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El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]

Электронная книга - «El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]». Краткое содержание книги:

Una raza de arañas de extraordinaria inteligencia, de arañas pensantes, lo había transformado en un nuevo Minotauro. El representaba la única —y la última— esperanza del género humano, y era indispensable encontrarlo. Pero un objetivo semejante suponía internarse en un superlaberinto y realizar un trayecto cuyos riesgos y secretos excedían toda imaginación.
El hombre en el laberinto es, indiscutiblemente, la novela más inquietante y hermosa de Silvegberg, acaparador de premios Hugo y Nebula y uno de los escritores más audaces y polémicos de los últimos años.
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Súbitamente, problemas de moralidad y problemas de puro y simple valor comenzaron a inquietarle.

Nunca había hecho nada importante, todavía. Había estudiado, había efectuado tareas de rutina en la oficina de Boardman, alguna vez había manejado algún problema delicado. Pero siempre pensó que su verdadera carrera no había comenzado aún, que todo eso eran los preliminares. Esa sensación de un futuro comienzo le acompañaba todavía, pero era hora de admitir que ya estaba en el punto de partida. Esto no era un entrenamiento. Allí estaba, alto y rubio y joven y testarudo y ambicioso, al borde de una acción que (Charles Boardman no había sido totalmente hipócrita cuando se refirió al tema) podía influir en el futuro curso de la historia.

Ping.

Miró a su alrededor. Los sensores habían hablado. De las sombras emergió la figura de un hombre. Muller.

Se miraron, a través de veinte metros de distancia. Rawlings recordaba a Muller como un gigante y se sorprendió al descubrir que los dos medían más o menos lo mismo, un poco más de dos metros. Muller vestía un mono oscuro y brillante, y bajo aquella luz y a aquella hora, su cara era un estudio de prominencias y planos en conflicto, de picos y valles.

En la mano de Muller estaba el aparato, parecido a una manzana, conque había destruido la sonda.

La voz de Boardman zumbó en el oído de Rawlings:

— Acércate. Sonríe. Tienes que parecer tímido e inseguro y muy preocupado. Y mantén siempre las manos donde él pueda verlas.

Rawlings obedeció. Se preguntó cuando empezaría a sentir los efectos de estar cerca de Muller. Le resultaba difícil quitar los ojos del globo brillante que descansaba, como una granada, en la mano de Muller. Cuando estuvo a diez metros de distancia empezó a recibir la emanación. Sí. Sin duda era eso. Decidió que, si no se acercaba más, podría tolerarla.

Muller dijo:

¿- ¿Qué quiere…?

Sus palabras salieron roncas y chillonas. Muller se detuvo, con las mejillas rojas, y pareció tratar de ajustar los engranajes de su laringe. Rawlings se mordió el labio y sintió que uno de sus párpados se contraía. En el audio se sentía la pesada respiración de Boardman.

Muller inquirió nuevamente:

— ¿Qué pretende usted de mí? — Esta vez con su verdadera voz, profunda y vibrante de furor apenas disimulado.

— Hablar. De veras. No quiero causarle ninguna molestia, señor Muller.

— ¿Me conoce?

— Claro que sí. Todos conocen a Richard Muller. Quiero decir que usted era el héroe de la galaxia cuando yo iba a la escuela. Escribí acerca de usted. Ensayos. Nosotros…

— ¡Váyase de aquí! — aquella vez la voz era chillona.

— …Y soy hijo de Stephen Rawlings. Yo le conocía a usted señor Muller.

La oscura manzana se estaba levantando. La pequeña abertura cuadrada estaba frente a él. Rawlings recordó la forma súbita en que se había detenido la transmisión de la sonda.

— ¿Stephen Rawlings? — La manzana descendió.

— Mi padre. — La pierna izquierda de Rawlings parecía estar licuándose. El sudor volatilizado flotaba sobre sus hombros formando una nube. El chorro que brotaba de Muller le llegaba con más fuerza, como si hubiese necesitado unos minutos para sintonizar su longitud de onda. Ahora, Rawlings sentía el torrente de angustia, la tristeza, la atracción de un abismo que se abría junto él. — Yo le conocí, hace mucho tiempo — dijo Rawlings. —. Usted volvía de…, Eridiani 82, creo; estaba tostado y quemado por el viento. Yo tenía unos ocho años y usted me cogió y me tiró hacia arriba, pero no estaba habituado a la gravedad terrestre y me tiró demasiado fuerte y yo me di contra el cielo raso y empecé a llorar y usted me dio algo para que me callara, una cuenta que cambiaba de color…

Las manos de Muller colgaban a los costados. La manzana había desaparecido en sus vestiduras.

