeturar que a Robert Mastroianni, quien, por cierto, es amigo mío, se le ha ofrecido una invitación. Y, sin embargo, a mí se me excluye.

El semblante de Larocque era pétreo como una lápida.

– ¿Una invitación a qué?

– Al Club de París.

Thorvaldsen decidió no permitirle el lujo de responder.

– Tiene usted una ascendencia fascinante. Proviene directamente de Carlo Andrea Pozzo di Borgo, que nació cerca de Ajaccio, Córcega, el 8 de marzo de 1764. Se convirtió en el enemigo implacable de Napoleón Bonaparte. Con una destreza maravillosa, manipuló la política internacional y acabó arruinando a su enemigo de toda la vida. La clásica vendetta corsa. Sus armas no son las pistolas ni las bombas, sino las intrigas de la diplomacia. Su golpe de gracia, el destino de las naciones.

Thorvaldsen calló mientras Larocque digería aquellos datos.

– No se alarme -dijo-. No soy un enemigo, más bien al contrario. Admiro lo que hace y quiero formar parte de ello.

– Suponiendo por un momento que hubiera algo de cierto en lo que dice, ¿por qué iba a acceder a semejante petición?

Su voz era cálida y pausada y no denotaba el más leve vislumbre de inquietud. Thorvaldsen la miró también con semblante impasible.

– La respuesta a eso es bastante simple.

Larocque siguió escuchando.

– Tiene usted un fallo de seguridad.

XXI

París

Malone siguió a Sam escaleras abajo, donde localizaron una hilera de abarrotadas estanterías de la sección de negocios.

– Foddrell y yo nos comunicamos por correo electrónico -dijo Sam-. Él está en contra del sistema de la Reserva Federal. Lo define como una gigantesca conspiración que supondrá el ocaso de Estados Unidos. Parte de lo que dice tiene sentido, pero la mayoría de sus opiniones son realmente extravagantes.

Malone sonrió.

– Me alegra comprobar que tienes límites.

– Contrariamente a lo que piensa, no soy un fanático. Solo creo que hay gente ahí fuera que puede manipular nuestros sistemas financieros. No pretenden conquistar el planeta o destruir el mundo. Es una cuestión de avaricia, una manera fácil de hacerse ricos o seguir siéndolo. Lo que hacen puede afectar a nuestras economías nacionales de muchas maneras, ninguna de ellas buena.

Malone no discrepaba, pero todavía quedaba la cuestión de las pruebas. Antes de abandonar Christiangade, había leído con atención las páginas web de Sam y Jimmy Foddrell. No eran muy distintas, con la excepción de que, como bien hacía dicho Sam, Foddrell pronosticaba la perdición del mundo en un tono más radical.

Malone agarró a Sam del hombro.

– ¿Qué buscamos exactamente?

– La nota que hemos visto en el piso de arriba habla de un libro escrito por un consultor financiero a quien también le interesan las cosas de las que hablamos Foddrell y yo. Hace unos meses encontré una copia y la leí.

Malone soltó a Sam y lo observó mientras este buscaba en las atestadas estanterías. El avezado ojo de Malone también examinó los libros. Vio que había una mezcla de obras, la mayoría de las cuales él jamás habría comprado a la gente que las traía a aquella tienda en cajas. Malone supuso que al estar en venta en la orilla izquierda de París, a unos centenares de metros del Sena y de Notre Dame, su valor se incrementaba.

– Aquí está.

Sam cogió un enorme libro en rústica de color dorado que llevaba por título La criatura de la isla de Jekylclass="underline" una segunda mirada a la Reserva Federal.

– Seguramente Foddrell ha dejado este ejemplar aquí -explicó Sam-. Es imposible que hubiera una copia por casualidad. Es un libro bastante desconocido.

La gente seguía rebuscando. Otros entraban para cobijarse del frío. Malone buscó disimuladamente al hombre delgado que los perseguía, pero no lo vio. Estaba razonablemente seguro de lo que ocurría, pero se dio cuenta de que tenía que ser paciente. Le arrebató a Sam el libro de las manos y lo hojeó hasta encontrar un trozo de papel en su interior.

Vuelve al espejo.

Malone negó con la cabeza. Ambos regresaron a la planta superior y vieron escrito en la misma nota rosa que los había llevado al piso de abajo:

Caf é d ’ Argent , 34 Ru é Dante

Treinta minutos

Malone se acercó a la ventana de la segunda planta. Los plátanos de la calle se erguían inertes, con sus ramas desnudas como escobas y sus delgadas sombras alargándose ya bajo el sol de media tarde. Tres años antes, él y Gary habían visitado el Museo Internacional de Espionaje de Washington, D. C. Gary quería saber cómo se ganaba la vida su padre y el museo le resultó fascinante. Disfrutaron de las exposiciones y Malone le compró a Gary un libro, Manual práctico de espionaje,una desenfadada mirada sobre la profesión. Uno de los capítulos, titulado “Protegerse del viento”, explicaba cómo abordar con seguridad a tus contactos. De modo que esperó, sabedor de lo que estaba por venir. Sam se acercó.

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