Vestido para la muerte
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:
Se abrió la puerta y entró Padovani.
– ¿No quieres un trago?
– No; si acaso, un poco de vino. No me gusta beber con este calor.
– Comprendo. Hacía tres años que no venía a Venecia en verano, y había olvidado lo que es esto. Hay noches, cuando baja la marea y estoy al otro lado del canal, en las que me dan ganas de vomitar, del olor.
– ¿Es que hasta aquí no llega? -preguntó Brunetti.
– No; el canale de la Giudecca debe de ser más hondo, o más rápido, o no sé por qué, lo cierto es que aquí no se nota el olor. Por lo menos, de momento. Como continúen dragando los canales para que puedan pasar los buques cisterna, sabe Dios lo que será de la laguna.
Mientras hablaba, Padovani se acercó a la larga mesa de madera puesta para dos y sirvió dos copas de dolcetto de una botella que ya estaba abierta.
– Hay gente que piensa que una gran inundación o un desastre natural acabará con la ciudad. Yo creo que el fin será mucho más sencillo -dijo Padovani volviendo junto a Brunetti y dándole una de las copas.
– ¿Y cuál será? -preguntó Brunetti saboreando el vino con agrado.
– Yo creo que hemos matado los mares y que es sólo cuestión de tiempo que empiecen a oler mal. Y como la laguna no es más que un colgajo del Adriático que, a su vez, es un colgajo del Mediterráneo que… en fin, ya me entiendes. Creo que el agua, sencillamente, morirá y entonces nos veremos obligados a abandonar la ciudad o a rellenar los canales, y en este caso ya no tendrá ningún sentido seguir viviendo aquí.
Era una teoría nueva y, desde luego, no menos siniestra que muchas de las que había oído y muchas de las que él mismo creía a medias. Todo el mundo hablaba a todas horas de la inminente destrucción de la ciudad y, no obstante, el precio de los apartamentos se duplicaba en poco tiempo y los alquileres seguían subiendo por encima de las posibilidades del ciudadano medio. Los venecianos no habían dejado de comprar y vender casas durante las varias Cruzadas, pestes y ocupaciones de ejércitos enemigos, por lo que se podía apostar a que seguirían comprando y vendiendo durante cualquier hecatombe ecológica que pudiera depararles el futuro.
– Todo está preparado -dijo Padovani, sentándose en una de las mullidas butacas-. No queda más que echar la pasta. ¿Por qué no me das una idea de lo que quieres, para que tenga algo en qué pensar mientras remuevo la olla?
Brunetti se instaló en el sofá, frente a su anfitrión. Tomó otro sorbo de vino y, eligiendo bien las palabras, dijo:
– Tengo razones para creer que Santomauro está involucrado con un travesti que vive y, aparentemente, trabaja en Mestre.
– ¿«Involucrado» cómo? -preguntó Padovani con voz incolora.
– Sexualmente -dijo Brunetti con sencillez-. Pero él asegura ser su abogado.
– Lo uno no excluye necesariamente lo otro.
– No, desde luego. Pero desde que lo encontré en compañía de este joven ha tratado de impedirme que lo investigue.
– ¿Que investigues a quién?
– Al joven.
– Ya -dijo Padovani, tomando un sorbo de vino-. ¿Algo más?
– El otro nombre que te di, Leonardo Mascari, es el del hombre que apareció el lunes en las afueras de Mestre.
– ¿El travesti?
– Eso parece.
– ¿Y qué relación hay?
– El joven, el cliente de Santomauro, negó conocer a Mascari. Pero lo conocía.
– ¿Cómo lo sabes?
– En esto tendrás que fiarte de mi instinto, Damiano. Lo sé. He visto muchas veces esa reacción como para no darme cuenta. Reconoció al hombre de la foto y quiso disimular.
– ¿Cómo se llama el joven? -preguntó Padovani.
– Eso no puedo decirlo.
Se hizo el silencio.
– Guido -dijo Padovani al fin inclinándose hacia adelante-. Conozco a varios de esos chicos de Mestre. Antes conocía a muchos más. Si he de actuar de asesor gay en este asunto -lo dijo sin ironía ni amargura-, tengo que saber el nombre. Puedes estar seguro de que no he de contar a nadie lo que me digas, pero no puedo atar cabos si no sé el nombre. -Brunetti no decía nada-. Guido, has llamado tú, no yo. -Se levantó-. Voy a echar la pasta. ¿Quince minutos?
