El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Bruguera
- ISBN: 978-84-02-04917-9
- Переводчик: Beatriz Podest
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]». Краткое содержание книги:
El hombre en el laberinto es, indiscutiblemente, la novela más inquietante y hermosa de Silvegberg, acaparador de premios Hugo y Nebula y uno de los escritores más audaces y polémicos de los últimos años.
— No entiendo — dijo Rawlings —. Teníamos la impresión de que estaba preso aquí. Queríamos ofrecerle nuestra ayuda.
«Con qué facilidad estoy haciendo esto», se dijo.
Muller frunció el ceño.
— ¿No sabes por qué estoy aquí?
— No.
— Supongo que no lo sabes. Eras demasiado joven. Pero los otros, cuando vieron mi cara, los otros lo saben. ¿Por qué no te lo dijeron? Vuestro robot transmitió mi cara, ¿no? Sabían quién estaba aquí ¿Y no te dijeron nada?
— Realmente, no comprendo…
— ¡Ven aquí! — vociferó Muller.
Rawlings sintió que se deslizaba hacia adelante; aunque no tuvo conciencia de haber dado pasos definidos. Bruscamente se encontró cara a cara con Muller; tenía conciencia del enorme cuerpo, de su frente cubierta de arrugas, de sus ojos airados que le miraban con fijeza. La inmensa mano de Muller cogió de un zarpazo la muñeca de Rawlings y éste se balanceó atontado por el impacto, traspasado por una desesperación tan inmensa que parecía abarcar universos enteros. Trató de no tambalearse.
— ¡Y ahora, aléjate de mi! — gritó ásperamente Muller —. ¡Vamos! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! — Rawlings no se movió.
Muller aulló una blasfemia y corrió pesadamente hacia un edificio bajo, de paredes de cristal, cuyas ventanas opacas eran como ojos ciegos. La puerta se cerró, sellándose sin dejar abertura perceptible. Rawlings tomó aliento y lucho por mantener el equilibrio. Su frente latía como si algo que estaba detrás de ella luchara por libertarse.
— Quédate donde estás — dijo Boardman — Deja que se le pase el berrinche. Todo va bien.
3
Muller se puso en cuclillas detrás de la puerta. El sudor corría por sus flancos. Tuvo un escalofrío. Se abrazó con tanta fuerza que sus costillas se quejaron.
No había querido tratar al intruso de ese modo.
Una breve conversación; una petición muy clara de que respetaran su soledad y, si el hombre no se marchaba, el globo destructor. Así lo había planeado Muller. Pero había discutido. Había hablado demasiado, había averiguado demasiado. ¿El hijo de Stephen Rawlings? ¿Un grupo de arqueólogos? Aparentemente, el muchacho no se había visto afectado por la radiación, salvo a muy poca distancia. ¿Estaría perdiendo su poder, con el paso de los años?
Muller luchó por recuperar el dominio de sí mismo y por allanar su hostilidad. ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Por qué se aferraba a su soledad? No tenía nada que temer de los terráqueos; ellos y no él sufrirían por el contacto mutuo. Era comprensible que evitaran su presencia. Pero no existían razones para que él se comportara así, excepto alguna desconfianza que le paralizaba, la inflexibilidad incrustada por nueve años de aislamiento. ¿Había negado a eso, a amar la soledad por la soledad misma? ¿Era un ermitaño? Al principio había pretendido enclaustrarse allí por consideración a sus congéneres, porque no estaba dispuesto a infligir su dolorosa fealdad a los demás. Pero el chico había intentado ser amable y amistoso. ¿Por qué huir? ¿Por qué reaccionar tan groseramente?
Lentamente, Muller se puso de pie y abrió la puerta. La noche había caído con la rapidez del invierno; el cielo estaba negro y las lunas lo cruzaban velozmente. El chico seguía en la plaza; parecía un poco aturdido. La mayor de las lunas, Clotho, le bañaba con su luz dorada, de modo que sus cabellos rizados parecían despedir chispas. Su cara estaba muy pálida y los pómulos muy marcados. Sus ojos azules brillaban a causa de la conmoción, como si le hubiera abofeteado.
Muller avanzó, no muy seguro de su táctica se sentía como una gran máquina oxidada, que debía ponerse en marcha después de años de inactividad.
