El peor remedio
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El peor remedio». Краткое содержание книги:
Cuando acude, el comisario Brunetti comprueba que el violento manifestante detenido en la escena del crimen no es otro que su esposa, Paola Brunetti. La crisis familiar que desencadena semejante situación somete a Brunetti a una presión extrema también en su trabajo: los jefes exigen resultados inmediatos en el esclarecimiento de un audaz robo y una muerte en extrañas circunstancias que apuntan directamente a la Mafia.
El encontronazo de su vida profesional y su vida privada, ambas en la picota, y esa inexplicable conspiración por la que Paola lo ha arriesgado todo, adoptando el peor remedio posible, le conducen a una dramática encrucijada, al encontrarse ante la historia de una mujer que pasa a la acción y del entramado mundo de la explotación humana y sexual…
– ¿Y a quién se refiere?
– A los dos. -Hizo un gesto de desagrado-. No encuentro sentido a las cifras, quiero decir a las del dottor Mitri.
– ¿En qué aspecto? -preguntó Brunetti, pensando que, si la signorina Elettra no entendía los números, menos los entendería él.
– Era riquísimo.
Brunetti, que había estado, en su casa, asintió.
– Pero ni las fábricas ni las otras empresas que poseía dan tanto dinero.
Era un fenómeno bastante corriente, pensó Brunetti. A juzgar por la declaración de ingresos, en Italia nadie ganaba lo suficiente para vivir; era una nación de pobres, que podían subsistir gracias a que daban la vuelta al cuello de la camisa, apuraban el calzado hasta que se caía a pedazos y comían berzas. No obstante, los restaurantes estaban llenos de gente bien trajeada, todo el mundo conducía coche nuevo y los aeropuertos despachaban sin cesar aviones cargados de felices turistas. Go figure, como solía decir un americano amigo suyo: Ve a saber.
– Nunca hubiera imaginado que eso pudiera sorprenderla -dijo Brunetti.
– No estoy sorprendida. Quien más quien menos, todos defraudamos en los impuestos. Pero he repasado las cifras de las empresas y parecen correctas. Es decir, ninguna le da mucho más de unos veinte millones de liras al año.
– Lo que hace un total de…
– Unos doscientos millones al año.
– ¿De beneficio?
– Es lo declarado -respondió ella-. Deducidos los impuestos, queda en la mitad.
Era bastante más de lo que ganaba Brunetti al año, lo que no significaba una vida de pobreza, ni mucho menos.
– ¿Por qué está tan segura? -preguntó.
– Porque también he repasado los cargos a la tarjeta de crédito. -Señaló la carpeta con un movimiento del mentón-. Y no son los gastos de un hombre que ganara tan poco.
Brunetti, sin saber cómo tomar aquel desdeñoso «tan poco», preguntó:
– ¿Cuánto gastaba? -La invitó a sentarse con un ademán.
Recogiéndose la larga falda, ella se sentó en el borde de la silla, sin rozar siquiera el respaldo con la espina dorsal y agitó la mano ante sí.
– No recuerdo la cantidad exacta. Creo que más de cincuenta millones. De modo que, si le suma los gastos de la casa y de manutención estrictamente, no se entiende cómo podía tener casi mil millones de liras en cuentas de ahorro y valores.
– Quizá le tocó la lotería -apuntó Brunetti con una sonrisa.
– La lotería no le toca a nadie -contestó la signorina Elettra sin sonreír.
– ¿Por qué tendría tanto dinero en el banco? -preguntó Brunetti.
– Nadie cuenta con morirse, supongo. Pero no lo tenía inactivo. Una parte de ese dinero desapareció durante el último año.
– ¿Y adonde habrá ido?
Ella se encogió de hombros.
– Imagino que a donde suele ir el dinero que desaparece: a Suiza, a Luxemburgo, a las islas anglonormandas.
– ¿Cuánto?
– Unos quinientos millones.
Brunetti miró la carpeta pero no la abrió. Luego miró a la joven.
– ¿Podría averiguarlo?
– En realidad, aún no he empezado a buscar, comisario. Es decir, he empezado, pero sólo por encima. Aún no he reventado cajones ni revuelto en documentos privados.
– ¿Cree que tendrá tiempo de hacer eso?
Brunetti no recordaba cuándo había sido la última vez que había ofrecido un caramelo a un niño, pero recordaba vagamente una sonrisa muy parecida a la que ahora le dedicó la signorina Elettra.
