Vestido para la muerte
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:
Al llegar a la questura, pidió a Vianello que subiera a su despacho. Como estaba dos pisos más arriba, allí podría captarse más fácilmente cualquier asomo de brisa. Cuando llegaron arriba, Brunetti abrió las ventanas, se quitó la chaqueta y preguntó al sargento:
– Vamos a ver, ¿ha podido averiguar algo sobre la Liga?
– Nadia dice que tendríamos que ponerla en nómina por esto, dottore -dijo Vianello sentándose-. Este fin de semana se ha pasado dos horas al teléfono hablando con sus amigas. Muy interesante, esta Lega della Moralità.
Vianello tenía que contarlo a su manera, Brunetti lo sabía, pero, para suavizar el proceso, dijo:
– Mañana por la mañana me acercaré a Rialto a comprarle unas flores. ¿Cree que será suficiente?
– Ella preferiría tenerme en casa el sábado -dijo Vianello.
– ¿Qué servicio tiene?
– En principio, debo estar en el barco que ha de traer del aeropuerto al ministro del Medio Ambiente. Pero todo el mundo sabe que el ministro no vendrá a Venecia, que anulará el viaje en el último minuto. ¿Imagina que va a venir en pleno agosto, con la ciudad apestando a algas podridas, para hablar de proyectos medioambientales? -Vianello rió burlonamente; su interés por el nuevo partido Verde era otra de las consecuencias de sus recientes experiencias médicas-. Así que me gustaría no tener que perder la mañana en el aeropuerto para que luego resulte que él no viene.
Su razonamiento parecía a Brunetti completamente lógico. El ministro, en palabras de Vianello, no se atrevería a presentarse en Venecia en el mes en que la mitad de las playas de la costa adriática estaban cerradas a los bañistas a causa de la contaminación, una ciudad en la que se acababa de saber que el pescado que constituía la base de la alimentación de su población contenía unos índices peligrosos de mercurio y otros metales pesados.
– Veré lo que puedo hacer -dijo Brunetti.
Satisfecho con la perspectiva de conseguir algo más que unas flores, que sabía que Brunetti no dejaría de comprar, Vianello sacó la libretita y empezó a leer el informe redactado con los datos recogidos por su esposa.
– La Liga se fundó hará unos ocho años, nadie sabe exactamente por quién ni para qué. Puesto que se supone que se dedica a las buenas obras, tales como llevar juguetes a los orfanatos y comidas a domicilio a los ancianos, siempre ha tenido buena reputación. Con los años, el municipio y algunas de las iglesias le han cedido la administración de apartamentos vacantes que alquila a bajo precio o cede gratuitamente a ancianos o disminuidos. -Vianello interrumpió un momento la lectura y explicó-: Como todos sus empleados son voluntarios, se le concedió el título de institución benéfica.
– Lo cual significa -apostilló Brunetti- que no está obligada a pagar impuestos y que el Gobierno la hará objeto de la cortesía habitual de no inspeccionar sus cuentas o, si acaso, sólo someramente.
– Somos dos corazones que laten al unísono, dottore. -Brunetti ya sabía que Vianello había cambiado de filiación política, pero ¿también de retórica?-. Lo más curioso, dottore, es que Nadia no ha podido hablar con alguien que perteneciera a la Liga. Porque resulta que ni siquiera la mujer del banco es miembro. Muchos decían que conocían a alguien que creían que era miembro y luego resultaba que no estaban seguros. Habló con dos de estos presuntos miembros y dijeron que no lo eran.
– ¿Y las obras benéficas? -preguntó Brunetti.
– También muy vagas. Llamó a los hospitales, y ninguno había tenido contacto con la Liga. Yo pregunté en la agencia de asistencia a los ancianos, y nadie había oído decir que la Liga hiciera algo por los viejos.
– ¿Y los orfanatos?
– Nadia habló con la madre superiora de la orden que regenta los tres más importantes. Dijo que había oído hablar de la Liga, pero nunca había recibido ayuda.
– ¿Y la mujer del banco? ¿Por qué pensaba Nadia que era miembro?
