Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El peor remedio - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El peor remedio

Электронная книга - «El peor remedio». Краткое содержание книги:

Un inesperado acto de vandalismo acaba de cometerse en el frío amanecer veneciano. Una mujer impecablemente vestida ha destrozado el escaparate de una agencia de viajes como protesta ante la explotación del turismo sexual en países asiáticos…
Cuando acude, el comisario Brunetti comprueba que el violento manifestante detenido en la escena del crimen no es otro que su esposa, Paola Brunetti. La crisis familiar que desencadena semejante situación somete a Brunetti a una presión extrema también en su trabajo: los jefes exigen resultados inmediatos en el esclarecimiento de un audaz robo y una muerte en extrañas circunstancias que apuntan directamente a la Mafia.
El encontronazo de su vida profesional y su vida privada, ambas en la picota, y esa inexplicable conspiración por la que Paola lo ha arriesgado todo, adoptando el peor remedio posible, le conducen a una dramática encrucijada, al encontrarse ante la historia de una mujer que pasa a la acción y del entramado mundo de la explotación humana y sexual…
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 53
Перейти на страницу:

– Sí, lo creo -respondió el conde con la voz que reservaba para describir milagros.

– ¿Qué dicen a esto los otros abogados?

– Figúrate, Guido: si alguien como Zambino declara esos ingresos y los demás dicen que han ganado doscientos millones o menos, puede resultar sospechoso y levantar la liebre.

– Debe de ser muy duro para ellos.

– Sí. Es… -empezó el conde, pero entonces percibió la ironía de aquellas palabras y se interrumpió-. En cuanto a Mitri -dijo sin transición-, vale la pena que lo investigues. Ahí sí podrías encontrar algo.

– ¿Sobre las agencias de viajes?

– No sé. En realidad, no sé nada de él, salvo lo que he oído aquí y allá después de su muerte. Ya sabes, los comentarios que suele haber cuando alguien es víctima de un crimen.

Brunetti sabía. Había oído esta clase de rumores sobre personas muertas en el fuego cruzado durante atracos a bancos y sobre las víctimas de secuestros con asesinato. Siempre había alguien que suscitaba la pregunta de por qué estaban allí precisamente en aquel momento, por qué habían muerto ellos y no otros y qué tendrían que ver con los criminales. Aquí, en Italia, nada podía ser, sencillamente, lo que parecía. Siempre, por fortuitas que fueran las circunstancias e inocente la víctima, siempre había alguien que esgrimía el espectro de la dietrologia e insistía en que detrás de aquello tenía que haber algo, que todo el mundo tenía su precio, o su papel, y que nada era lo que parecía.

– ¿Qué has oído por ahí?

– Nada en concreto. Todo el mundo ha tenido buen cuidado en mostrarse consternado por lo sucedido. Pero algunos hablan en un tono que indica otra cosa.

– ¿Quiénes?

– Guido -dijo el conde con una voz que se había enfriado varios grados-, aunque lo supiera, tampoco te lo diría. Pero la verdad es que no lo recuerdo. En realidad, no era algo que dijera una persona determinada sino más bien una insinuación implícita de que lo ocurrido no ha sido una completa sorpresa. No puedo decirte más.

– Está la nota -dijo Brunetti. Desde luego, esto era suficiente para hacer pensar a la gente que Mitri, de algún modo, estaba implicado en la violencia que había acabado con su vida.

– Sí, desde luego. -El conde hizo una pausa y agregó-: Eso podría explicarlo. ¿Tú qué opinas?

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Porque no quiero que mi hija tenga que pensar durante el resto de su vida que ella hizo algo que provocó el asesinato de un hombre.

Un deseo que Brunetti compartía con fervor.

– ¿Ella qué dice de eso? -preguntó el conde.

– Anoche dijo que lo sentía, que se arrepentía de haber empezado esto.

– ¿Y tú crees que lo empezó ella?

– No lo sé -reconoció Brunetti-. Hoy en día anda suelto mucho chiflado.

– Ya hay que estar loco para matar a alguien porque tiene una agencia de viajes de turismo.

– Turismo sexual -puntualizó Brunetti.

– Turismo sexual o turismo a las pirámides -fue la respuesta del conde-. La gente no va por ahí matando por eso, sea lo que fuere.

Brunetti tuvo que morderse la lengua para no replicar que, normalmente, la gente tampoco va por ahí rompiendo escaparates a pedradas y sólo dijo:

– La gente hace muchas cosas por motivos disparatados, por lo que no creo que debamos excluir la posibilidad.

