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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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Aún estaba luchando con la carta cuando George regresó de una visita que había hecho a Aldeburgh. Dijo que se había encontrado con John Montague, un conocido suyo del que ya me había hablado, en compañía de un caballero muy agradable que resultó ser Magnus Wraxford, el probable y futuro propietario de Wraxford Hall. Era tan agradable, de hecho, que George había invitado a ambos a cenar al día siguiente. Lamenté mucho que Edward se perdiera esta cena, porque el señor Montague era un pintor aficionado muy perspicaz; también era el abogado de la familia Wraxford. Al parecer, el doctor Wraxford iba a quedarse sólo unos días en la ciudad, para asistir a una vista judicial sobre la desaparición de su tío.

Ada, a pesar de que no se le había avisado, se alegró mucho por George.

– Tiene tan pocas oportunidades de hablar con intelectuales… -dijo-. Aunque Edward siempre resulta una compañía deliciosa, desde luego…

No podía estar en desacuerdo con Ada, porque la teología de Edward no iba más allá de exclamar: «Si cuando muera descubro que hay otra vida, me sentiré gratamente sorprendido. (Al menos, confío en que sea una sorpresa agradable). Y si no hay otra vida, todo será olvido. Soy partidario del carpe diem, me temo». Pero, más que aprovechar el día, yo utilicé el revuelo de la preparación de la cena como una excusa para dejar a un lado la carta que debía escribir a mi madre, de modo que no pude terminarla hasta la mañana siguiente. Y sólo la concluí porque Ada insistió en que si íbamos a hablar de mi compromiso matrimonial delante del doctor Wraxford -un médico de Londres con muchísimos conocidos, presumiblemente-, la carta debería estar en el buzón de mi madre, indefectiblemente, antes de que el caballero llegara a la ciudad. Ada y yo estábamos de pie, junto a la ventana del salón, cuando se presentaron nuestros invitados. Yo llevaba un sencillo vestido de noche, blanco, que mi madre deploraba profundamente (con el argumento de que estaba tan pasado de moda que podría haberse llevado el siglo pasado). Ada iba de azul oscuro, y yo imaginé que bajo el sol del atardecer, con los últimos rayos de luz prendidos en nuestro pelo, compondríamos una hermosa estampa. Pero no estaba preparada para el efecto que causaríamos -que causaría yo, concretamente, como pronto pude comprobar- sobre el señor Montague.

No obstante, a primera vista, Magnus Wraxford fue quien captó mi atención. Era muy poco más alto que John Montague, aunque más ancho de espaldas, pero a su lado, el señor Montague parecía moverse entre profundas sombras a medida que avanzaban por la alfombra. Magnus Wraxford no tendría más de treinta y cinco años, lucía un hermoso pelo negro y una barba negra muy recortada que le daban cierto aire mefistofélico, y ojos oscuros de notable luminosidad.

Aunque George había dicho que era apuesto, su simple presencia me resultó estremecedora. El dicho de que los ojos son las ventanas del alma revoloteó en mi pensamiento cuando le tendí la mano, pero cuando se tocaron nuestros dedos tuve la desconcertante sensación de que por un momento mi propia alma se había vuelto transparente a su mirada.

– Encantado de conocerla, señorita Unwin.

Su voz era grave y sonora, y me recordaba a alguien, no estaba segura de a quién.

– Y éste es el señor Montague -dijo George.

Me volví para saludarle -era un hombre muy reservado, vestido de negro, con el pelo castaño ya menguante- y comprobé que estaba muy nervioso. John Montague me observaba atónito… y cuando nuestras miradas se encontraron, se esforzó en ocultar su conmoción, como si hubiera visto un fantasma. Algo en su expresión de espanto me recordó fugazmente mi última «visita»; su gesto me pareció una sombra siniestra de la cual huí rápidamente. La mano que había cogido la mía era fría, y temblaba perceptiblemente.

– Y yo también, señorita… Unwin… estoy… estoy encantado, muy encantado… -dijo, tropezando en cada palabra.

– Gracias, señor. Siento mucho que mi… mi prometido, el señor Ravenscroft, no pueda estar aquí para conocerle.

