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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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—No era mi intención proferir quejas, Majestad, imagino que quien dictaminara mi destino tenía razones de peso para confinarme en vuestros dominios. Después de todo, rompí uno de los Orbes de los Dragones y, si no recuerdo mal, alguien comentó en una ocasión que sustraje un objeto que no me pertenecía. No respeté a Flint como merecía, escondí la ropa de Caramon cuando tomaba un baño y tuvo que adentrarse en Solace completamente desnudo… ¡Oh, tan sólo pretendía gastarle una broma! —se justificó—. Además, nunca dejé de ayudar a Fizban a buscar su sombrero, creo que eso redime mi pequeña jugarreta.

No estás muerto —dijo la voz, retomando el hilo de su narración—. No has sido «condenado» a este lugar ni, en realidad, deberías estar aquí.

Al escuchar tan sorprendentes revelaciones, Tasslehoff prendió sus ojos de las pupilas oscuras, insondables, de la Reina.

—¿No he muerto? —repitió, con un acento más chillón de lo acostumbrado, que no reconoció como propio—. Eso explica mi migraña —añadió, al mismo tiempo que se llevaba la mano a la caja de resonancias que era su cabeza—. Desde el primer momento supuse que mi presencia en estos lares era fruto de un malentendido.

A los kenders no les está permitida la entrada en mi parcela —continuó la Reina.

—No me extraña —repuso Tas, entristecido, más dueño de sus sentimientos tras averiguar que seguía vivo—. Hay numerosos lugares en Krynn donde no admiten a los de mi raza.

Cuando entraste en el laboratorio de Fístandantilus —declaró la egregia figura a través de la telepatía, ajena a los incisos del hombrecillo— te envolvió el halo protector de los encantamientos por él formulados. El resto de Istar se zambulló en las profundidades al sobrevenir la hecatombe, pero pude salvar el Templo del Príncipe de los Sacerdotes. La mole regresará al mundo en cuanto esté preparada, y se convertirá en mi residencia pues, también yo, he proyectado volver.

—Sí, para desencadenar una guerra en la que seréis derrotada —apostilló Tas sin previa reflexión—. Puedo aseverarlo —balbuceó, consciente de su imprudencia—, porque yo fui, testigo de vuestra caída.

No hables en pasado —le recomendó la soberana—, esos acontecimientos todavía no han sucedido. Verás, kender, al irrumpir en el hechizo de Par-Salian posibilitaste algo que en principio no podía hacerse: desviar el curso de la Historia. Fistandantilus o Raistlin, como tú lo conoces, así lo sospechó. Por eso determinó enviarte a la muerte, debía desembarazarse de tu perniciosa influencia. No deseaba que se alterase el tiempo, necesitaba el Cataclismo a fin de trasladar a la Hija Venerable de Paladine a una época en la que ella fuera el único clérigo sobreviviente.

El hombrecillo columbró, por primera vez durante su entrevista, un resquicio de burla en los ojos imperturbables de la fémina, y se estremeció sin comprender el motivo.

Pronto lamentarás tu decisión, Fistandantilus, mi ambicioso amigo —prosiguió la Reina—. Pero tu clarividencia será tardía; nada podrás hacer para remediar tu fallo, un fallo que pagarás a un alto precio. Has quedado atrapado en tu propio torbellino y te precipitas al fatal desenlace de tus confabulaciones.

—No te entiendo —confesó el kender.

No es difícil, basta con cavilar —lo amonestó la dama—. Tu venida me ha mostrado el futuro, dándome la opción de cambiarlo. Al intentar destruirte, Fistandantilus se privó de su único instrumento de libertad puesto que, a través de ti, habría manipulado su vida en su propio beneficio. Su cuerpo volverá a perecer, como está escrito en su sino, sólo que ahora le detendré cuando su alma busque una nueva carcasa en la que albergarse. En el futuro, Raistlin, el joven mago, se someterá a la Prueba en la Torre de la Alta Hechicería y morirá. No será un obstáculo a mis planes ni tampoco sus compañeros, que sucumbirán uno tras otro. Para empezar, sin el concurso de vuestro hechicero, Goldmoon no encontrará la Vara de Cristal Azul. Así, el mundo se abocará a la catástrofe.

