El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Jeannie también habló con su madre. Patty había ido a verla, con sus tres hijos, y mamá se animó mucho al contarle la forma en que los niños corretearon por los pasillos de la residencia. Afortunadamente, parecía no acordarse ya de que había ingresado en Bella Vista sólo el día anterior. Hablaba como si llevase varios años en el hogar para ancianos y reprochó a Jeannie el que no la visitara más a menudo. Después de la conversación, ésta se sintió un poco mejor en lo que se refería a su madre.
– ¿Qué tal la lubina? -Con su pregunta, Berrington interrumpió el hilo de los pensamientos de Jeannie.
– Deliciosa. Finísima.
El hombre se alisó las cejas con la yema del índice de la mano derecha. Por alguna razón el gesto le pareció a Jeannie algo así como una felicitación que Berrington se dedicaba a sí mismo.
– Ahora voy a hacerte una pregunta a la que debes responder sinceramente.
Berrington sonrió, para que ella no le tomara demasiado en serio.
– Conforme.
– ¿Quieres postre?
– Sí. ¿Crees que soy la clase de mujer capaz de fingir en una cuestión como esa?
El sacudió negativamente la cabeza.
– Supongo que no hay mucho de que fingir.
– Es probable que no lo suficiente. A mí me han acusado de poco diplomática.
– ¿Es tu peor defecto?
– Seguramente me iría mejor si pensara un poco las cosas. ¿Cuál es tu peor defecto?
Berrington contesto sin vacilar.
– Enamorarme.
– ¿Eso es un defecto?
– Si uno lo hace con demasiada frecuencia, sí.
– O si se enamora de más de una persona al mismo tiempo, supongo.
– Tal vez debería escribir a Lorraine Logan y pedirle consejo.
Jeannie se echo a reír, pero no deseaba que la conversación derivase hacia Steven.
– ¿Cuál es tu pintor favorito? -Cambió de tema.
– A ver si lo adivinas.
Berrington era un patriota, así que se figuró que también debería ser un sentimental.
– ¿Norman Rockwell?
– ¡Por Dios, no! -Pareció sinceramente horrorizado-. ¡Un vulgar ilustrador! No, si pudiera permitirme el lujo de coleccionar pintura, compraría impresionistas norteamericanos. Paisajes invernales de John Henry Twachtman. Me encantaría poseer El puente blanco. ¿Qué me dices de ti?
– Ahora te toca a ti adivinarlo.
Berrington reflexionó unos segundos.
– Joan Miró.
– ¿Por qué?
– Imagino que te gustan los fogonazos de colores vivos.
Jeannie asintió.
– Muy perspicaz. Pero no del todo certero. Miró es demasiado turbulento. Prefiero a Mondrian.
– Ah, sí, claro. Las líneas rectas.
– Exactamente. Eres bueno en esto.
Berrington se encogió de hombros y Jeannie comprendió que probablemente jugaría a las adivinanzas con muchas mujeres.
La muchacha hundió la cucharilla en el sorbete de mango. Decididamente aquel no era asunto de una simple cena. Pronto tendría que adoptar una decisión firme acerca de cómo iba a ser y a desarrollarse su relación con Berrington.
Hacía año y medio que no besaba a un hombre. Desde que Will Temple se alejó de ella, ni siquiera había salido con nadie hasta aquella noche. No estaba enamorada de Wilclass="underline" había dejado de quererle. Pero Jeannie era cautelosa.
Sin embargo, como continuara viviendo como una monja acabaría volviéndose loca. Echaba de menos tener en la cama con ella a alguien velludo; echaba de menos los olores masculinos -el de la grasa de bicicleta, el de las sudadas camisetas de fútbol y el del whisky- y sobre todo echaba de menos el sexo. Cuando las feministas radicales decían que el pene era el enemigo, Jeannie deseaba responder: «Habla por ti, hermana».
