La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
En cuanto al Castel Nuovo, ardía con más violencia que todos los demás. No pude evitar preguntarme cómo debían de haber reaccionado aquellos que descubrieron el museo de Ferrante. Permanecí largo tiempo mirando desde cubierta y escuchando el batir de las olas mientras Nápoles se quedaba atrás, como una resplandeciente y furiosa joya roja.
Primavera-Verano de 1495
Capítulo 8
Navegamos hacia el sur a través de las cálidas aguas del mar Tirreno, y en cuestión de días, llegamos a Mesina, llamada Zancle, «hoz», por los griegos debido a la forma de hoz de la bahía. Agradecí ver tierra; no me sentía bien navegando, y ese era el viaje más largo que había hecho. Los dos primeros días los pasé muy mal.
Sicilia había sido gobernada durante los últimos veintisiete años por el rey Fernando de Aragón, que había unido su reino al de su esposa, Isabel de Castilla, con la idea de unificar España. Además de los vínculos de sangre con mi familia, Fernando tenía buenas razones para ser amable con los Borgia. Como me explicó Jofre, cuando su padre Rodrigo todavía era cardenal de Valencia, Fernando había buscado la sanción formal del papa Sixto IV a la Inquisición, por medio de la cual los monarcas esperaban expulsar de su reino a todos los moros y judíos, conversos o no.
Sixto se negó en redondo. Después de una larga e intensa gestión a cargo del persuasivo y poderoso cardenal Rodrigo Borgia, el Papa cedió en parte, y permitió que la Inquisición actuase solo en la provincia de Castilla.
«El rey Fernando estaba tan agradecido por la ayuda de mi padre -me dijo Jofre con una ingenuidad que hubiese sido conmovedora de no haberme helado hasta el tuétano- que dio todo su apoyo a la elección de mi padre como Papa.»Fernando el Católico; así era como Rodrigo Borgia se había referido al rey español desde entonces.
Después de desembarcar y de que las noticias de nuestra huida de Nápoles se conociesen, fuimos recibidos por el embajador español, don Jorge Zúñiga. Nos alojamos en una casa a duras penas adecuada donde estábamos muy apretujados: los hermanos compartían un dormitorio, Alfonso y Jofre otro, y Juana, Esmeralda y yo un tercero, para que Ferrandino tuviese la intimidad que un monarca requería.
Don Jorge apareció la noche de nuestra llegada. Presentaba una elegante figura, con una capa y una túnica a juego de un rojo brillante, y una rápida y fácil sonrisa debajo de un largo bigote negro. Creo que él había esperado recibir una cálida bienvenida por parte de nuestra familia y humilladas súplicas de ayuda; desde luego, no esperaba lo que recibió.
– Alteza -dijo, con reverencia, al tiempo que se quitaba la gorra de terciopelo con un ampuloso gesto de su brazo-, con gran dolor he sabido las circunstancias que rodean vuestro viaje a nuestra bella isla. -Hizo una pausa-. Nuestros agentes nos informaron de la revuelta de los barones; suponemos que se envalentonaron por los acontecimientos en Capua. -La ciudad de Capua estaba tierra dentro, no muy lejos al norte de Nápoles-. Los ciudadanos de allí se asustaron tanto al ver el poder del ejército de Carlos que abrieron las puertas y dejaron que los franceses entraran a voluntad. -Hizo otra pausa-. Su majestad el rey Fernando os da la bienvenida, y está preparado para ofrecer toda la ayuda que requiráis.
Ferrandino estaba sentado en el centro de la familia reunida, en un lugar de honor, mientras el resto de nosotros permanecía de pie en deferencia a su rango. Don Jorge, sin embargo, omitió advertir el significado de esto, algo que obligó al tío Federico a reprocharle:
– No debéis dirigiros a Ferrandino como alteza. Ahora es el rey Fernando II de Nápoles.
Don Jorge parpadeó, confuso, y comenzó:
– Pero el rey Alfonso… -Entonces, el hábil diplomático intuyó nuestra desaprobación y se inclinó de nuevo, esta vez dirigiendo el gesto a Ferrandino-. Majestad, os suplico vuestro perdón.