No quería declarar mi compromiso con tanta precipitación, pero su nerviosismo me impelió a ello. Él se sobresaltó visiblemente cuando pronuncié la palabra «prometido», y me pareció que hacía un gran esfuerzo para dominar sus emociones.

– El señor Ravenscroft es un artista… profesional -dijo Ada- y viaja mucho en busca de nuevos motivos para sus cuadros.

– Muy interesante -dijo el señor Montague, con la mirada aún clavada en mí-. Es decir… quiero decir que…

Se hizo un embarazosísimo silencio mientras esperábamos a que continuara.

– Señorita Unwin -dijo finalmente-, debe usted perdonarme. El hecho es que… usted guarda un extraordinario parecido con mi difunta esposa Phoebe, y ello me ha perturbado lamentablemente…

– Oh, cuánto lo siento… -contesté-. Ya sé que su esposa falleció… ¿Ocurrió recientemente?

– No. Murió hace ya seis años.

– Lo lamento mucho… -repetí, y no pude imaginar nada más que decir.

Estando tan cerca, su conmoción por el parecido que yo guardaba con su difunta esposa resultaba absolutamente inquietante. Para mi alivio, Ada lo apartó un poco de nosotros y el doctor Wraxford comenzó a conversar conmigo.

– ¿Y el señor Ravenscroft vive cerca… de aquí?

– No siempre… -dije con cierta incomodidad-. Como ha dicho Ada, viaja mucho. Ahora ha ido a Cumbria a visitar a su padre.

– Edward Ravenscroft… No recuerdo haber oído ese nombre, pero tal vez haya visto algún trabajo suyo.

– Seguramente no… aún -dije-. Edward todavía se está abriendo camino en este mundo… sólo tiene veintiséis años, ya sabe… aunque estoy segura de que tendrá éxito.

– Entonces, esperaremos con expectación para contemplar los frutos de ese éxito. Soy un verdadero entusiasta de la pintura, señorita Unwin, especialmente de los artistas contemporáneos.

– Oh, da la casualidad -dije un tanto dubitativa- de que tenemos aquí uno de sus cuadros. Estoy segura de que a él no le importaría que la vea usted… y el señor Montague también, si quiere.

El estudio de la torre de Orford ya estaba enmarcado, y estaba colgado en la pared de enfrente del salón. Ambos caballeros -John Montague había recobrado la compostura, aunque yo sentí que su mirada se desviaba hacia mí cada vez que pensaba que yo no me daba cuenta- examinaron el cuadro en silencio durante algún tiempo, mientras George y yo esperábamos el veredicto. Ada había salido para comprobar cómo iba la cena.

– Es muy bueno… realmente muy bueno -dijo el doctor Wraxford finalmente-. Y de lo más original… ¿Ha estado el señor Ravenscroft en París?

– No -contesté-, aunque espera ir pronto.

Edward estaba decidido a ir a París en nuestra luna de miel, y noté que me ruborizaba cuando pensé en ello.

– En ese caso… es aún más impresionante, ¿no cree, señor Montague?

– Eh… sí, sí… muy interesante, como dice usted. Yo debo de haber intentado pintar esa torre al menos una docena de veces… y no he conseguido que mis cuadros sean ni la mitad de buenos que éste.

– ¡Vamos, vamos…! Mi querido amigo -dijo Magnus-, usted sabe que su cuadro de la mansión puede competir con cualquiera… de hecho, hay algo en esta pintura que me recuerda la suya. El señor Montague -nos explicó- ha pintado un soberbio estudio de Wraxford Hall a la luz de la luna.

– Y me temo que ése será mi canto del cisne. Tal vez haya oído usted, señor Woodward, una superstición que corre entre los cazadores furtivos: dicen que aquel que vea el fantasma del monje morirá en el plazo de un mes. En mi caso y dadas las circunstancias, aunque no he visto ningún fantasma, parece que ha sido mi talento el que ha muerto.

Lo dijo con cierta despreocupación, pero la amargura en su tono de su voz resultó evidente.

– Estoy seguro -dijo George- de que su talento sólo necesita un descanso durante algún tiempo. Además, usted es abogado y muchos asuntos reclaman su atención: no puede esperar que su trabajo supere el de hombres que no tienen nada que hacer a lo largo de todo el día más que pintar.

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