Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Misterio De Wraxfor Hall
El Misterio De Wraxfor Hall - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
1 ... 25 26 27 28 29 30 31 32 33 ... 85
Перейти на страницу:

– Siéntate, Eleanor -dijo mi madre, señalándome el sofá. Parecía que me estaba indicando el lugar inmediato al joven.

– Pero… ¿no me presentas…? -balbuceé.

– ¿A quién? -replicó mi madre, mirándome asombrada.

– A… -e inevitablemente tuve que hacer un gesto hacia el joven.

– No sé qué estás diciendo -dijo mamá bruscamente-, y no estoy de humor para tonterías y frivolidades. Siéntate, y no nos molestes con tus despropósitos.

Durante toda esta conversación, aquel joven continuó observando tranquilamente el suelo, con aquel mismo gesto de modestia. Yo me quedé paralizada, percatándome de que mi madre y Sophie me estaban hablando, pero incapaz de apartar mis ojos de aquel hombre, el cual, como si repentinamente se diera cuenta de mi apuro, se levantó del sofá y comenzó a caminar hacia mí. Pude oír el susurro de su traje y el sonido de sus pisadas sobre el suelo. Se detuvo a un par de pasos de mí, aún con la cabeza inclinada hacia el suelo; automáticamente, me aparté de su camino para dejarle salir. Pero, entonces, al verlo por detrás, fue como ver una figura pintada que hubiera salido de un lienzo, y se reveló como una simple capa de pigmentos flotando en el aire; pareció replegarse sobre sí mismo al observarlo de lado, hasta que no fue más que una delgada lámina de oscuridad, rodeada de una luz verdosa. Después, todo aquello también se desvaneció y me quedé atónita y muda, con el sonido de la campanilla de la puerta sonando en mis oídos.

«No debo desfallecer», me dije a mí misma, y haciendo acopio de toda mi resolución, pude dominar aquella conmoción y retirarme torpemente por el corredor hasta alcanzar la seguridad del salón posterior de la casa. Allí, me derrumbé sobre un diván, al tiempo que me comenzaba a palpitar la cabeza. El dolor pronto fue tan atroz que perdí la noción del tiempo, hasta que alguien, no podría decir quién, me trajo un somnífero y pude caer en una bendita inconsciencia.

A la mañana siguiente, al principio me quedé desconcertada y confusa al verme vestida y tumbada sobre el sofá del salón. Elspeth me trajo una taza de té y la terminante orden de mamá de que me quedara donde estaba hasta que viniera el doctor, pero ni Sophie ni ella vinieron a verme. Cuando apareció finalmente el doctor Stevenson, mirándome de un modo extrañamente severo, me pareció evidente, por sus preguntas, que todos los demás no habían visto nada raro. Lo único que pude imaginar y lo único que pude decirle fue que me había dejado engañar por una ilusión óptica y por el repentino ataque de jaqueca, y que por eso había pensado que había visto a alguien sentado en el sofá, pero no era nada realmente… sólo un momento de confusión. El doctor no pareció muy interesado en mi dolor de cabeza, y después de que se fuera, aún transcurrió mucho tiempo hasta que pude escuchar que la puerta principal se cerraba tras él.

Yo estaba preparada para otra andanada de improperios de mi madre, pero no para aquel gélido desprecio con el que ignoró mis tristes excusas.

– Ya veo que estás haciendo todo lo posible para destruir la felicidad de tu hermana -sentenció-. Y respecto a esos dolores de cabeza, deberías pensar en los que tú nos causas con tu maldad y tu resentimiento. Es una enajenación mentaclass="underline" eso es lo que ha dicho el doctor, y todo se debe a los celos que tienes de tu hermana. Hay médicos que saben cómo curar a las jóvenes que son premeditadamente histéricas, como tú; pero si eso tampoco diera resultado, tendremos que encerrarte en un manicomio.

– Lo siento, mamá, lo siento muchísimo -dije-, pero no lo hago a propósito, de verdad… Nadie desearía soportar este horrible dolor…

– Ese dolor no es nada comparado con el que le has causado a tu hermana. ¿Cómo te atreves a contradecirme, después del espectáculo que hemos dado ante la señora Carstairs y sus hijos?