– Nada me produciría mayor satisfacción -dijo, sorprendiéndolo sólo por su retórica, no por su respuesta. Ella se puso en pie, con prisa por marcharse.
– ¿Y Zambino?
– Nada de nada. Nunca había visto unas cuentas tan claras y tan… -Se interrumpió, buscando la palabra adecuada-… honradas -dijo, sin poder ocultar la extrañeza que le producía el sonido de la última palabra-. Nunca.
– ¿Sabe algo de él?
– ¿Personalmente? -Brunetti asintió, pero ella, en lugar de responder, preguntó-: ¿Por qué desea saberlo?
– No tengo una razón especial -respondió él y entonces preguntó, intrigado por su aparente resistencia-. ¿La tiene usted?
– Es paciente de Barbara.
Él reflexionó. Conocía a la signorina Elettra lo bastante como para saber que nunca revelaría algo que ella considerara que pertenecía al ámbito familiar, como era cualquier información protegida por el secreto profesional de su hermana, y optó por cambiar de terreno.
– ¿Y profesionalmente?
– Tengo amigos que han utilizado sus servicios.
– ¿De abogado?
– Sí.
– ¿Por qué? Qué clase de casos, quiero decir.
– ¿Recuerda cuando atacaron a Lily? -preguntó ella.
Brunetti recordaba el caso, un caso que le había dejado mudo de rabia. Hacía tres años, la arquitecta Lily Vitale había sido atacada cuando regresaba a su casa al salir de la ópera, en lo que pudo empezar como un simple intento de atraco y acabó en una violenta agresión, con varios golpes a la cara y fractura del tabique nasal. No hubo robo, el bolso fue hallado intacto a su lado por las personas que salieron a la calle al oír sus gritos.
Su atacante fue detenido aquella misma noche e identificado como el mismo que había intentado violar por lo menos a otras tres mujeres de la ciudad. Pero nunca había robado nada y, en realidad, era incapaz de violar, por lo que fue sentenciado a tres meses de arresto domiciliario, aunque no sin que su madre y su novia declararan en el juicio ensalzando sus virtudes, su lealtad y su integridad.
– Lily presentó demanda civil por daños. Zambino era su abogado.
Brunetti no sabía esto.
– ¿Y qué pasó?
– Que perdió.
– ¿Por qué?
– Porque no hubo intento de robo. Lo único que él hizo fue romperle la nariz, y el juez no creyó que esto fuera tan grave como robar un bolso. De modo que ni siquiera concedió daños. Dijo que el arresto domiciliario era castigo suficiente.
– ¿Y Lily?
La signorina Elettra se encogió de hombros.
– Ya no sale sola de casa, apenas hace vida social.
Actualmente, el joven estaba en la cárcel por haber apuñalado a su novia, pero Brunetti no creía que esto sirviera de consuelo a Lily, ni que cambiara las cosas.
– ¿Cómo reaccionó el abogado a la pérdida del caso?
– No lo sé. Lily no dijo nada. -Sin más explicaciones, se levantó-. Iré a ver lo que encuentro -dijo, recordando a Brunetti que lo que ahora importaba era Mitri y no una mujer acobardada.
– Sí, muchas gracias. Y yo creo que iré a hablar con el avvocato Zambino.
– Como usted crea conveniente, comisario. -Fue hacia la puerta-. Pero piense que, si hay en el mundo una persona intachable, es él. -Como se daba el caso de que la tal persona era abogado, Brunetti dio a esta opinión el mismo valor que daba a los balbuceos de los locos que deambulaban por delante del palazzo Boldù.
17
Brunetti decidió no hacerse acompañar por Vianello al bufete del abogado, para que su visita pareciera más casual, aunque no creía que un hombre tan familiarizado con la justicia y su funcionamiento como Zambino se impresionara al ver un uniforme. Pensando en una cita que solía utilizar Paola, la frase que describe a uno de los peregrinos de Chaucer, el Hombre de la Ley: «Parecía más atareado de lo que estaba», creyó prudente llamar al avvocato anunciando su visita, a fin de ahorrarse la espera mientras el otro despachaba sus quehaceres. El pasante o quien fuera el que contestó al teléfono, dijo que el abogado estaría a disposición del comisario dentro de media hora.
El bufete estaba en campo San Polo, circunstancia que permitiría a Brunetti terminar el trabajo de la mañana cerca de su casa y disponer de mucho tiempo para el almuerzo. Llamó a Paola para decírselo. Ninguno de los dos habló de algo que no fuera horario y menú.