Los Jardines De Luz
- Автор: Maalouf Amin
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:
– ¿Dónde está la gente? -murmuró Denagh ingenuamente.
– Espiándonos detrás de las rejas de las ventanas. Aparentemente han recibido orden de permanecer en su casa.
Mani había respondido mientras daba una palmada a su montura; luego miró a Denagh con aire de regocijo, por lo que ella presintió que había motivo para inquietarse. Por otra parte, él prosiguió con un acento de radiante desafío:
– A las puertas de la ciudad nos han dejado pasar sin la menor pregunta. Ahora nos están observando sin cortarnos el paso. No sé aún cuál es el lugar que han elegido para esperarnos. Quizá frente a la ciudadela.
Denagh, como todos los de la comitiva, divisaba ya, por encima de las casas bajas, la sombría silueta de lo que había sido antaño el último baluarte de Darío. Cuando Alejandro invadió Persia, el rey de reyes había mandado construir en Ecbatana un castillo de mil habitaciones, tan vasto como una ciudad, una especie de monstruosa caja de caudales donde encerrar, tras ocho pesadas puertas de hierro, a sus mujeres y a sus hijos más jóvenes, así como su tesoro. El conjunto era ya una ruina, pero se había reconstruido un ala donde, de cuando en cuando, residía algún miembro de la familia reinante.
Por las calles cercanas a la ciudadela patrullaban los soldados en grupos de diez, a pie o a caballo, ajetreándose como si estuvieran en un campo de maniobras, sin una mirada para la caravana que se acercaba. Denagh preguntó a Mani si no sería prudente volver sobre sus pasos, pero éste no quiso escucharla. Aunque estuviera amenazado de secuestro y de muerte, pasaría la noche en la ciudad, ya que nadie podía ignorar que estaba provisto de la más alta autorización. Para subrayar mejor sus palabras, saltó a tierra y soltó la brida. Sus compañeros le imitaron, de suerte que ahora los soldados estaban entre ellos y a su alrededor; un hervidero de soldados agitándose en medio de ellos, pero sin tocar a nadie.
Mani se detuvo y levantó las manos, como lo hacía cuando deseaba que su comitiva se detuviera. Él había reanudado la marcha, solo, por la explanada que llevaba a la ciudadela, cuando de pronto, obedeciendo a alguna señal convenida, cinco escuadras de soldados de infantería se lanzaron hacia él rodeándolo por todas partes y formando con sus cuerpos una barrera inmóvil. Con un empeño irrisorio, algunos fieles, y sobre todo las mujeres, intentaron apartar a los soldados para liberar a Mani, pero éste les pidió que se alejaran. Sólo Denagh se obstinó en forzar la línea de los militares, quienes, de pronto, le abrieron paso ostensiblemente como si tuvieran instrucciones especiales relativas a la muchacha de la trenza, que corrió a reunirse con el Mensajero.
Bahram, subido en la más alta de las atalayas, observaba con delectación la escena junto a Kirdir; sin que se le hubiera molestado, sin que se le hubiera dirigido la menor palabra de amenaza, Mani se encontraba encerrado con su compañera en esa extraña prisión, cuyos muros pronto se hicieron más gruesos con una segunda fila de soldados. Pasaron la noche, y luego el día, y de nuevo la noche en el mismo lugar, sin fuego, agua ni comida, y también sin mantas, calentándose sólo con su mutua presencia reconfortante, mientras que los hombres de la guardia se relevaban por turno cada dos horas.
Hasta dos días después, cuando le informaron de que «el hereje» acababa de desmayarse en los brazos de Denagh, no ordenó el hijo mayor de Sapor que cesara el castigo. Y mientras los fieles se precipitaban a prestar auxilio a los secuestrados y se apresuraban a llevarse a Mani fuera de Ecbatana, temiendo que al recuperar el conocimiento decidiera prolongar su estancia, Bahram se fue a celebrar un banquete, haciendo resonar su risa por toda la ciudad. Si Mani se quejaba al rey de reyes, el príncipe siempre podría alegar que no había hecho más que asegurar al máximo la protección del visitante y que nadie le había levantado la mano.
Pero Sapor no lo entendió así. En cuanto se propagó la noticia, convocó a su hijo a Ctesifonte, y allí, ante una multitud de estupefactos cortesanos, le acusó de desobediencia, le tachó de libertino e incapaz y luego ordenó que le encerraran en un pabellón de caza.
Ese día, mientras los jinetes de la guardia imperial iban a buscar a Bahram, otro destacamento tomaba el camino de Kengavar, donde se encontraba Mani, a fin de llevarle con urgencia a la capital. Con urgencia y solo. Como Sapor no había tolerado jamás la más leve ofensa a la dignidad de su cargo, desde el momento en que su hijo había sido humillado en público, nadie se aventuraba a imaginar qué trato se infligiría a aquel que, según la opinión general, era el culpable de los desórdenes.
Antes de separarse de sus compañeros, el hijo de Babel les hizo recomendaciones para que prosiguieran la obra emprendida. Quiso decir una palabra a cada uno de sus allegados, pero el oficial le conminó a abreviar su despedida.
