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Электронная книга - «Reunion in Death Traducido». Краткое содержание книги:

Walter Pettibone llegó a su casa a las 7:30 p.m. para encontrarse con su familia y un centenar de amigos que le recibieron con el grito de <<¡Sorpresa!>>. Era su fiesta de cumpleaños. Y, aunque no tenía idea de la fiesta que le habían organizado, la verdadera sorpresa estaba por llegar. A las 8:45 p.m., una mujer con ojos del color de las esmeraldas y cabello rojo le entregó una copa de champán. Y un sorbo del burbujeante líquido después… Walter estaba muerto.
El nombre de la mujer es Julia Dockport y nadie en la fiesta sabe quién es. Pero la detective Eve Dallas la recuerda muy bien. Diez años atrás, Eve fue la responsable de la encarcelación de Julie. Y ahora, liberada por buena conducta, sigue teniendo las mismas intenciones de antaño. Parece que quiere encontrarse de nuevo con Eve… en una reunión que ninguna olvidará…
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– No hay problema. -Fue hacia ella y con la excusa de un beso de bienvenida, murmuró- Quieres que me deshaga de ellos?

Ella casi dijo que sí, pero le pareció mezquino y cruel. -No, podemos ir una hora al D y D si quieres.

El le levantó la barbilla. -Tienes algo en mente.

– Déjalo ahi.

– Y un dolor de cabeza también.

– Se va a pasar. -Y estaba la posibilidad, aunque remota, de que unos momentos con amigos pudieran inducirlo a cooperar.

– Entonces vamos? -demandó Mavis girando con su zinger.

– Seguro. Dame un minuto para subir y ocuparme de unas cosas.

– Bárbaro. Roarke? -Mavis lo tomó de la manga mientras Eve salía. -Podemos ir en la limo? Sería totalmente magnífico para todos nosotros llegar al D y D con estilo.

Como el Down and Dirty era un local de strip con tanta clase como una ardilla rabiosa, Eve se figuró que harían un infernal alboroto llegando con una limo de una milla de largo y chofer uniformado. Se sintió agradecida de que la cosa estuviera construída como un tanque armado.

Se despojó del arnés de su arma, y desatando la funda del tobillo, chequeó la pequeña arma no reglamentaria para asegurarse de que estaba totalmente cargada. Con el propósito de arreglarse, pasó los dedos a través de su cabello y consideró el trabajo hecho.

Salió del dormitorio y se detuvo en seco cuando vió a Sam esperando en el hall. -No quería molestarla, -empezó- pero tiene dolor de cabeza. Puedo sentirlo. -explicó antes de que pudiera hablar ella. -Puedo ayudarla con eso.

– Está bien. No es nada.

– Odio ver a alguien sufriendo. -Su expresión era suave, compasiva. -Sólo tomará un minuto.

– No me gusta tomar químicos.

Ahora él sonrió. -No la culpo. Soy un sensitivo. -Caminó hacia ella. -Con un toque de empatía. Es aquí, no? -El señaló con un dedo el centro de la frente de ella, pero no la tocó. -Y detrás de los ojos. Se va a poner peor si va un club ruidoso sin ocuparse de él. No voy a hacerle daño.

Su voz era calma y fascinante. A pesar de que ella sacudió la cabeza, él continuó hablando, y la envolvió gentilmente.

– Es una cuestión de toque, de concentración. Cierre los ojos, trate de relajarse. Piense en otra cosa. Fue a Chicago hoy.

– Sí. -Los párpados se le cerraron cuando él rozó con el dedo su frente. -Para entrevistar gente en prisión.

– Toda esa violenta y conflictiva energía. No dudo que tiene un dolor de cabeza.

Los dedos se apoyaron contra sus párpados cerrados. Calidez. El murmuraba. Confort. Ningún hombre le había ofrecido nunca ambas cosas, salvo Roarke. Ella se dejó caer. Era casi imposible no hacerlo. Y el pensamiento pasó a través de su cabeza, la idea de lo que hubiera sido tener un hombre, un padre, dándole ternura en vez de dolor.

Sam sintió que el dolor salía, en sus dedos, en las palmas de sus manos. Latía ahí, sordamente, pulsando como un eco en la cabeza de él, antes de pudiera desparramarlo y disiparlo.

Y ahí, como descolorido, sintió otro afilado dolor. Profundo, se clavó rápido y violento en su propio centro. Y con eso, tuvo una visión. Y vio dentro de la mente de ella, sus pensamientos, su memoria, antes de que pudiera cerrar el enlace y bloquearlo.

– Wow. -Ella tambaleó un poco ante la repentina falta de soporte, y pensó que no había sido consciente del apoyo. Sí estaba consciente de que el dolor de cabeza se había ido, y en su lugar había una sensación de bienestar. -Mejor que cualquier maldito bloqueador. -empezó cuando abrió los ojos.

