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Un regalo en mi puerta

Электронная книга - «Un regalo en mi puerta». Краткое содержание книги:

Un canasto con un par de bebés era lo último que Brittany Lee esperaba encontrarse en su puerta, pero allí estaba y alguien debía cuidarlos. Y si la única ayuda con la que podía contar era con la de su apuesto vecino tendría que conformarse con eso…
Mitchell Caine era un soltero convencido, pero supuso que podría echarle una mano a su vecina en esas circunstancias. Lo extraño del caso fue que después de un largo fin de semana de pañales y biberones, Mitchell empezó a pensar que sería muy divertido que los dos pudieran cuidar juntos a sus propios bebés.
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– Pero yo siempre estaré aquí, justo al otro lado del pasillo.

– Por supuesto -giró los ojos-. Hasta que empieces a salir con otra mujer y desaparezcas -se inclinó y lo tocó el pecho con un índice-. Y no te enfades ni insistas en que no eres un donjuán. Sé quién eres, Mitch y también sé que les tienes mucho cariño a las niñas. Pero soy realista y sé que las buenas intenciones pierden fuerza con el paso del tiempo.

Se encogió de hombros y se enderezó.

– El matrimonio es un compromiso. Esas niñas necesitan un padre para siempre, no un tío amable de vecino. Además, nos cambiaremos de casa porque necesitamos una casa con jardín.

– Una casa con jardín -gruñó y se dirigió al bar para sacar una botella de whisky.

– Oye, no dejes que Britt te vea bebiendo -dijo Lani al salir de la habitación con un florero lleno de flores recién cortadas-. Esa es una de las cosas que vamos a usar para calificar a los posibles padres. Se servirá vino, pero se borrará de la lista al que trate de beber más de una copa.

– Muy bien -dijo y se sirvió bastante-. Danna y Danni no necesitan un padre borracho -añadió después de darle un trago-. Estoy totalmente de acuerdo en eso.

Lani le sonrió con conmiseración y él asintió. Mitch se dijo que era una joven muy atractiva cuando se arreglaba. Aquella noche no llevaba puesta la gorra de béisbol acostumbrada y llevaba un vestido suelto amarillo que mostraba sus piernas y brazos bien torneados. Mitch dio su aprobación al aspecto más femenino de la chica.

– Eso quizá signifique que soy un machista -murmuró para sí cuando ella salió de la habitación.

Los invitados fueron llegando uno a uno y pronto la habitación se llenó de conversaciones.

– ¿De dónde has sacado a todos estos tontos? -le preguntó Mitch a Britt cuando ella pasó frente a él con un plato lleno de champiñones rellenos.

Ella se detuvo y le sonrió. Estaba despampanante.

– Se me ha ido de las manos -aceptó contenta-. Pensaba invitar sólo a los hombres que me habían invitado a salir este año, pero otros se enteraron y pidieron que los invitara -rió-. No sabía que había tantos hombres interesados en mí. ¿No te parece gracioso?

Por supuesto -murmuró aunque ella no esperó a que le contestara.

Por lo menos había una docena de hombres que rodeaban a Britt como si fueran buitres. Desde luego, Gary era el peor, sobre todo porque estaba muy seguro de que iba a ganar sin el menor problema.

– No es una competición -le dijo a Mitch con orgullo masculino-. Sé que me quiere a mí. Es decir, yo ya le he dicho que quiero casarme con ella. Pero ya sabes que ella tiene que seguir con esta farsa para que crean que es imparcial.

– Tengo que decir lo contrario -protestó Adam Arnett, otro candidato que Britt había sacado del club de catadores de vino y queso al que estaba afiliada-. Tengo el ojo puesto en esa mujer desde que compartimos nuestro primer Beaujulais hace meses. Observa su estilo, su gracia -suspiró con la cabeza ladeada-. Estará fabulosa en mi casa recién renovada de la playa. Y en calidad de anfitriona para la cena anual que ofrezco cuando se inicia la temporada de ópera. Todos los amantes de la música clásica brindarían por ella.

– Qué me dices de las criaturas? ¿Qué piensas hacer con ellas?

– ¿Bebés? -Adam frunció el ceño un momento-. ¿Ah, esas gemelas adorables que mencionó? Imagínalas vestidas igual con encaje blanco. Estarán fabulosas…

Las pequeñas aparecieron en ese momento en brazos de Jimmy y de Lani quienes circularon entre los invitados para que todos tuvieran la oportunidad de verlas.

