Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El tercer gemelo
El tercer gemelo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 123
Перейти на страницу:

Todos tuvieron que quitarse el reloj y la bisutería y ponerse una especie de bata de papel blanco encima de la ropa de calle. Mientras se preparaban entró en la estancia un joven vestido con traje y pregunto:

– Por favor, ¿quién de vosotros es el sospechoso?

– Ese soy yo -dijo Steve.

– Pues yo soy Lew Tanner, el defensor de oficio -se presentó el hombre-. Estoy aquí para comprobar que la rueda de reconocimiento se realiza correctamente. ¿Alguna pregunta?

– ¿Cuánto tiempo tardaré en salir de aquí, después de eso? -quiso saber Steve.

– Dando por sentado que no seas el elegido en la rueda de reconocimiento, un par de horas.

– ¡Dos horas! -exclamo Steve, indignado-. ¿Tengo que volver a esa jodida celda?

– Me temo que sí.

– ¡Por Dios!

– Les pediré que tramiten tu libertad lo antes posible -dijo Lew-. ¿Algo más?

– No, gracias.

– Muy bien.

Salió.

Un celador hizo pasar a los siete hombres a través de la puerta que daba a un estrado. Había un telón de fondo con una escala graduada que mostraba la estatura y la posición de los hombres, numerados de uno a diez. La luz de un potente foco se proyectó sobre ellos, y una cortina separó el estrado del resto de la sala. Los hombres no podían ver nada a través de aquella pantalla, pero sí llegaba a sus oídos lo que ocurría al otro lado de la misma.

Durante unos minutos sólo se produjo rumor de pasos y el murmullo de alguna que otra voz en tono bajo. Todas las voces eran masculinas. Luego Steve distinguió el sonido inconfundible de unos pasos de mujer. Al cabo de unos instantes se oyó una voz masculina, que sonaba como si estuviese leyendo algo de una tarjeta o repitiéndolo tras habérselo aprendido de memoria.

– De pie ante usted hay siete personas. Sólo las conocerá por el número. Si alguno de esos individuos le ha hecho algo a usted o ha hecho algo en presencia de usted, quiero que pronuncie su número y nada más que su número. Si desea que algunos de ellos digan determinadas palabras específicas, les pediremos que digan esas palabras. Si quiere que den media vuelta o se coloquen de perfil, lo harán todos en grupo. (Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted?

Silencio. Los nervios de Steve se tensaron como cuerdas de guitarra, aunque estaba seguro de que no se citaría su número.

Una voz femenina dijo muy bajo: -Llevaba la cabeza cubierta.

A Steve le sonó como la voz de una mujer educada, de clase media y de su misma edad, más o menos.

– Tenemos sombreros -dijo la voz masculina-. ¿Quiere usted que se pongan sombrero?

– Era más bien una gorra. Una gorra de béisbol.

Steve percibió angustia y tensión en la voz femenina, pero también determinación. Ni asomo de falsedad. Parecía la clase de mujer que diría la verdad, por muy atribulada que estuviese. Se sintió un poco mejor.

– Dave, mira a ver si hay gorras de béisbol en ese armario.

Hubo una pausa de varios minutos. Steve apretó los dientes con impaciencia. Una voz musitó:

– Santo Dios, no sabía que tuviésemos aquí todo este material… gafas, bigotes…

– Nada de murmuraciones, Dave -reprochó el primer hombre-. Esto es un procedimiento legal.

Finalmente, un detective entró en el estrado por una parte lateral y tendió una gorra de béisbol a cada uno de los integrantes de la rueda de reconocimiento. Todos se la pusieron y el detective se retiró.

Del otro lado de la cortina llegó el llanto de una mujer.

La voz masculina repitió la fórmula verbal empleada antes:

– ¿Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted? Si es así, pronuncie su número y nada más que su número.

– El número cuatro -dijo la mujer, con un sollozo en la voz.

Steve volvió la cabeza y miró el telón de fondo.

El numero cuatro era él.

– ¡No! -gritó-. ¡Eso no puede ser verdad! ¡No era yo!

– Número cuatro, ¿ha oído eso? -habló la voz masculina.

– Claro que lo he oído, ¡pero yo no lo hice!

Los demás hombres de la hilera de reconocimiento abandonaban ya el estrado.