– ¿Estaban muy enfadados? -pregunté humildemente.

– Dado que estabas dispuesta a arruinar su visita, no creo que eso sea de tu incumbencia. Ahora, escúchame: si no fuera por Sophie, ahora mismo te enviaría a un cirujano. Pero si los Carstairs sospecharan que hay una mota de locura en nuestra familia, Arthur podría anular el compromiso. Y si lo hace, te encerraré en un lugar remoto para siempre, aunque eso no fuera ningún consuelo para la pobre Sophie. Te concederé una última oportunidad. Corrige tu comportamiento, o haré que te extirpen esa maldad a la fuerza.

Cuando estaba furiosa, mi madre era capaz de esgrimir las amenazas más extravagantes, pero aquellas últimas palabras las pronunció con un comedimiento acerado y gélido. Y aunque yo no sabía qué podía hacerle un cirujano a una joven histérica, la última frase había recorrido mi piel como un escalofrío de terror. Yo ya era mayor de edad, pero había leído demasiadas novelas en las cuales inocentes heroínas acababan confinadas en manicomios como para dudar del poder de mi madre al respecto, y quizá ese mismo poder podría conseguir que acabara a merced del bisturí de un cirujano. Yo no tenía dinero, ni posibilidad de ganarme la vida. Ni siquiera conocía las disposiciones del testamento de mi padre, salvo que la renta de sus propiedades apenas daba para mantenernos, según los repetidos lamentos de mamá.

Por lo demás, en cualquier momento podría aparecer otra «visita», incluso más a destiempo que la última. Si aquel joven hubiera aparecido diez minutos más tarde, yo podría haber ido directamente a la consulta de un cirujano… o al manicomio. Aquel hombre me había parecido completamente inocente e inofensivo hasta el momento en que desapareció. Pero… ¿era una simple coincidencia que hubiera aparecido precisamente cuando los Carstairs estaban a punto de llegar? Las perspectivas de mi vida eran demasiado terribles como para afrontarlas yo sola. Me recluí en mi habitación y comencé a escribir una larga carta a Ada, y no me detuve hasta que no la acabé, la sellé y la deposité en la oficina de correos.

A la hora de cenar, aquella misma noche, Sophie me dijo, muy fríamente, que mamá y ella habían conseguido ocultar la agitación que sentían ante los Carstairs y que habían dicho que yo había sufrido una recaída tras la conmoción cerebral que había padecido por el accidente en las escaleras. Pero eso fue todo. Durante el resto de la cena, Sophie y mamá intercambiaron puntualmente observaciones triviales, y yo abandoné la mesa tan pronto como la cortesía me lo permitió, con la sensación de que ya estaba condenada. Así que cuando recibí la contestación de Ada, invitándome a visitarla tan pronto como fuera posible, resultó para mí un inmenso alivio.

Necesité reunir todo mi valor para pedirle a mi madre que me dejara ir. Gracias a Dios, no puso ninguna objeción.

– Quizá sea lo mejor -sentenció con una increíble frialdad-. Sí, quizá sea mejor que te mantengas alejada hasta que Sophie se haya casado sin percances. Ya te escribiré cuando llegue el momento para saber si podemos confiar en que asistas a la ceremonia sin causarnos ningún disgusto.

Mientras hacía los preparativos para el viaje, me sentí aterrorizada ante la perspectiva de que pudieran arrebatarme mi libertad por culpa de otra «visita». En la medida de lo posible me mantuve encerrada en mi habitación hasta que mi equipaje estuvo asegurado en el cabriolé. La sombra del terror me acompañó durante todo el camino a través de los sórdidos barrios de Spitalfields y Bethnal Green, hasta la Shoreditch Station, y solamente me sentí realmente tranquila cuando vi a George Woodward en el andén de la estación de Chalford. Aunque estaba en medio de la multitud, habría sido imposible no verlo, dado lo llamativo de su pelo naranja (ninguna otra palabra haría justicia a semejante color), tan alborotado que siempre daba la impresión de que acababa de salir de un vendaval. Ada y él se conocieron en Londres, y se casaron tras un noviazgo mínimo, cuando inesperadamente a él le ofrecieron ir a vivir a Chalford.

1 ... 25 26 27 28 29 30 31 32 33 ... 85
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)