El Misterio De Wraxfor Hall
- Автор: Харвуд Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:
Aunque en mi vida despierta yo era bastante más valiente que Sophie, siempre había sido más propensa a sufrir pesadillas, así como al sonambulismo. Cuando me hice mayor, los paseos nocturnos se hicieron menos habituales, pero las pesadillas aumentaron en mí la sensación de opresión y angustia. Había una en particular, muy recurrente, que se desarrollaba en una casa enorme que yo no había visto jamás, de eso estaba segura. No era en absoluto como la villa de ladrillos rojos de Highgate donde siempre habíamos vivido, y la casa que aparecía en un sueño nunca era exactamente como la del sueño siguiente, y, sin embargo, siempre que ocurría, yo sabía que estaba en aquel preciso lugar. Siempre estaba sola, perfectamente consciente del silencio, sintiendo que la casa estaba viva, que me observaba, sabedora de mi presencia allí. Los techos eran altísimos, y tenía las paredes paneladas en maderas oscuras, y aunque había ventanas, nunca pude ver nada más allá de los cristales.
En ocasiones sólo permanecía allí durante un breve periodo de tiempo y me despertaba pensando: «He estado en esa casa… otra vez»; pero cuando el sueño llegaba hasta el final, me veía obligada a ir de una sala vacía a otra, aterrada y, sin embargo, incapaz de detenerme, sabiendo que debería correr y huir escaleras abajo -en ocasiones, unas escaleras magníficas y lujosas; en otras, estrechas y viejas-; después, desde una de aquellas habitaciones iba hasta el final de una galería: era una sala muy grande amueblada con arcones tallados y biombos de madera barnizada recubiertos con retorcidos dibujos dorados. En uno de aquellos sueños me veía arrastrada hasta el interior de esa galería, donde había un estrado bajo, sobre el cual se encontraba una estatua de una fiera parecida a una pantera a punto de saltar; era una estatua de metal fundido y muy brillante. Una gélida luz azul comenzaba a resplandecer alrededor de la estatua; y una vibración, como el zumbido de un insecto gigante, se adueñaba de mi cuerpo. Entonces me despertaba gritando y aterrorizada.
En otras pesadillas, más tranquilas pero a su modo incluso más horrorosas, soñaba que me despertaba en mi propia habitación -siempre parecía que estaba en penumbras, con la luz que hay justo antes del amanecer-; todo estaba en su lugar habitual y todo era normal, salvo que mi capacidad para oír era extraordinariamente aguda: la sangre que latía en mis oídos sonaba con tanta fuerza como las olas que rompen en la playa. Entonces sentía que se aproximaba un ser maligno, y se acercaba desde el pasillo o acechaba junto a la ventana; mi corazón comenzaba a latir de tal modo que yo temía que se me fuera a salir del pecho, y me despertaba con el corazón aún latiendo violentamente.
Pocos meses antes de la caída, me desperté una mañana muy temprano porque oí que decían mi nombre muy bajito… o eso creí. Me levanté y, en camisón, me acerqué a la puerta, pero no había nadie en el pasillo. La voz había sonado como la de Sophie, pero cuando me acerqué a su puerta, estaba cerrada. Todo estaba en silencio. La puerta del baño permanecía ligeramente abierta; más allá estaba la habitación de mi madre, y después, el rellano y la escalera, exactamente como en mi mundo de vigilia. Oí que alguien decía mi nombre otra vez, pero en esta ocasión la voz retumbó como un gong en el interior de mi cabeza; la luz se apagó como si hubieran soplado una vela, y algo se precipitó sobre mí desde la oscuridad. Grité y luché hasta que vino de nuevo la luz, junto al ruido de pies que corren acercándose, y me di cuenta de que el demonio que me había atrapado era, en realidad, mi madre.
Mamá estaba justificadamente enfurecida, y yo sólo podía reconocer que merecía estar en un manicomio y que me deberían enviar sin duda a uno si persistía aquel sinsentido histérico. No bastaba con decir que no podía evitarlo: Sophie nunca se había levantado en sueños, ni había despertado a toda la casa con sus gritos, de modo que… ¿por qué yo no podía dominarme? Porque lo hacía premeditada e intencionadamente, porque era una muchacha obstinada, egoísta y contradictoria, y otras muchas cosas parecidas. Yo ya estaba acostumbrada a los reproches de mamá, pero en aquella ocasión fue tan violento y, en mi sentir, tan absolutamente merecido que decidí encerrarme en mi habitación y esconder la llave en un lugar diferente cada noche, con la esperanza de que mi yo soñador no pudiera recordar dónde la había puesto. Cuando vi que los meses transcurrían sin reincidencias, comencé a pensar que estaba curada de las pesadillas y del sonambulismo, y dejé de cerrar con llave mi habitación, hasta la mañana en que Elspeth, nuestra doncella, me encontró derrumbada a los pies de la escalera.