– Porque vive en un apartamento administrado por la Liga. Pero ni ha sido miembro ni, según dice, conoce a ninguno. Nadia sigue buscando.
Si Nadia esperaba retribución por todo este tiempo, probablemente Vianello acabaría pidiéndole el resto del mes de permiso.
– ¿Y Santomauro? -preguntó Brunetti.
– Al parecer, todo el mundo sabe que es el jefe, pero no cómo ha llegado a serlo. Y, lo que es aún más interesante, nadie tiene idea de qué significa ser el jefe.
– ¿No celebran reuniones?
– Se dice que sí. En salas parroquiales o en casas particulares. Pero Nadia tampoco pudo encontrar a alguien que hubiera asistido a alguna.
– ¿Ha preguntado a los del departamento de Finanzas?
– No; pensé que lo haría Elettra.
¿Cómo, «Elettra»? ¿Qué era esto, la familiaridad del converso?
– Yo pedí a la signorina Elettra que viera qué información podía encontrar en el ordenador, pero esta mañana aún no la he visto.
– Me parece que está abajo, en el archivo -dijo Vianello.
– ¿Qué hay de la vida profesional de Santomauro?
– Éxitos y sólo éxitos. Representa a dos de las inmobiliarias más importantes de la ciudad, a dos concejales y por lo menos a tres bancos.
– ¿Es uno de ellos la Banca di Verona?
Vianello miró la libreta y volvió una página.
– Sí. ¿Cómo lo ha sabido?
– No lo sabía, pero es donde trabajaba Mascari.
– Dos y dos, cuatro, ¿verdad? -dijo Vianello.
– ¿Relaciones políticas? -preguntó Brunetti.
– ¿Con dos concejales entre sus clientes? -dijo Vianello, respondiendo con otra pregunta.
– ¿Y la esposa?
– Al parecer, nadie sabe mucho de ella, pero todo el mundo está convencido de que es la que manda en la familia.
– ¿Hay más familia?
– Dos hijos. Uno, arquitecto y el otro, médico.
– La familia italiana perfecta -observó Brunetti, y preguntó-: ¿Y de Crespo? ¿Qué se sabe?
– ¿Ha visto su ficha de Mestre?
– Sí. Lo de costumbre. Drogas. Intento de extorsión a un cliente. Nada de violencia. Ninguna sorpresa. ¿Ha descubierto usted algo más?
– No mucho más -respondió Vianello-. Le han atacado dos veces, pero las dos veces dijo que no sabía quién había sido. Rectifico: la segunda vez. -Vianello pasó varias páginas de la libreta-. Aquí está. Dijo que había sido «asaltado por unos ladrones».
– ¿«Asaltado»?
– Es lo que ponía el informe. Lo copié palabra por palabra.
– El signor Crespo debe de leer muchas novelas.
– Demasiadas, diría yo.
– ¿Ha encontrado algo más? ¿A nombre de quién está extendido el contrato del apartamento?
– No, señor. Lo comprobaré.
– Y diga a la signorina Elettra que mire si encuentra algo acerca de las finanzas de la Liga, o de Santomauro, Crespo o Mascari. Declaración de impuestos, extractos bancarios, préstamos. Esta información tiene que estar disponible.
– Ella sabrá cómo conseguirla -dijo Vianello tomando notas-. ¿Desea algo más, comisario?
– Nada más. Tan pronto como sepa algo, comuníquemelo. O si Nadia encuentra a algún miembro.
– Sí, señor -dijo Vianello poniéndose en pie-. Esto es lo mejor que podía ocurrir.
– ¿A qué se refiere?
– Nadia empieza a interesarse por mi trabajo. Ya sabe cómo ha estado durante estos últimos años, siempre gruñendo cuando yo salía tarde o tenía que trabajar el fin de semana. Pero, nada más probarlo, se ha lanzado como un sabueso. Tendría usted que oírla hablar por teléfono, cómo sonsaca a la gente. Lástima que en el Cuerpo no tengamos eventuales.