Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Vestido para la muerte
Vestido para la muerte - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Vestido para la muerte

Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:

Un travesti ha sido asesinado y su cuerpo aparece con el rostro desfigurado. Quizá otra víctima anónima para el registro de crímenes sin resolver. Pero el comisario veneciano Guido Brunetti, obedeciendo a su infalible instinto, descubre que ese hombre vestido de mujer es Leonardo Mascari, director del Banco de Verona y respetable ciudadano en Venecia. Podría ser un simple caso de doble vida, pero los indicios delatan que hay algo más en esta nueva e intrigante historia de Donna Leon. Su personaje, el comisario Brunetti, considerado por la crítica como «el heredero del Maigret de Simenon» y «el comisario con mayor carisma» de este género literario, encuentra a un abogado del Vaticano y activo miembro de la Lega della Moralità -asociación destinada a perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales- en el apartamento de un chapero llamado Crespo. Y poco a poco se enfrenta a una trama en la que están implicados los niveles más altos del mundo financiero, gubernamental y eclesiástico.
1 ... 25 26 27 28 29 30 31 32 33 ... 62
Перейти на страницу:

– Grappa?

– Encantado.

– Tengo una muy buena con sabor a pera. ¿Quieres probarla?

– Sí.

Brunetti se reunió con él en el extremo de la habitación, tomó el vasito que se le ofrecía y se sentó en el sofá. Padovani volvió a su butaca de antes, llevándose la botella.

Brunetti bebió. No era pera sino néctar.

– Es muy tenue.

– ¿La grappa?. -preguntó Padovani, realmente perplejo.

– No, no; me refiero a la relación entre Crespo y Santomauro. Si lo que le gusta a Santomauro son los niños, Crespo podría ser su cliente y nada más.

– Perfectamente posible -dijo Padovani con una voz que sugería que pensaba todo lo contrario.

– ¿Conoces a alguien que pudiera darte más información sobre cualquiera de ellos? -preguntó Brunetti.

– ¿Santomauro y Crespo?

– Sí. Y también sobre Leonardo Mascari, si existe alguna relación.

Padovani miró su reloj.

– Ya es tarde para llamar a mis conocidos. -Brunetti miró el reloj a su vez y vio que no eran más que las diez y cuarto. ¿Monjas? Padovani, observando su gesto, se echó a reír-. Guido, me refiero a que a esta hora ya estarán todos fuera de casa. Pero mañana los llamaré desde Roma, a ver qué saben o qué pueden averiguar.

– Preferiría que ninguno de los dos se enterase de que se indaga sobre ellos.

Era una forma de hablar cortés pero también rígida y forzada.

– La operación será discreta, Guido. Todo el que conozca a Santomauro estará encantado de revelar cuanto sepa de él, tanto por experiencia propia como de oídas, y puedes estar seguro de que nada de esto llegará a sus oídos. La sola idea de que pueda estar envuelto en algo feo llenará de regocijo a las personas en las que estoy pensando.

– Eso es lo malo, Damiano. No quiero comentarios, y mucho menos, que se diga que pueda estar mezclado en algo feo.

Comprendió que había utilizado un tono muy severo, y sonrió extendiendo el vasito para pedir más grappa.

Entonces se esfumó la loca y apareció el periodista.

– De acuerdo, Guido. Nada de chismorreos. Haré varias llamadas y quizá el martes o miércoles ya sepa algo. -Padovani se sirvió otro vasito de grappa y tomó un sorbo-. Tú deberías investigar la Liga, Guido, por lo menos, a los socios.

– A ti te preocupa, ¿verdad?

– Me preocupa cualquier grupo que actúe desde una pretendida superioridad sobre otras personas.

– ¿Como la policía, por ejemplo? -sonrió Brunetti, tratando de animar a su interlocutor.

– No, como la policía, no, Guido. Nadie os cree superiores, y tengo la impresión de que la mayoría de vuestros hombres tampoco se lo cree. -Apuró el vaso, pero no se sirvió más licor. Dejó el vaso y la botella en el suelo, al lado de la butaca-. Esa gente me hace pensar en Savonarola -dijo-. Él quería un mundo mejor, pero para conseguirlo sólo se le ocurrió destruir todo aquello que no le gustaba. Me parece que, en el fondo, todos los fanáticos son iguales, incluidos los ecologistas y las feministas. Empiezan por desear un mundo mejor y acaban tratando de conseguirlo eliminando del mundo todo aquello que no casa con su idea del mundo. Lo mismo que Savonarola, todos acabarán en la hoguera.

