La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– ¿Qué sucedió?
– Lo que sucede siempre, más pronto o más tarde, con los sopranos infantiles. Intervino la naturaleza -dijo Gabriel-. En el peor momento imaginable de la vida del chico. Habría podido suceder durante un ensayo, habría podido sucederle cuando estaba solo en casa. Pero sucedió allí, y el bendito niño…
Gabriel miró a Erlendur.
– Yo estaba con él entre bambalinas. El coro infantil lo acompañaría en unas piezas y había en la sala muchos muchachos de Hafnarfjórdur, algunos de los mejores músicos de Reikiavik e incluso críticos musicales de los periódicos. El concierto había despertado mucha expectación y, naturalmente, su padre estaba sentado en primera fila. El chico vino a verme mucho después, cuando ya se había marchado de casa, y me contó cómo vivió aquella nefasta velada, y desde entonces he pensado muchas veces en cómo un solo incidente puede dejar en la gente una huella que dura toda su vida.
Todas las plazas del Cine Municipal de Hafnarfjordur estaban ocupadas y sonaba un fuerte murmullo. Con anterioridad, había estado dos veces en aquel magnífico edificio para ver películas, y todo le entusiasmaba: la hermosa iluminación del vestíbulo y el escenario elevado sobre el que se representaban las obras de teatro. Su madre lo había llevado a ver una película antigua, Lo que el viento se llevó, y había visto con su padre y su hermana la última película de dibujos de Walt Disney.
Pero esta vez la gente no había venido a admirar a los héroes de la pantalla, sino para escucharle a él. Para escucharle cantar con esa voz que ya había grabado en dos discos de 45 revoluciones. No sentía miedo, sino incertidumbre. Ya había cantado antes en público, en la iglesia de Hafnarfjordur y en el colegio, y había actuado ante un público numeroso. Bastantes veces se sintió nervioso y pasó auténtico miedo. Luego empezó a comprender que lo que hacía era valioso y deseable a los ojos de los demás, y aquello le ayudó a superar los nervios. Esa era la razón por la que había acudido allí toda aquella gente para oírle cantar, y no había ningún motivo para estar nervioso. La razón era su voz, y su canto. Nada más. Él era la estrella.
Su padre le había mostrado el anuncio en el periódico: «Esta tarde canta el mejor soprano infantil de Islandia». No había nadie mejor que él. Su padre no podía ocultar su alegría y estaba mucho más nervioso que él ante aquella velada. Llevaba días sin hablar de otra cosa. Ojalá su madre estuviera viva y pudiera verle cantar en el Cine Municipal -decía. ¡Se habría alegrado tanto! Se habría alegrado inmensamente.
Su forma de cantar había encantado a la gente de otro país y querían que fuera también allí. Querían que grabara un disco. Lo sabía, decía su padre una vez tras otra. Había trabajado muy duro en la preparación del viaje. El concierto en el Cine Municipal era la culminación de aquel trabajo.
El regidor le enseñó cómo podía mirar a escondidas lo que pasaba en el patio de butacas y ver a la gente. Escuchó el rumor del público y vio a muchas personas que no conocía de nada, y a las que nunca conocería. Vio a la esposa del director del coro con sus tres hijos, sentados en un extremo de la tercera fila. Vio a algunos compañeros de colegio con sus padres, incluso a algunos de los que se burlaban de él, y vio a su padre sentado en el centro de la primera fila, y a su hermana mayor a su lado, mirando embobada. Los parientes de su madre estaban también allí, unas tías a las que apenas conocía, unos señores con los sombreros en la mano, esperando a que se alzara el telón.
Deseaba que su padre se sintiera orgulloso de él. Sabía que se había sacrificado para conseguir que sacara el máximo provecho de su arte vocal, y ahora se pondrían de manifiesto los resultados de sus esfuerzos. Los ensayos habían sido agotadores. Y nada de refunfuñar. Una vez lo había intentado y su padre se puso furioso.
Tenía plena confianza en su padre. Así había sido siempre. Incluso cuando se veía obligado a cantar en público en contra de su voluntad. Su padre le había empujado y animado y había acabado imponiendo su voluntad. La primera vez que cantó ante desconocidos fue una auténtica tortura; el miedo en el momento de subir al escenario, la timidez ante todas aquellas personas. Su padre se mostraba firme, ni siquiera vaciló cuando se burlaban del niño por el canto. Cuantas más veces cantaba en público en el colegio y en la iglesia más se metían con él los chicos y algunas de las chicas también, le ponían motes, hasta imitaban su forma de cantar, y él no podía entender por qué.
No quería hacer enfadar a su padre. No había conseguido recuperarse plenamente de la muerte de su madre. Tuvo una leucemia que la llevó a la muerte en pocos meses. Su padre estuvo día y noche junto a su cama, la había acompañado al hospital y dormía allí mientras a ella se le iba escapando la vida. Lo último que dijo antes de salir de casa aquella tarde fue: «Piensa en mamá. En lo orgullosa que estaría de ti».
El coro ya había ocupado su posición en el escenario. Todas las chicas llevaban unos vestidos idénticos, pagados por el Ayuntamiento de Hafnarfjordur. Los chicos, camisa blanca y pantalones negros, igual que él. Susurraban, impresionados por la expectación generada por el coro, y dispuestos a dar lo mejor de sí mismos. Gabriel, el director, estaba hablando con el regidor. El presentador apagó su cigarrillo en el suelo. Todo estaba apunto. En un momento se alzaría el telón.
Gabriel lo llamó.
– ¿Todo bien?-preguntó.
– Si. Hay mucha gente.
– Sí. Todos han venido a verte a ti. No lo olvides. La gente ha venido única y exclusivamente para verte a ti y para oírte cantar, y tienes que sentirte orgulloso y contento, y no ponerte nervioso. Tal vez sientas como unos gusanillos por dentro, pero se irán en cuanto empieces a cantar. Ya lo sabes.
– Sí.
– ¿Empezamos?
Asintió con la cabeza.
Gabriel lo tomó por los hombros.
– Te resultará muy difícil mirar a toda esa gente ahí sentada, pero limítate a cantar y todo irá bien.
– Sí.
– El presentador entrará después de la primera canción. Lo hemos ensayado mucho. Tú empiezas a cantar y ya verás como todo saldrá bien.
Gabriel le hizo una señal al regidor. Hizo otra señal con la mano al coro, que se calló al instante, todos a la vez, y se colocaron bien. Todo estaba listo. Todos estaban listos.
Las luces de la sala bajaron de intensidad. El murmullo cesó. Se alzó el telón.
Piensa en mamá.
Lo último que pasó por su mente antes de que se levantara el telón fue la imagen de su madre en su lecho de muerte, la última vez que la vio, y por un instante perdió la concentración. Estaba con su padre, los dos sentados, uno a cada lado de la cama, y ella se encontraba tan débil que apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Los cerró otra vez y pareció que se había quedado dormida, pero entonces se abrieron lentamente, le miró e intentó sonreír. No pudieron volver a charlar. Cuando llegó el momento de despedirse, se pusieron en pie y él siempre lamentó no haberle dado un beso, porque aquella fue la última vez que estuvieron juntos. Se limitó a levantarse y a salir de la habitación con su padre, y la puerta se cerró a su espalda.