– ¡Por el amor de Cristo! -Steve se quedó mirando la opaca cortina, extendidos los brazos en gesto de súplica-. ¿Cómo puede haberme señalado a mí? ¡Ni siquiera sé qué aspecto tiene usted!

La voz del otro lado aconsejó:

– No diga nada, señora, por favor. Muchas gracias por su colaboración. La salida es por aquí.

– ¡Tiene que haber alguna equivocación! ¿No lo comprenden? -chilló Steve.

Apareció el carcelero.

– Todo ha terminado, hijo, vamos -instó.

La mirada de Steve se clavó en él. Por unos segundos estuvo tentado de romperle los dientes a aquel hombrecillo y mandárselos garganta abajo.

Spike observó la expresión de sus ojos y endureció el gesto.

– Tengamos la fiesta en paz -aconsejó-. No tienes escapatoria. Su mano se cerró en torno al brazo de Steve, que tuvo la impresión de que le apretaba un cepo de acero. Era inútil protestar.

Steve se sentía como si le hubieran sacudido por la espalda con una cachiporra. Aquel golpe le había llegado de la nada. Se le hundieron los hombros y una furia estéril se apodero de él.

– ¿Cómo ocurrió esto? -articuló-. ¿Cómo es posible?

12

– ¿Papá? -se sorprendió Berrington.

Jeannie deseó haberse mordido la lengua. Decir: «¿Cuándo saliste de la cárcel, papá?», fue lo más estúpido que pudo habérsele ocurrido. Apenas unos minutos antes Berrington había calificado a los moradores de la cárcel municipal de “Escoria de la Tierra ”.

Se sentía mortificada. Ya era bastante grave que su jefe se enterara de que su padre era un ladrón profesional. Pero que Berrington lo conociese personalmente resultaba incluso peor. Posiblemente, a consecuencia de una caída el intruso tenía el rostro magullado, además de cubierto por una barba de varios días. Sus ropas estaban sucias y despedía un leve pero desagradable olor. Jeannie sintió tal bochorno que no pudo mirar a Berrington a la cara.

Hubo un tiempo, muchos años atrás, en que no se avergonzaba de él. Por el contrario, su padre hacía que los de sus amigas le pareciesen aburridos y pelmas. Era un hombre guapo y al que le encantaba divertirse, que solía volver de sus viajes con traje nuevo y los bolsillos llenos de dinero. Entonces iban al cine, estrenaban vestidos, se tomaban helados de frutas y mamá se compraba un camisón bonito y se ponía a régimen. Pero el volvía a marcharse y, a la edad de nueve años, Jeannie se enteró del motivo. Se lo dijo Tammy Fontane. Jeannie no olvidaría nunca aquella conversación.

– Tu vestido es una birria -había dicho Tammy.

– Más birria es tu nariz -replicó Jeannie vivamente, y las otras niñas se apresuraron a meter la cuchara.

– Tu mamá te compra vestidos que son algo así como verdaderos adefesios.

– Tu mamá es gorda.

– Tu papá está en la cárcel.

– No es verdad.

– Sí.

– ¡No!

– He oído que papá se lo decía a mamá. Estaba leyendo el periódico. «Aquí dice que han vuelto a meter otra vez en la cárcel a Pete Ferrami», dijo.

– Mentira, mentira, alza el rabo y tira -había cantado Jeannie, pero en el fondo de su corazón creyó a Tammy.

Aquello lo explicaba todo: la súbita prosperidad económica, la igualmente repentina desaparición, las prolongadas ausencias.

Jeannie nunca volvió a mantener otro intercambio de provocaciones verbales con las compañeras de clase. Cualquiera podía hacerla callar con sólo citar a su padre. A los nueve años, eso era como estar lisiada de por vida. Cada vez que en el colegio se extraviaba algo, Jeannie tenía la impresión de que todos la miraban acusadoramente. Nunca consiguió desterrar de su ánimo aquella sensación de culpabilidad. Si alguna mujer echaba un vistazo al interior de su bolso y comentaba: «Maldita sea, creí que llevaba un billete de diez dólares», Jeannie se ponía como la grana. Se convirtió en una persona obsesivamente honrada: recorría kilómetro y medio para devolver un bolígrafo barato, le aterraba la idea de que, si lo conservaba, su dueño dijera que ella era una ladrona como su padre.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 123
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)