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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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— ¡Oh, mira, mira Koshmar! — exclamó Torlyri.

Señalaba el castillo de los insectos. La criatura alambre se había liberado por completo de la capa de tierra que la cubría. Era inmensamente larga, más o menos con la longitud de tres o cuatro hombres. Arqueándose hacia arriba y dejándose caer, azotaba las elaboradas torres y paredes de la estructura. Su rostro sin ojos ni rasgos terminaba en unas fauces abiertas. Cuando dejó el castillo al descubierto, comenzó a devorar a los pequeños insectos rojos y los escombros de tierra derruidos en una sucesión de mordiscos voraces que no tardaron en acabar por completo con los artífices de la construcción.

Koshmar se estremeció.

— Sí: peligros por todas partes. Te dije que quería.

— ¡Pero sí no te ha hecho daño!

— ¿Y a los insectos cuyo castillo está destruyendo?

Torlyri sonrió.

— No les debes ningún favor, Koshmar. Todas las tienen que comer, aun estos seres desagradables con forma de alambre. Ven, déjalo terminar su desayuno en paz.

— A veces pienso que eres menos tierna de lo que pareces Torlyri.

— Todas las criaturas tienen que comer… — concluyó.

Dejó a Torlyri para que finalizara el rito que había interrumpido y regresó al campamento de la tribu. Ya había asado la hora del amanecer, y la gente iba y venía por doquier.

Se detuvo sobre un montículo y dirigió la mirada al oeste. Era bueno sentir sobre la espalda y los hombros el calor del sol matinal.

La tierra que yacía por delante se aplanaba para formar un amplio valle sin montañas, sin árboles y casi sin rasgos de ninguna clase. Era una tierra muy seca y arenosa, sin lagos, sin ríos. Sólo la humedecería el más débil de los arroyos. Aquí y allá, se veía la cúpula redondeada de algunas colinas. Parecía como si alguna fuerza gigantesca las hubiera aplastado y erosionado. Muy probablemente así había sucedido. Koshmar trató de imaginar las enormes capas de hielo depositadas sobre la tierra. Hielo tan pesado que fluía como un río… Hielo que cortaba las montañas, que las reducía a escombros, que las arrasaba durante los cientos de miles de años del largo Invierno. Eso es lo que Thaggoran había dicho que el mundo había sufrido mientras la tribu anidaba en el capullo.

Koshmar deseaba que Thaggoran estuviese allí, con ella, en ese momento. Ninguna otra pérdida podía haber sido más dolorosa. No había advertido hasta qué punto se apoyaba sobre él hasta que se enfrentó con su muerte. Había sido la mente y el alma de la tribu. Y los ojos de la tribu. Sin él eran un Pueblo ciego, avanzando a tientas de un lado a otro, sin saber nada de los misterios que los rodeaban por doquier.

Apartó aquel pensamiento. Thaggoran había sido importante, pero no indispensable. Nadie lo era. No permitiría que su muerte le doblegara el espíritu. Con o sin Thaggoran, seguirían adelante, y sí era necesario abrirían una senda por el vientre redondo de la tierra, ya que su destino era proseguir hasta lograr lo que estaba escrito que debían conseguir. Sabía que su tribu era un pueblo especial. Y ella era una cabecilla especial. De eso también estaba segura. Nada la disuadiría.

A veces, durante esos días de marcha, cuando se sentía aun insegura, y cuando la fatiga, el resplandor del sol y el viento seco y frío transmitían dudas y flaquezas a su alma, llamaba mentalmente a Thaggoran y se valía de él para reafirmar su resolución.

— ¿Qué dices, anciano? — preguntaba —. ¿Debemos regresar? ¿Encontraremos en algún lugar una montaña segura y podremos construir un nuevo capullo para nuestro pueblo?

Y él sonreía. Se inclinaba hacia ella, buscando su mirada con aquellos ojos ancianos y enrojecidos, y contestaba.

— No digas tonterías, mujer.

— ¿Son tonterías?

— Naciste para hacernos partir del capullo. Es lo que los dioses esperan de ti.

— Los dioses… ¿Quién puede entender a los dioses?