– Concedido -manifestó Ferrandino. Como el resto de nosotros, estaba agotado, pero desprendía una admirable autoridad. Sin embargo, ni siquiera su majestuosidad podía borrar las arrugas de su frente o la desesperación de sus ojos. Comía mal, a pesar de los mimos de Juana, y sus pómulos mostraban ahora un sorprendente relieve-. No sé bajo qué pretexto mi padre vino aquí a Mesina; solo puedo suponer que no fue sincero respecto a las circunstancias. También estoy seguro de que seáis un hombre discreto, a quien se le pueda confiar la verdad.
– Por supuesto -replicó el embajador con voz suave.
– Mi padre nos abandonó cuando más lo necesitábamos -continuó Ferrandino-, y robó una gran cantidad de dinero del reino. Estamos aquí para recuperarlo.
El tío Federico, cuya indignación había ido creciendo por momentos, ya no pudo contenerse más.
– ¡Habéis estado acogiendo a un criminal! Como si no fuese ya bastante malo que vuestro rey no nos facilitase tropas a tiempo…
Mi hermanastro se volvió hacia él y dijo en tono cortante:
– Ya es suficiente, tío. No volverás a interrumpir nuestra conversación.
Federico frunció los labios.
– Debemos ofreceros nuestras más humildes disculpas -declaró don Jorge-. Asumimos, cuando su majestad…, cuando su alteza Alfonso llegó, que lo hacía por razones de salud, para aprovechar nuestro agradable clima. Creímos, y ahora veo que fue un lamentable error, que la familia estaba al corriente de su llegada. -Hizo una pausa, e inclinó la cabeza a un lado para observarnos uno a uno, y después añadió-: Aquí todos sois miembros de la realeza; no dudo que puedo confiar a todos vosotros un asunto muy confidencial.
– Podéis -afirmó Ferrandino.
– Tengo muy buenas noticias para la casa de Aragón. Vuestras peticiones de ayuda no han caído en saco roto, majestad. El Papa, el emperador, el rey Fernando, Milán, Venecia y Florencia se han unido para formar la Santa Liga. Me disculpo por no haberos informado de este hecho antes; existía el grave peligro de que los franceses pudiesen interceptar un mensaje y conocer nuestros planes. Pero un ejército mucho más poderoso que el de Carlos muy pronto marchará al sur desde Roma para ir a su encuentro.
La expresión y la mirada de Ferrandino se suavizaron en el acto, como si estuviese mirando algo tierno, como un hijo recién nacido, o una amante muy adorada; por un instante, creí que se echaría a llorar. Aunque conmovido, se controló lo suficiente para decir, en voz baja:
– Dios bendiga al Papa y al emperador; y Dios bendiga al rey Fernando.
Don Jorge dispuso que a la mañana siguiente los carruajes nos llevasen al refugio de mi padre. Federico, sin embargo, propuso que Ferrandino no fuese. «Porque -como dijo- no estaría bien que un rey fuese a suplicar por aquello que es legítimamente suyo.» El plan era avergonzar -y si era necesario, amenazar- a mi padre para que acudiese a su nuevo soberano, jurase lealtad, suplicase perdón y, sobre todo, devolviese los tesoros de la Corona, que eran imprescindibles si nuestras tropas iban a luchar junto a la Santa Liga. Desde luego, serían necesarios para los gastos del día a día del rey; una perspectiva para la cual ahora teníamos verdaderas esperanzas.
Ferrandino -que se había transformado de nuevo en un hombre de aspecto joven gracias sin duda a su primera noche de verdadero descanso en un año- aceptó el plan de Federico. Nuestros dos tíos querían ir solos a su misión, pero mi hermano los convenció de lo contrario.
– Sancha y yo debemos acompañaros -insistió Alfonso-. Tenemos derecho a ver a nuestro padre y a nuestra madre, y preguntarles personalmente la razón de sus acciones.