Dijo, secamente:

— ¿Cómo te llamabas?, Ted, Ed. Eso. Sí. Ed. Edward Rawlings.

— Un tiempo después empezaron a llamarme Ned. De modo que ¿me recuerda?

— Un poco. Recuerdo mucho mejor a tu padre. — Muller dio la vuelta y tosió. Su mano se deslizó en un bolsillo, levantó la cabeza y el sol que se ponía iluminó extrañamente su cara, tiñéndola de color naranja profundo. Hizo un gesto rápido con un dedo —. Vete, Ned. Di a tus amigos que no quiero que me molesten. Estoy muy enfermo y quiero estar solo.

— ¿Enfermo?

— Enfermo de una misteriosa descomposición del alma. Mira, Ned: eres un muchacho guapo, estupendo y yo quiero mucho a tu padre, si lo que me has dicho es verdad, pero no quiero que andes cerca de mi. Te arrepentirías. No es una amenaza; estoy exponiendo un hecho. Vete. Vete lejos de aquí.

— Quédate donde estás — dijo Boardman —. Acércate. Bien cerca. Donde duela.

Rawlings dio un paso cauteloso, Pensando en el globo que había en el bolsillo de Muller y viendo en sus ojos que el hombre no era necesariamente racional. Disminuyó en un diez por ciento la distancia que había entre ellos. El impacto de la emanación pareció duplicarse.

— Por favor, señor Muller — dijo —, no me eche. Sólo quiero ser amable. M padre no me hubiese perdonado si hubiera sabido que le encontré aquí, en este estado, y no intenté ayudarle.

— ¿Hubiese perdonado? ¿Si hubiera sabido? ¿Qué le pasó a tu padre?

— Murió.

— ¿Cuándo? ¿Dónde?

— Hace cuatro años, en Rigel I. Estaba colaborando en la instalación de una red cerrada de rayos radiogoniométricos que comunicaría a todos los mundos de Rigel. Hubo un accidente con un amplificador. El foco se invirtió y él recibió toda la descarga.

— ¡Dios mío! ¡Todavía era joven!

— Le faltaba un mes para cumplir los cincuenta. Íbamos a ir a visitarlo y a organizar una fiesta sorpresa. En cambio fui yo solo, para recoger su cuerpo.

La expresión de la cara de Muller se dulcificó. De pronto desapareció de sus ojos. Sus labios se volvieron más móviles. Era como si el dolor de otra persona hiciera que olvidase momentáneamente el suyo.

— Acércate a él — ordenó Boardman.

Otro paso. Y luego, como Muller no parecía haberse dado cuenta, otro más. Rawlings sintió calor: no un calor físico sino psíquico, como un horno que despidiese emociones. Tembló, despavorido. En realidad, nunca había creído verdaderamente que la historia de lo que había sufrido a Muller con los hidranos fuera cierta. Estaba demasiado limitado por el pragmatismo que había heredado de su padre. Si no se puede reproducir en el laboratorio, no es real. Si no se puede hacer un gráfico, no es real. Si no hay circuitos, no es real. ¿Cómo es posible que un ser humano sea modificado para que transmita sus propias emociones? No hay circuitos capaces de cumplir esa función. Pero Rawlings estaba experimentando los efectos de esa transmisión.

— ¿Que estás haciendo en Lemnos, muchacho? — preguntó Muller.

— Soy arqueólogo — dijo torpemente la mentira —. Esta es mi primera expedición de campo. Estamos tratando de hacer un examen a fondo del laberinto.

— Pero sucede que el laberinto es la casa de alguien. Estáis entrometiéndoos.

Rawlings vaciló.

— Dile que no sabíamos que estaba aquí — apuntó Boardman.

— No sabíamos que había alguien aquí — dijo Rawlings —. No podíamos suponer que…

— Pero enviasteis vuestros malditos robots, ¿no? Cuando supisteis que había alguien aquí, alguien que no tenía malditas las ganas de ver a nadie…

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