— Así es — decía el viejo Thaggoran — No nos corresponde a nosotros interpretar a los dioses. Sólo estamos aquí para hacer lo que ellos nos señalan, Koshmar.

¿Eh? ¿Qué dices a esto?

— Seguiremos adelante, anciano. Nunca podrás conde que regresemos — replicaba ella.

— Lejos de mí tal intención — respondía, antes de desaparecer de su vista en una niebla transparente.

Ahora, de cara al oeste, Koshmar trataba de leer las profecías inscritas sobre el duro cielo azul. Al norte se extendía una línea de suaves nubes blancas, Muy altas, muy distantes. Bien. Las nubes grises, bajas y pesadas eran nubes de nieve. No veía ninguna de ellas en este momento. Las que contemplaba no entrañaban peligro alguno. Al sur se alzaba una línea de polvo que se agitaba sobre el horizonte. Eso podía significar cualquier cosa. Tal vez fueran altos vientos acuchillando el suelo seco. O una manada de bestias inmensas avanzando en tropel hacia ellos. O un ejército enemigo. Cualquier cosa. Cualquier cosa.

— ¿Koshmar?

Se dio la vuelta. Harruel se le había acercado sin que ella lo notara. Se había detenido de pie a su lado. Su figura gigantesca, poderosa, de hombros anchos y talle macizo, proyectaba una enorme sombra que se alargaba hacia un lado como un manto negro tendido sobre la tierra. Tenía el pelaje de un tinte rojizo y oscuro, y le crecía en las mejillas y el mentón formando una barba salvaje que ocultaba sus rasgos, dejando sólo a la vista unos ojos azules y fríos.

Koshmar se sintió irritada ante esta forma de aparecer en silencio, ante su cercanía casi irreverente.

— ¿Qué sucede, Harruel? — preguntó fríamente.

— ¿Cuándo levantaremos el campamento, Koshmar?

Se encogió de hombros.

— No lo sé. Aún no lo he decidido. ¿Por qué me lo preguntas?

— Quieren saberlo. No les agrada este sitio. Les resulta muy seco, inhóspito. Quieren seguir adelante.

— Si tienen alguna pregunta, que me la hagan a mí, Harruel.

— No te encontraban por ninguna parte. Supusimos que habías salido por ahí con Torlyri. Me lo preguntaron, pero no supe qué responderles.

Le miró con fijeza. En su voz había un tono que nunca antes había percibido. Con aquel mero sonido parecía estar insinuando ciertas críticas hacia ella: era un tono áspero, recriminatorio. Casi había algo de desafío en él.

— ¿Tienes algún problema, Harruel?

— Problema? ¿Qué clase de problema? Ya te lo he dicho: quieren saber cuándo nos marcharemos de aquí.

— Debían habérmelo preguntado a mí.

— Ya te lo he explicado, no te encontraban por ninguna parte.

— Lo mejor habría sido — prosiguió, ignorando la respuesta de Harruel — que no se lo hubiesen preguntado a nadie, y que aguardaran a que yo se lo explicara.

— Pero me lo preguntaron a mí. Y yo no supe qué decirles.

— En efecto — replicó Koshmar —. No había nada que explicar. Todo lo que tenías que haber respondido es. «Nos aquí hasta que Koshmar ordene que nos marchemos.» Tales decisiones me corresponden a mí. ¿O acaso preferirías tomarlas en mí lugar, Harruel?

La miró azorado.

— ¿Cómo podría hacer semejante cosa? ¡Tú eres la cabecilla Koshmar!

— Sí. Será mejor que no lo olvides.

— No comprendo qué estás tratando de…

— Déjame — le ordenó — ¿Quieres? Vete, vete, Haruel.

Por un instante advirtió en su mirada un sentimiento de furia, con una nota de confusión y tal vez otra de miedo. Koshmar no estaba segura con respecto al temor. Siempre había creído que podía leer la mente de con facilidad, pero no en este momento. Él permaneció un instante contemplándola con el ceño fruncido, abriendo y cerrando los labios como si considerara y rechazara diversas respuestas airadas. Al fin, con un malhumorado gesto de respeto, giró sobre sus talones con grandilocuencia y se alejó. Ella permaneció observándolo, agitando la cabeza, hasta que llegó al campamento.

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