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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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– ¿Por qué no te vas a casa? -le había preguntado Kam en un momento dado-. Vete antes de la boda. No quieres estar aquí cuando esto suceda. Ve a casa y deja que Shawnee te mime. Te preparará el pollo con arroz que tanto te gusta y te contará las tonterías que hacías de niño. Quizá te haga recobrar la alegría.

– No puedo irme a casa. Soy demasiado viejo.

– Podrías casarte con ella -había sugerido Kam.

– Está comprometida con Gary -había contestado.

– Sí, él le ha propuesto matrimonio. ¿Lo has intentado tú?

– Por supuesto que no.

– Ahí lo tienes.

Invitó a Chenille Savoy a salir. Fue una cita desastrosa. Lo único de lo que él quería hablar era del mejor momento para iniciar a las gemelas con alimentos sólidos y ella sólo quería hablar del momento en que los dos se irían a la cama. De pronto, Mitch descubrió que no le apetecía acostarse con esa mujer. Se disculpó diciendo que le dolía la garganta y volvió a tiempo para bañar a las gemelas antes de acostarlas.

Se dijo que había cambiado, ya no era el Mitchell Caine de antes.

Esa misma noche comenzó a tener el sueño. Al principio fue sencillo. Esa primera noche despertó seguro de que había oído el llanto de una criatura. Se levantó sobresaltado y llamó a la puerta de Britt. Ella le abrió medio dormida.

– ¿Quién llora? -exigió él-. ¿Qué pasa?

– ¿Qué? -parpadeó-. No está llorando nadie. Danni y Donna duermen profundamente. Vuelve a tu cama.

Pero él no se fue hasta que comprobó que era verdad. La siguiente noche, cuando volvió a soñar lo mismo, vio también las imágenes de bebés riendo y llorando, nadando yjugando en brazos de Britt. Había bebés por doquier. El estaba obsesionado con los bebés.

No podía caminar por la calle sin verlos; envidiaba a los padres que los llevaban en brazos. ¿Por qué les permitían a ellos tener bebés y a él no?

Gary iba a casarse con Britt. Cada vez que pensaba en eso se sentía enfermo. No era posible. Tendría que hacer algo para evitarlo.

La noche previa a la boda no pudo dormir. Estuvo paseando por su apartamento hasta que los primeros albores aparecieron en el cielo. Luego fue a llamar a la puerta de Britit.

– ¿Qué quieres? -preguntó ella fastidiada.

– Necesito hablar contigo.

– Es muy temprano.

– Lo sé, es importante.

Britt estaba medio dormida, pero lo miró a los ojos y algo que vio en ellos le liberó el corazón. Casi había perdido las esperanzas, pero algo en él le indicaba que debía darle una oportunidad. Algo en él había cambiado.

Abrió la puerta y le permitió entrar. Mitch miró a su alrededor.

– Gary no está aquí, ¿verdad? -preguntó a pesar de saber la respuesta.

– Por supuesto que no -dijo tranquila-. Ven a sentarte.

Ella lo precedió y él vio el ondular del camisón que le llegaba hasta los tobillos. Estaba descalza y tenía el pelo suelto. Mitch se sentó a su lado en el sofá y se movió inquieto.

Antes de poder decir lo que deseaba, sonó el teléfono. Los dos se sobresaltaron al oírlo.

– ¿Quién será tan temprano? -preguntó Britt cuando se puso de pie para ir a contestar.

Levantó el auricular; estaba de pie, frente a la puerta corrediza de cristal que daba al balcón. La luz temprana brillaba a su espalda, iluminando su silueta y haciendo invisible el camisón.

Mitch,se la quedó mirando embelesado y casi no oyó el principio de la conversación.

– ¿Qué? -decía ella y era evidente que estaba sorprendida-. ¿De verdad? -continuó-. ¡Por Dios! Bueno, supongo que lamento la noticia. Pero quizá sea lo mejor. Sí, buena suerte y gracias por llamarme.

Colgó y rió quedo.

– Imagínate quién era -le dijo a Mitch.

– ¿Malas noticias?

– Extrañas.

– ¿De qué se trata?

– No es urgente -se sentó al lado de Mitch en el sofá-. ¿De qué querías hablarme?