Cuatro
Cuando Mani se presentó en el palacio, le condujeron al despacho del darbadh que dirigía la casa imperial. Éste le hizo esperar algunos minutos, se ausentó y, a su regreso, le rogó que le siguiera. Sin embargo, no le llevó al salón del Trono, sino, después de atravesar dédalos y jardines, hasta una puerta baja cincelada que cerró rápidamente tras él.
A Mani le costó trabajo reconocer a Sapor en ese hombre que estaba sentado en aquella habitación sin lujos. Esta vez no había derroche de oro. Desde luego, sus ropas estaban hechas con telas nobles que exhalaban la armonía de los motivos simétricos, pero no habrían desentonado sobre los hombros de un cortesano, como tampoco los largos cabellos rizados, perfumados con sándalo. Los gestos estaban desprovistos de la elegancia circunspecta de las audiencias solemnes, y los dedos, acostumbrados a las leves señas de mando, parecían consolarse de su inutilidad triturando las bolas rosáceas de un pasatiempo.
Al descubrir, como con un relámpago tardío, que se encontraba en presencia del monarca divinizado, el hijo de Babel puso la rodilla en tierra rebuscando en su manga para sacar el pañuelo ritual.
– Deja ese padham, Mani, hay alientos menos puros que el tuyo. Y levántate, ven a sentarte a mi derecha en este cojín.
Aunque continuara dando órdenes sucesivas, la voz se había suavizado y sonaba temblorosa. Sin duda, debido a la incomodidad del actor que acaba de emerger de su papel.
– Los informes que me llegan de las provincias afirman que tus enseñanzas se propagan, que en las grandes ciudades comunidades enteras te invocan. En este palacio, algunas personas se alegran de tus éxitos, otras se angustian o se indignan a causa de los incidentes que se multiplican.
Mani no pensó en justificarse. El soberano no parecía esperar una respuesta, sino sopesar las palabras que pronunciaría a continuación.
– Lo que ha sucedido hasta ahora me preocupa poco; temía resistencias mucho más brutales que las chiquilladas de mi hijo.
– Por mí, ese episodio está olvidado. Cada día que me alejo de él es un siglo; no guardo ningún rencor.
– En eso estás equivocado, la vida me ha enseñado lo contrario. La existencia es un rosario de dudas, una sucesión de arreglos de cuentas que se pueden saldar con mezquindad o con magnanimidad, pero que se tiene el deber de saldar. La impunidad me resulta insoportable, aunque sea yo el beneficiario, y, como guardián del Imperio, no tengo derecho a tolerarla. Mi hijo pagará durante mucho tiempo su debilidad de alma y su desobediencia.
El tono de las últimas frases situaba de nuevo a Mani en presencia del Sapor del salón del Trono.
– ¿No perdonáis jamás?
– Únicamente a aquellos a los que mi misericordia aplastaría más dolorosamente que el castigo. Mi hijo mayor no tiene ese temple. A ti también tengo algo que reprocharte.
La transición fue tan brusca que Mani se sobresaltó.
– ¿Cómo dejaste que Bahram te humillara así? ¿Has olvidado que viajas y enseñas por todo el Imperio bajo mi protección, que llevas contigo mi confianza y mi autoridad y que al permitir que se mofen de ellas es a mí a quien rebajas?
Una vez pasado el instante de sorpresa, el hijo de Babel se irguió y dijo con una voz llena de orgullo y de desafío:
– Tengo también otro mentor, un protector celeste que no teme el insulto.
Sapor soltó una risa breve y afectada, que en su rostro adquiría un valor de excusa.
– No te he pedido que vinieras para sermonearte. Me he irritado como me irrito cada vez que hablo de ese hijo. Le guardo rencor por burlarse de la protección que yo te había ofrecido y, sobre todo, me entristece verle convertirse en un juguete en las manos de los magos de Media.
«Compréndeme, no siento hostilidad hacia los magos, ya que un ser como Juvanoé ha estado más cerca de mí que mi padre; me enseñó todo lo que sé, y en él no hay más que pureza, lealtad y sabiduría; pero no todos tienen ese temple. Por un mago que se sacrifica hay cuarenta que sólo sueñan con el poder y que no viven más que para conspiraciones e intrigas. Dictan a todo el mundo cómo vestir, comer, beber, toser, eructar, llorar, estornudar, qué fórmula farfullar en cada circunstancia, qué mujer desposar, en qué momento evitarla o abrazarla, y de qué manera. Hacen que grandes y chicos vivan en el terror de la impureza y de la impiedad.
»Se han apropiado de las mejores tierras de cada región, han amasado riquezas, sus templos rebosan de oro, de esclavos y de grano; cuando el hambre hace estragos, son los únicos que no la sufren. A lo largo de los reinados, han ido acumulando prerrogativas. No hay un adolescente que sepa alinear dos caracteres sin que un mago le haya guiado la mano; no puede concluirse un acto de venta sin que ellos perciban su parte, ni puede resolverse un litigio sin su arbitraje. Los magos también deciden si un decreto real es conforme a la ley divina, ley que, evidentemente, ellos interpretan a su conveniencia. Pero me resigno, evito contrariarlos, no intento privarlos de esos privilegios excesivos. ¿Te imaginas al rey de reyes capaz de tanta paciencia?