Alrededor de quince días después -ciertamente, después de que el doctor dictaminara que mi recuperación seguía su curso con normalidad- estaba incorporada en la cama, leyendo, cuando mi abuela entró en la habitación y se sentó en una silla junto a mí, mirándome exactamente como lo hacía cuando yo era una niña: llevaba el mismo vestido de seda negra profusamente adornado, el pelo blanco apretadamente ceñido y prendido, y el mismo perfume de lavanda y agua de violetas, tan familiar. La silla crujió cuando se sentó en ella; me sonrió y cogió su labor, como si se hubiera ido sólo quince minutos antes, en vez de haber estado descansando en el cementerio de Kensal Green durante los últimos quince años. Me pareció que la abuela sabía que estaba muerta, pero, en cierto modo, esto no importaba mucho: su presencia junto a mi cama me resultó completamente natural y reconfortante. Y aunque mi propia tranquilidad y la aceptación de la visita me resultarían más tarde tan extrañas como la propia visita, lo cierto es que estuvimos sentadas en silencio, haciéndonos compañía, durante un periodo indefinido de tiempo, hasta que mi abuela recogió su labor, me sonrió otra vez y se fue lentamente de la habitación.
Mamá entró inmediatamente después y yo pensé que se deberían de haber cruzado en el pasillo.
– ¿Has visto a la abuela? -pregunté.
Vi en su rostro una mirada de consternación que me indicaba que no debía insistir… y reconocí que debía de haber estado soñando. Como ocurrió tras la extraña luminiscencia, la aparición de la abuela fue seguida de uno de los peores dolores de cabeza que he tenido que soportar en mi vida. Pero estaba segura de que había estado completamente despierta.
Incluso después de que se me hubiera hecho evidente que aquello era sólo una extraña experiencia, me pareció que no podía pensar que mi visitante fuera un fantasma. Mis lecturas de literatura sensacionalista [34] habían intensificado una imaginación ya muy viva de por sí, y me habían descrito perfectamente cómo deberían conducirse los fantasmas: unas leves transparencias y uno o dos quejidos horripilantes eran, desde luego, lo menos que una podía esperar de los espectros. En cambio, la abuela había sido… bueno, había sido sólo la abuela. Y aunque no me había ocurrido nada semejante con anterioridad, no sentía el más mínimo temor.
El doctor Stevenson había dictaminado que ya me encontraba perfectamente bien y que podía levantarme, y el recuerdo de la visita de mi abuela se había desvanecido hasta el punto de creer prácticamente que aquello había sido un sueño. Y entonces, una noche, después de cenar, vi a mi padre cruzar el vestíbulo delante de mí. No estaba a más de diez pasos. Oí el crujido de las maderas del suelo bajo sus pisadas y pude oler el humo de su cigarro. Sin mirar ni a un lado ni a otro, entró en el estudio y cerró la puerta tras él, exactamente como hacía cuando estaba vivo. Una vez más, no sentí miedo: sólo el incontrolable impulso de levantarme, ir hacia la puerta del estudio y llamar. Como no hubo respuesta, intenté accionar el picaporte. La puerta se abrió fácilmente, pero no había nadie dentro, sólo los familiares y vetustos sillones de piel marrón sobre una desgastada alfombra persa, la mesa labrada con las patas talladas en forma de feroces caras de tigres que me habían fascinado cuando era niña, las estanterías atestadas con libros azules [35], registros militares, historia de los regimientos e informes de antiguas operaciones militares, los persistentes y suaves aromas del tabaco, del cuero y de los viejos libros. Permanecí durante mucho tiempo en la puerta, abismada en los recuerdos.
[34] La sensational literature (o las sensation novels) era un género de ficción muy común en la segunda mitad del siglo XIX inglés, heredero de la novela gótica y melodramática del Romanticismo. Wilkie Collins, Ellen Wood, Charles Reade o Elizabeth Braddon son algunos de sus principales representantes; el crimen, la locura, los secretos familiares, las mujeres malvadas, las dobles identidades o el terror «gótico» formaban parte de sus argumentos
[35] Los libros azules (Blue books) eran compendios de leyes parlamentarias, de ordenanzas militares, de informes oficiales, de documentos diplomáticos, de árboles genealógicos, etcétera. La única razón de su nombre es que los antiguos informes legales de los Comunes se encuadernaban con tapas azules