– ¿Pero tú lo crees? -insistió el conde y, de la tensión de su voz, Brunetti dedujo lo mucho que le costaba hacer a su yerno esta pregunta.

– Como te he dicho, no quiero creerlo -respondió Brunetti-. No estoy seguro de que sea lo mismo, pero significa que no estoy dispuesto a creerlo a no ser que encontremos una buena razón para ello.

– ¿Y cuál sería esa razón?

– Un sospechoso. -Él mismo estaba casado con la única sospechosa, y sabía que, a la hora en que se cometió el asesinato, ella estaba sentada a su lado, de modo que sólo quedaba la posibilidad de que el asesino fuera un desequilibrado que arremetía contra el turismo sexual por este medio o alguien que actuaba con otro motivo, amparándose en este pretexto. Brunetti estaba ansioso de encontrar a uno u otro, pero encontrar a alguien-. Si te enteras de algo más concreto, ¿me lo dirás? -preguntó. Antes de que el conde pudiera poner condiciones, agregó-: No hace falta que especifiques quién lo ha dicho, sólo lo que ha dicho.

– De acuerdo -convino el conde-. ¿Y tú me dirás cómo está Paola?

– ¿Por qué no la llamas? Llévala a almorzar. Haz algo que la anime.

– Buena idea, Guido. Así lo haré. -Pasó el tiempo, y Brunetti ya pensaba que el conde había colgado sin más, cuando volvió a oír la voz de su suegro-: Ojalá encuentres al que lo ha hecho. Haré cuanto pueda para ayudarte.

– Gracias -dijo Brunetti.

Ahora el conde sí colgó el teléfono.

Brunetti abrió el cajón y sacó la fotocopia de la nota hallada junto a Mitri. ¿Por qué, la acusación de pedofilia? ¿Y a quién se acusaba, a Mitri individualmente o al Mitri dueño de una agencia de viajes que procuraba los medios? Si el asesino estaba tan loco como para escribir aquello y luego asesinar al hombre al que estaban dirigidas las amenazas, ¿podía ser alguien a quien una persona como Mitri dejara entrar en su apartamento por la noche? A pesar de saber que semejante prejuicio era arcaico, Brunetti opinaba que, en general, las personas gravemente perturbadas daban claras señales de estarlo. Para convencerse, no había más que pensar en los individuos que veía deambular en torno al palazzo Boldù a primera hora de la mañana.

Pero esta persona había conseguido entrar en el apartamento de Mitri. Luego, él -o ella, concedía Brunetti, aunque no consideraba que ésta fuera una posibilidad real, otro de sus prejuicios- se las había ingeniado para tranquilizar a Mitri lo suficiente como para que éste se volviera de espaldas, permitiéndole rodearle el cuello con el cable fatal, o el cordón, o lo que fuera. Y había llegado y se había marchado sin ser visto: ningún vecino -y todos habían sido interrogados- había visto nada extraño aquella noche; la mayoría estaban en casa y no se enteraron de que había ocurrido algo hasta que la signora Mitri salió a la escalera gritando.

No; a Brunetti esto no le parecía el acto de un loco, ni de un individuo que pudiera dejar una nota tan incoherente. Además, le parecía una incongruencia flagrante que una persona decidida a luchar contra la injusticia -como Paola, ejemplo que le vino a la cabeza espontáneamente- cometiera un asesinato para combatirla.

Este razonamiento le hizo descartar a locos, fanáticos y exaltados, por lo que al fin no le quedó sino la pregunta clave en toda investigación de un asesinato: cui bono? Ello hacía aún más remota la posibilidad de que la muerte de Mitri estuviera relacionada con las actividades de la agencia de viajes. Su muerte no cambiaría nada. El revuelo publicitario se calmaría pronto. Incluso era posible que el signor Dorandi se beneficiara de él, aunque sólo fuera porque el asesinato había dado a conocer el nombre de la agencia; y desde luego él había sabido aprovechar la tribuna que le brindaba la prensa para manifestar su espanto y horror ante la sola idea del turismo sexual.

Otro móvil entonces. Brunetti bajó la cabeza y contempló la copia del mensaje redactado con letras recortadas. Otro móvil.

– Sexo o dinero -dijo en voz alta, y oyó la exclamación de sorpresa de la signorina Elettra, que había entrado sin que él lo advirtiera y estaba delante de su escritorio, con una carpeta en la mano derecha.

Él la miró con una sonrisa.

– ¿Decía, comisario?

– Por eso lo mataron, signorina. Por sexo o por dinero.

Ella entendió al momento.

– Las dos cosas son siempre de buen gusto -dijo ella dejando la carpeta en la mesa-. Esto trata de la segunda.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 53
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)