—¡No! —gritó Tasslehoff, horrorizado—. ¡No puede ser! Yo no quería causar tantas desdichas; al actuar como lo hice abrigaba simplemente el propósito de ayudar a Caramon en su aventura. ¡En solitario no habría salido airoso, me necesitaba!

El kender lanzó una rápida ojeada a la sala, tenía que emprender la fuga. Mas, aunque podía echar a correr en cualquier dirección, no había dónde ocultarse. Deprimido, desesperado, se derrumbó a los pies de la egregia dama.

—¿Qué he hecho? —gimió.

Algo por lo que incluso Paladine se sentirá tentado de darte la espalda, hombrecillo —sentenció la reina.

—Y vos, ¿cómo dispondréis de mí? —inquirió Tas entre sollozos—. ¿No podríais mandarme junto a Caramon, o al menos a mi presente real? —suplicó, alzando hacia ella un rostro anegado en lágrimas.

Tu presente, tu época, no llegará a existir —le atajó la soberana—. En cuanto a enviarte al lado del guerrero, imagino que entiendes mis motivos para negarme. Te quedarás aquí, conmigo; he de asegurarme de que no arruinas mis designios.

—¿Aquí? ¿Durante cuánto tiempo?

Nunca una idea le había parecido a Tasslehoff tan poco halagüeña.

La figura de la mujer empezó a desdibujarse ante sus ojos, inmersa en una aureola de luz, hasta disolverse en la nada.

No mucho, kender, tranquilízate —fueron sus postreras palabras—. Puede ser un soplo o una eternidad.

—¿Qué significa eso? —se encolerizó el hombrecillo—. ¿Qué ha querido decir? —insistió.

No hablaba con la Reina, ya invisible, sino con el clérigo de cabello cano, que había tomado forma en el vacío dejado por Su Oscura Majestad e, impertérrito, esclareció el misterio.

—Aunque no estás muerto, tu existencia se agota a cada minuto que pasa. Tu fuerza vital escapa por todos tus poros, como le ocurre a cualquier criatura que se interna indebidamente en este paraje y no posee la energía imprescindible para combatir la perversidad que lo devora desde sus mismas entrañas. Cuando el Mal te haya aniquilado, los dioses dictarán tu destino. Los conceptos temporales carecen de sentido.

—Me hago cargo —respondió Tas con un nudo en la garganta—. Supongo que me lo merezco. ¡Oh, Tanis, lo lamento! Si soy culpable no es por mi voluntad.

El clérigo asió su brazo y se transformó la escena, al desplazarse el suelo bajo sus pies. Pero Tasslehoff no se percató del prodigio. Enteladas sus pupilas por el llanto, se abandonó al desaliento y deseó que el fin sobreviniera con la mayor prontitud posible.

8

Gnimsh, el gnomo, en el Abismo

—Hemos llegado —anunció el sombrío clérigo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Tas, apático, más por la fuerza de la costumbre que porque en realidad le importara.

Su acompañante reflexionó antes de contestar.

—Supongo que si hubiera calabozos en el Abismo, éste sería uno de ellos —repuso al fin.

El kender escudriñó su entorno y, como siempre, se enfrentó a una vasta extensión de yermo, fantasmal desierto. No había muros, celdas, ventanas con barrotes, puertas, cerrojos, ni aun un fornido celador. Esta ausencia de impedimentos tangibles avivó su certeza de que, esta vez, no tenía escapatoria.

—¿He de permanecer de pie hasta que desfallezca? —inquirió entre dientes—. Por lo menos podrías facilitarme un lecho, un taburete donde acomodarme. ¡Oh!

Provocó su grito la aparición repentina, mientras profería sus quejas, de una cama y una banqueta de tres patas. Pero incluso objetos tan familiares se le antojaron espeluznantes; erguidos en el seno de la nada, obligaron al kender a apartar la vista.

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