Alzó la mirada hacia Berrington, que comía con delicados ademanes manzanas caramelizadas. Le gustaba aquel sujeto, a pesar de sus nauseabundas ideas políticas. Era listo -los hombres de la doctora Ferrami tenían que ser inteligentes- y tenía modales de triunfador. Le respetaba por sus trabajos científicos. Era esbelto y bien parecido, probablemente también sería un amante experto y hábil, y poseía unos bonitos ojos azules.
A pesar de todo, era demasiado viejo. A ella le gustaban los hombres maduros, pero no tan maduros.
¿Cómo podía rechazarlo sin tirar por la borda su propio futuro profesional? Quizás el mejor procedimiento consistiera en simular que interpretaba sus atenciones como algo paternal y bondadoso. Eso tal vez le permitiera evitar la desagradable medida de rechazarlo lisa y llanamente.
Jeannie tomo un sorbo de champán. El camarero aguardaba para volver a llenarle la copa y ella no estaba muy segura acerca de cuánto había bebido ya, pero se sentía alegre y no tenia que conducir.
Pidieron café. Jeannie, un express doble para que la serenase un poco. Cuando Berrington hubo pagado la cuenta, tomaron el ascensor hacia el aparcamiento y subieron al plateado Lincoln Town Car de Berrington.
Berrington condujo el vehículo a lo largo de la línea del puerto y luego desemboco en la autopista de Jones Falls.
– Ahí está la cárcel municipal -indicó el edificio, semejante a una fortaleza, que ocupaba una manzana de la ciudad-. La escoria de la Tierra está ahí.
Jeannie pensó que era posible que Steve se encontrase dentro.
¿Cómo podía habérsele ocurrido la posibilidad de acostarse con Berrington? No sentía el menor asomo de afecto por él. Le avergonzó haber jugueteado siquiera con la idea. Cuando el hombre detuvo el coche junto al bordillo, delante de la casa, Jeannie dijo en tono firme y decidido:
– Bueno, Berry, gracias por esta encantadora velada.
¿Le estrecharía la mano, pensó la muchacha, o intentaría besarla? En este último caso, ella le ofrecería la mejilla.
Pero Berrington no hizo ni una cosa ni otra.
– Tengo el teléfono de casa estropeado y necesito hacer una llamada antes de irme a la cama -dijo-. ¿Puedo utilizar el tuyo?
Difícilmente podía ella decir: «Rayos, no, haz un alto en el primer teléfono público que encuentres por el camino». Parecía que no iba a tener más remedio que afrontar algo más que la insinuación.
– Claro -dijo, tras contener un suspiro-. Sube.
Se preguntó si podría evitar ofrecerle un café.
Se apeó de un salto del coche y cruzó el pórtico en primer lugar. La puerta de la fachada se abría a un pequeño vestíbulo con otras dos puertas. Una era la del piso de la planta baja, habitado por el señor Oliver, un estibador jubilado. La otra, la de Jeannie, daba a una escalera que conducía al apartamento del primer piso.
Jeannie frunció el entrecejo, desconcertada. Su puerta estaba abierta.
La franqueó y encabezó la marcha escaleras arriba. Había luz en el piso. Curioso: antes de marcharse había apagado la luz. La escalera llevaba directamente a la sala de estar. Entró en el cuarto y soltó un grito.
Él estaba de pie ante el frigorífico, con una botella de vodka en la mano. Iba sin afeitar, desaliñado y parecía un poco bebido.
Detrás de Jeannie, Berrington preguntó:
– ¿Qué ocurre?
– Necesitarías un sistema de seguridad más eficaz, Jeannie -comentó el intruso-. No me costó ni diez segundos dar con el truco de tu cerradura.
– ¿Quién diablos es? -preguntó Berrington.
Jeannie dijo en tono sobresaltado:
– ¿Cuándo saliste de la cárcel, papá?
11
El cuarto de reconocimiento y la sección de celdas estaban en la misma planta.
En la antesala había otros seis hombres de aproximadamente la misma edad y constitución física que Steve. Evitaron su mirada y se abstuvieron de dirigirle la palabra. Le trataban como si fuese un criminal. Quiso decirles: «Eh, chicos, estoy en el mismo bando que vosotros, no soy ningún violador, soy inocente».