– Brin tiene que ver si realmente les gustan los niños -le murmuró Lani a Mitch-. Dale una oportunidad. Sólo está intentando hacer lo mejor.

Mitch hizo una mueca, después vio que Bob Lloyd, el contable de Britt, tenía una cajetilla de cigarrillos en el bolsillo de su camisa.

– Mira. Él fuma -señaló al culpable para que Lani lo viera-. Táchalo de la lista. No permitiré que Danni y Donna queden expuestas al humo.

– Muy bien, se lo diré a Britt -Lani asintió.

– Ya me había dado cuenta -comentó Britt a sus espaldas-. En este momento tengo otras preocupaciones -le murmuró a Mitch y le dio un golpecito en las costillas-. Estás bebiendo mucho.

– Puedo beber todo lo que quiera. Recuerda que yo no estoy solicitando el empleo.

– En caso contrario, serías el último en la lista -lo miró con enfado.

– ¿De verdad? -la retó a que lo confirmara.

Britt titubeó, luego se volvió y saludó a otra persona. Mitch se quedó atrás y la observó mientras intentaba dominar su irracional enfado.

No tardaron en volver a acostar a las gemelas, pero parecía que la fiesta nunca iba a terminar. Mitch llenaba su vaso con frecuencia y conforme pasaba el tiempo más enfurruñado estaba. Había demasiados hombres y todos trataban de impresionar a Britt, todos, con excepción de Gary que se había declarado el ganador desde el principio y que en ese momento acompañaba a Lani. Le hablaba de los planes que tenían para. montar una nueva ala en el museo que dedicarían a la historia de los viajes por aire. Lani parecía más interesada de lo normal, acababa de reñir con Jimmy.

Mitch había presenciado el desarrollo de la discusión. Había presentido la explosión, pero lo más gracioso era que él habría hecho justo lo que Jimmy había hecho y habría dicho lo mismo a pesar de que era consciente de lo equivocado que su sobrino estaba. Era como si los papeles que Jimmy y Lani representaban hubieran estado escritos en las estrellas.

¿Eso había ocurrido entre él y Britt? Había él seguido algún patrón que tenía desde hacía demasiado tiempo? ¿Era el momento de romper el molde y pensar de manera diferente? No lo sabía. Era hora de beberse otro whisky.

Debería dejar de beber. No solía hacerlo, pero ese era un caso especial. La mujer que él amaba estaba a punto de elegir a otro para que fuera su esposo.

¿Qué? Movió la cabeza. ¿Realmente había pensado lo que creía? No, no era el momento de dejarse llevar por tonterías. Estaba ahí para asegurarse de que Britt hiciera lo correcto. Deseó averiguar qué era lo correcto.

Vio que Britt sonreía y reía con los otros hombres y quiso incorporarse al grupo, agarrarla y llevársela de allí.

– Me gustaría amarrarte a una liana, soltar un grito de la jungla y salir de aquí -dijo en voz alta.

– No permitas que yo te detenga -dijo alguien a su espalda.

Se volvió y vio a Rick Sudds, un joven al que Britt debía haber conocido en su gimnasio. Mitch lo había catalogado como un hombre de muchos músculos y poco intelecto.

– Anda, vete -dijo Rick-. Cuanto antes os vayáis todos, antes tendré la oportunidad de demostrarle lo que tengo que ofrecerle -se contoneó-. Pero mis talentos resaltan en la intimidad, creo que sabes a qué me refiero.

Mitch masculló una obscenidad y se volvió, pero Rick todavía no había terminado.

– Desde hace tiempo he estado impaciente por estar a solas con esa mujer, pero ella me ha mantenido a cierta distancia. Sé que me desea. Todas quieren lo mismo, ¿comprendes? Hasta ahora ha actuado como una puritana, pero en cuanto le enseñe lo que tengo, me suplicará que le dé más. Si puedo alejarla un minuto deslizaré la mano por debajo de su blusa y podrás oír sus gemidos desde aquí. Yo…

Mitch lo hubiera golpeado antes si no hubiera bebido tanto. Pero tal como estaba tuvo que equilibrarse antes de atacar.

Rick era un hombre grande y cayó haciendo ruido, tirando una mesa, dos vasos vacíos y un plato lleno de nueces. Cuando Britt llegó a la escena, Rick seguía tratando de ponerse de pie. Un hilo de sangre se deslizaba por su barbilla. Mitch estaba de pie a su lado, dispuesto a seguir peleando.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Britt con severidad.

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