El la miraba fijamente, su rostro drenado de color, lleno de shock y pena. -Lo siento. Lo siento tanto.

– Que? Que pasa? Este asunto lo pone enfermo? -Ella lo tomó del brazo, pero él le aferró la mano. Y ahora él estaba frío como el invierno.

– Eve, yo nunca intenté esto con una mente fuerte. Debí imaginarlo. Estaba enfocado en sacar el dolor. Es necesario bajar el bloqueo, muy brevemente, pero como tengo luz sanadora no es problema por supuesto, y nunca me introduje. No es mi intención.

Ella se puso rígida. -Que quiere decir, introducir?

– No quise ver, se lo juro. Es contra todo lo que yo creo ver dentro de otra persona sin expresa invitación. Pero usted estaba abierta, y la imagen estaba ahí antes de que pudiera bloquearla. De su infancia. -El vió en la cara de ella que lo había comprendido. -Estoy muy apenado.

– Usted miró en mi cabeza?

– No. Pero ví. Y haber visto, aunque sea sin intención, es una traición a la confianza.

Ella se sintió desnuda y expuesta. -Le dio la espalda a él. -Eso es privado.

– Si, muy privado. No sé lo que puedo hacer para aliviarle esto, pero…

– Olvide lo que vió. -chasqueó ella- y no hable de esto. Nunca. Con nadie.

– Tiene mi palabra de que no voy a hablar de esto. Eve, si quiere que Phoebe y yo nos vayamos…

– No quiero que haga ninguna maldita cosa. Sólo quédese fuera de mi cabeza. Manténgase malditamente fuera de mi cabeza. -Ella salió, tratando de obligarse a no correr. Sin embargo lucho por recomponerse antes de volver a entrar al salón.

No pudo pensar en nada que necesitara más en ese momento que una hora en el D y D, donde podía sofocar fuera de ella los pensamientos en la horrible música emitida a un nivel que lastimaba los oídos, y beber bebida mala hasta que la miseria fuera hundida y ahogada.

El deber ganó, y ella sólo estaba medio borracha, lo que ocupó un rato de la hora que se dedicó a si misma. Evitó a Sam, sentándose tan lejos de él como fue posible en el salvaje y ruidoso viaje a la ciudad, y luego se aseguró de estar en el extremo opuesto de la mesa al que ocupaba él durante la visita al club.

El se lo facilitó y mantuvo la distancia.

Incluso cuando Mavis había insistido en que todos bailaran con todos los demás, ellos se esquivaron el uno al otro. Pero ni eso ni el ardor del brebaje malo le habían mejorado el humor.

Y el humor no se le había pasado a Roarke. Esperó hasta que estuvieron en casa, solos, ya que el resto de la fiesta había quedado en la ciudad. -Vas a decirme que es lo que pasa?

– Tengo un montón de cosas en la cabeza.

– A menudo las tienes, pero eso no te impulsa a beber con el expreso propósito de conseguir una cara de culo.

– No tengo cara de culo. Paré a medio camino. -Pero su equilibrio no era lo que debía haber sido y tropezó con el último escalón subiendo las escaleras. -Tal vez más de medio camino. Cual es el problema, ya me viste medio borracha antes.

– No cuando tienes trabajo todavía, y no cuando estás enojada. -El la tomó del brazo para afirmarla.

– Apártate. No necesito más gente hurgando en mi jodida psiquis.

El reconoció el tono combativo en su voz. No tenía en mente una pelea. Llegó al fondo de sus pensamientos apurar esa vía. -Desde que eres mi esposa, creo que tengo el derecho legal de hurgar en tu psiquis, además de en otras partes.

– No digas mi esposa con ese tono de culo engreído. Sabes que lo odio.

– Lo hago, sí, y me divierte. Que pasó entre tú y Sam antes de que saliéramos?

– Sal fuera de mi cara. Tengo trabajo.

– No estoy en tu cara todavía. Que fue lo que pasó? -repitió, espaciando sus palabras cuidadosamente justo antes de empujarla contra la pared. -Y ahora, teniente, estoy en tu cara.

– Tuvimos sexo rapidito en el piso del dormitorio. Y que?

– El sexo rápido usualmente no hace que un hombre se vea tan infeliz. Y creo saber que no te pone de un humor horroroso. Pero podemos verificar esa teoría si quieres. -El le enganchó una mano en la cintura de los pantalones, tiró, e hizo saltar el botón.

Ella pivoteó, pero sus reflejos fallaron. El codazo falló, y terminó aplastada contra la pared otra vez. -No quiero que me toques ahora. No quiero que nadie me ponga la mano encima. Puedes entenderlo?

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