— ¿Ned? — dijo —. Ned, quiero pedirte disculpas. Tienes que comprender que no estoy acostumbrado a la gente. No estoy acostumbrado a… la… gente.
— No se preocupe, señor Muller. Me doy cuenta de que lo ha pasado muy mal.
— Dick. Llámame Dick. — Muller extendió las dos manos abiertas, como al quisiera atrapar los rayos de las lunas. Sentía mucho frío. En el muro que cerraba la plaza había pequeñas formas animales que saltaban y danzaban. Muller continuó —: He llegado a amar mi soledad. Uno puede encariñarse hasta con el cáncer, si adopta la actitud mental correcta. Mira, hay algo que debes entender. Vine aquí deliberadamente. No fue un naufragio. Elegí el lugar del universo donde era menos probable que me molestaran, y me oculté en él. Pero, por supuesto, tú tenías que venir con tus astutos robots y encontrar el camino de entrada.
— Si no quiere que esté aquí, me marcharé — dijo Rawlings.
— Quizá eso sea lo mejor para los dos. No. Aguarda. ¿Es muy malo estar tan cerca de mí?
— Bueno…, no es muy cómodo — dijo Rawlings —. Pero no es tan malo como…, como…, bueno, no sé. A esta distancia me siento solamente un poco deprimido.
— ¿Sabes la razón? — preguntó Muller —. Por la forma en que me hablas, creo que sí, Ned: Estás fingiendo que no sabes qué me sucedió en Beta Hydri IV.
Rawlings se sonrojó.
— Bueno, supongo que recuerdo algo. ¿Actuaron sobre su mente?
— Sí, fue eso. Lo que estás sintiendo, Ned, soy yo, mi maldita alma que se sale al aire. Estás recibiendo el flujo de corriente neural que brota de mi cerebro. ¿No es maravilloso? Trata de acercarte un poco… así. — Rawlings se detuvo —. ¿Ves? Ahora es más fuerte. Estás recibiendo una dosis más potente. Ahora recuerda cómo era cuando estabas parado allá. No era muy agradable, ¿verdad? A diez metros de distancia puedes tolerarlo. A un metro es intolerable. ¿Puedes imaginar la posibilidad de tomar en tus brazos a una mujer, cuando emites un hedor mental como éste? No se puede hacer el amor a diez metros de distancia. Yo no puedo. Sentémonos, Ned. Aquí estamos seguros. Tengo detectores conectados, por si alguno de los animales peligrosos llega hasta aquí y en esta zona no hay trampas. Siéntate.
Muller se instaló en el suave piso lechoso de piedra blanca, el extraño mármol que daba un aspecto tan bruñido a la plaza. Después de pensarlo un momento, Rawlings se colocó ágilmente en la posición del loto, a doce metros de distancia.
— ¿Cuántos años tienes, Ned? — Inquirió Muller.
— Veintitrés.
— ¿Casado?
Una sonrisa tímida.
— Todavía no.
— ¿Tienes una chica?
— Había una chica; teníamos un contrato de vinculación, pero lo anulamos cuando acepté este trabajo.
— Ah, ¿Hay mujeres en esta expedición?
— Solo cubos femeninos — dijo Rawlings.
— No son muy buenos, ¿verdad, Ned?
— No mucho. Podríamos haber traído algunas mujeres, pero…
— Pero ¿qué?
— Demasiado peligroso. El laberinto…
— ¿Cuántos hombres habéis perdido hasta ahora? — preguntó Muller.
— Cinco, creo. Me gustaría conocer la clase de gente que puede construir un lugar como éste. Les debe de haber llevado como cinco siglos planear una cosa tan diabólica.
— Más — dijo Muller —. Creo que éste fue el gran triunfo creador de su raza. Su obra maestra, su monumento. Debían sentirse orgullosos de este lugar asesino, la esencia de su filosofía: matar a los extranjeros.
— ¿Está haciendo suposiciones o ha encontrado algunas claves de su cultura?
— La única clave de su cultura que tengo está a nuestro alrededor. Pero yo soy un experto en psicología extraterrestre, Ned. Sé más de eso que cualquier otro ser humano, porque soy el único que alguna vez saludó a una raza diferente. Matar al extranjero: ésa es la ley del universo. Y al que no matas, tortúralo un poco.
— Nosotros no somos así — dijo Rawlings —. Nosotros no somos instintivamente hostiles a…