– ¿Y entonces qué? -preguntó Brunetti.

– Pues supongo que los demás conseguiremos salir adelante, a trancas y barrancas.

No podía decirse que esto fuera una gran afirmación filosófica, pero a Brunetti le pareció una nota lo bastante optimista como para que sirviera de cierre a la velada. Se levantó, dijo a su anfitrión las frases de rigor y se fue a casa, a su cama vacía.

15

Otra de las razones por las que Brunetti no se había decidido a ir a las montañas era que aquél era el domingo de la visita a su madre; él y su hermano Sergio se alternaban para ir a verla los fines de semana, o se cambiaban el turno si era necesario. Pero Sergio y su familia se habían ido de vacaciones a Cerdeña, y Brunetti no podía pedirle que fuera en su lugar. A pesar de que daba lo mismo que fueran o no, uno u otro seguían visitándola cada fin de semana. La madre estaba en Mira, a unos diez kilómetros de Venecia, por lo que había que tomar un autobús y luego un taxi o caminar un buen trecho hasta la casa di riposo.

Aquella noche, con aquella visita en perspectiva, los recuerdos le impedían conciliar el sueño, además del calor y los mosquitos, a los que no había manera de mantener a raya. Despertó a eso de las ocho, ante la misma disyuntiva que se le planteaba domingo sí y domingo no: ir a Mira antes o después de comer. No tenía más importancia la hora que la visita en sí, y hoy el único factor que podía influir en su decisión era el calor. Por la tarde sería más infernal todavía, y optó por no demorar la marcha.

Salió de casa antes de las nueve, fue andando hasta piazzale Roma y tuvo la suerte de llegar pocos minutos antes de que saliera el autobús de Mira. Como fue de los últimos en subir, tuvo que hacer el viaje de pie y dejarse zarandear por el autobús mientras cruzaban el puente y entraban en la intrincada red de pasos elevados que conducían el tráfico por encima o por los lados de Mestre.

En el autobús había caras conocidas; a veces, algunos pasajeros compartían el taxi desde la terminal de Mira o, si hacía buen tiempo, iban andando en grupo hasta el sanatorio, sin hablar casi nunca de algo que no fuera el tiempo. En la estación de autobuses se apearon seis personas, dos de las cuales eran mujeres a las que él conocía de otros viajes, y los tres acordaron rápidamente compartir el taxi. Como el vehículo no tenía aire acondicionado, el tiempo les dio motivo de conversación para rato, y todos se alegraron de la distracción.

Al llegar a la casa di riposo, cada uno sacó cinco mil liras. El coche no tenía taxímetro; pero todo el que hacía aquel trayecto conocía la tarifa.

Brunetti y las dos mujeres entraron juntos, todavía manifestando la esperanza de que pronto cambiara el viento o que viniera lluvia, comentando que hacía muchos años que no era tan riguroso el verano y preguntando qué pasaría con las cosechas si no llovía pronto.

Él conocía el camino, tenía que subir al tercer piso. Las dos mujeres se quedaron en el segundo, donde estaban los hombres, aunque se fueron en direcciones distintas. En lo alto de la escalera, vio a suor' Immacolata, su monja favorita.

– Buon giorno, dottore -dijo ella con una sonrisa acercándose por el pasillo.

– Buon giorno, hermana -respondió-. La veo muy fresca, como si no sintiera el calor.

Ella sonrió, como siempre que él bromeaba sobre la temperatura.

– Ah, ustedes, los del norte, no saben lo que es el calor. Esto no es nada, apenas un soplo de primavera.

Suor' Immacolata era de un pueblo de las montañas de Sicilia y su comunidad la había destinado aquí hacía dos años. En medio de la angustia, la demencia y el sufrimiento que eran su pan de cada día, lo que peor soportaba ella era el frío, pero sus quejas eran siempre irónicas y displicentes, dando a entender que era absurdo hablar de aquella pequeña mortificación, frente a tanto dolor verdadero. Al verla sonreír, él volvió a reparar en lo bonita que era, con sus ojos castaños almendrados, sus labios suaves y su nariz fina y elegante. Ésta era una de las cosas que Brunetti no comprendía. Él se consideraba un hombre realista y sensual, y en la vocación religiosa sólo podía ver el renunciamiento, no el amor que la inspiraba.

– ¿Cómo está?

– Ha pasado buena semana, dottore.

Brunetti sabía que la semana sólo podía haber sido buena por omisión: su madre no había atacado a nadie, no había roto nada ni se había hecho daño a sí misma.

– ¿Come?

1 ... 25 26 27 28 29 30 31 32 33 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)