– De tu matrimonio con Gary -desvió la mirada-. No dará resultado.

– ¿Eso crees? -por algún motivo parecía divertida-. ¿Qué te hace pensar eso?

– No lo soporto -la observó y gimió para sus adentros. Seguía viendo sus senos a través de la tela transparente. Lo único que podía salvarle en ese momento sería una ducha helada. Estiró las piernas e inclinó la cabeza hacia atrás-. No soporto pensar en que estará aquí contigo y con las criaturas. No quiero que él las atienda.

– Lo sé -murmuró ella.

– Tampoco quiero que haga cosas para ti.

– Lo sé.

– No quiero que te toque… -se contorsionó en el sofá para volverse hacia ella-. Así… -le tocó un seno. No pudo mantenerse alejado. La tocó con suavidad, rozando el pezón oscuro-. Ni que te bese así… -la besó en la boca.

– Supongo que tampoco quieres esto -extendió un brazo riendo al ver que él la miraba sorprendido-. No quieres que yo lo toque ni lo bese…

– Eres una mujer desvergonzada y osada -dijo riendo también-. Ven aquí.

La acercó y la besó con todo el cariño que había tratado de negar durante tanto tiempo. Le quitó el camisón y se desnudó con rapidez. Hicieron el amor en el sofá, con lentitud y ternura. Mitch se dominó hasta que ella le exigió más pasión. Mitch la penetró y encontró nuevos misterios en ella, nuevas sensaciones que le hicieron sentirse estrechamente unido a ella. Al final la miró y vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

– ¿Te he hecho daño? -preguntó preocupado.

– No -murmuró ella-. Creo que después de estar contigo soy incapaz de estar con cualquier otro hombre.

Mitch rió y la besó con deseo para libar una dulzura que ya consideraba suya. Finalmente, se alejó y gimió.

– No es posible que sigamos haciendo esto si te casas con otro.

– Eso había planeado -se enderezó y se puso el camisón.

– Lo sé, pero no quiero que Gary te toque -le recordó en tono decidido.

– Si me caso con él, pensará que tiene derecho a eso.

– Lo sé -se puso su pantalón y se volvió para mirarla muy serio-. Por eso no puedes casarte con él. -Pero Mitch…

– Oye, tengo otra idea -volvió a sentarse a su lado-. Huiremos.

– ¿Huir?

– Sí -asintió convencido-. Podríamos hacerlo. Nos llevaremos a las gemelas y nos iremos hacia el sureste de Asia. Hay miles de islitas a lo largo de algunas de sus costas. Encontraremos una que no esté habitada y construiremos una nueva vida.

– ¿Algo como la familia Caine suiza? -se dominó para no sonreír y trató de mostrarse interesada.

– Lo has comprendido muy bien.

– Mitch… -le acarició la mejilla con ternura-. ¿No sería eso como casarse?

– Si, pero… -se la quedó mirando.

¿Qué había dicho ella? ¿Qué había querido decir?

De pronto se rompió algo en el interior de Mitch. El sol salió e iluminó el cielo. Vio la luz.

Él podía hacerlo. Se casaría. ¿Por qué no? Aquella era la mujer a la que amaba. Sí, la amaba.

– Britt -gritó emocionado por su descubrimiento-. ¡Te amo!

– Lo sé y yo también te amo -asintió riendo.

– Britt! -el cielo se despejaba para él-. Podría casarme contigo.

– Sí, podrías hacerlo -volvió a asentir contenta.

– Ay, Dios, ¿por qué no me he dado cuenta antes?

– No lo sé y no me importa, siempre y cuando lo sepas ya.

– Lo sé. Los dos atenderemos a las gemelas y nos cuidaremos el uno al otro. Ya no tenemos que preocuparnos por Gary. Llamémoslo para decirle que desaparezca. Deja que lo haga yo.

– No. No tienes que hacerlo. Gary me ha llamado para cancelar la boda.

– ¿Qué? -se puso sombrío-. ¿Se ha acobardado?

– No exactamente -le sonrió con cariño-. Me ha llamado para decirme que él y Lani se han pasado la noche planeando un centro nuevo de aviación en el museo y que él se había dado cuenta de que está enamorado de ella.

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