Mientras esperaba que Padovani volviera de la cocina, Brunetti miraba los libros que llenaban una de las paredes. Sacó uno de arqueología china, se lo llevó al sofá y estuvo hojeándolo hasta que oyó abrirse la puerta y vio a Padovani entrar en la habitación.
– A tavola, tutti a tavola. Mangiamo -gritó el anfitrión. Brunetti dejó el libro y fue hacia la mesa-. Tú ahí, a la izquierda. -Dejó el bol y empezó a amontonar pasta en el plato que Brunetti tenía delante.
Brunetti, con la mirada baja, esperó a que Padovani se sirviera a su vez y empezó a comer. Tomate, cebolla, dados de pancetta y un poco de pepperoncino aderezaban generosamente los penne rigate, su pasta seca preferida.
– Está bueno -dijo Brunetti con sinceridad-. Me gusta el pepperoncino.
– Me alegro; nunca sé si la gente lo encontrará demasiado picante.
– No; está en su punto -dictaminó Brunetti, y siguió comiendo. Cuando Padovani le servía la segunda ración, dijo-: Se llama Francesco Crespo.
– Debí figurármelo -dijo Padovani con un suspiro de cansancio. Luego, con mucho más interés, preguntó-: ¿Seguro que no tiene demasiado pepperoncino?
Brunetti negó con la cabeza, terminó lo que tenía en el plato y luego lo protegió con las manos, al ver que Padovani hacía ademán de agarrar otra vez el cucharón.
– Anda, hombre, que casi no hay nada más -insistió Padovani.
– No, Damiano, en serio.
– Allá tú, pero que Paola no me eche la culpa, si te mueres de hambre mientras está fuera.
Puso los dos platos dentro de la fuente y los llevó a la cocina.
Aún haría otros dos viajes antes de volver a sentarse. En el primero sacó un pequeño asado de pechuga de pavo picada envuelta en pancetta y rodeada de patatas y, en el segundo, un plato de pimientos asados bañados en aceite de oliva y una gran ensalada variada.
– No hay nada más -dijo sentándose, y Brunetti supuso que su amigo pretendía que lo interpretara como una disculpa.
Brunetti se sirvió asado y patatas y empezó a comer.
Padovani llenó las copas y se sirvió pavo a su vez.
– Crespo, si mal no recuerdo, procede de Mantua. Hará unos cuatro años fue a Padua a estudiar farmacia. Pero pronto descubrió que, si seguía sus inclinaciones naturales, la vida podía ser mucho más interesante, y se hizo chapero, y entonces comprendió que era preferible buscarse a un hombre mayor que lo mantuviera. Lo de siempre: apartamento, coche, dinero para ropa y, a cambio, lo único que él tenía que hacer era estar disponible cuando el que pagaba las facturas podía escapar del banco, de la reunión del consejo o de la esposa. Creo que entonces tenía sólo dieciocho años. Y era muy guapo. -Padovani se quedó con el tenedor en el aire-. Me recordaba al Baco de Caravaggio: bello pero avispado y casi perverso.
Padovani ofreció los pimientos a Brunetti y luego se sirvió.
– Lo último que he sabido de él de primera mano es que estaba liado con un contable de Treviso. Pero Franco no era capaz de ser fiel, y el contable lo echó a patadas. Le dio una paliza, según creo, y lo echó. No sé cuándo empezó con lo del travestismo, esto nunca me ha interesado ni lo más mínimo. Y es que no lo entiendo. Si lo que quieres es una mujer, búscate a una mujer.
– Quizá sea la forma de engañarse a uno mismo, de simular que se cree estar con una mujer -apuntó Brunetti, utilizando la teoría de Paola, que ahora le parecía lógica.
– Quizá. Pero es triste, ¿no? -Padovani apartó el plato hacia un lado y se apoyó en el respaldo de la silla-. Quiero decir que continuamente estamos engañándonos a nosotros mismos sobre si amamos a una persona, o por qué la amamos, o por qué mentimos. Pero por lo menos con nosotros mismos tendríamos que ser francos acerca de con quién queremos acostarnos. Es lo menos que se puede pedir. -Se acercó la ensalada, la espolvoreó de sal, la roció generosamente de aceite y le agregó un buen chorro de vinagre. Brunetti le dio su plato y recibió a cambio otro limpio para la ensalada. Padovani le presentó la ensaladera.