El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Bruguera
- ISBN: 978-84-02-04917-9
- Переводчик: Beatriz Podest
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El hombre en el laberinto [The Man in the Maze - es]». Краткое содержание книги:
El hombre en el laberinto es, indiscutiblemente, la novela más inquietante y hermosa de Silvegberg, acaparador de premios Hugo y Nebula y uno de los escritores más audaces y polémicos de los últimos años.
Rawlings tampoco se sentía muy bien. Había venenos metabólicos hirviendo en los tubos y canales de su cuerpo. Estaba tan empapado por el sudor que sus ropas trabajaban horas extra para extraerlo, destilando la humedad y volatilizando el substrato de componentes químicos. Era demasiado pronto para alegrarse. Brewster había muerto allí, en la zona F, pensando que sus problemas habían terminado después de sortear los peligros de G. Bueno; habían terminado.
— ¿Descansando? — preguntó Boardman. Su voz parecía débil y fuera de tono.
— ¿Por qué no? He trabajado muy duro, Charles. — Rawlings sonrió de manera poco convincente —. Usted también. El ordenador dice que podemos quedamos aquí un rato. Le haré sitio.
Boardman se puso a su lado y se agachó. Rawlings tuvo que sostenerle mientras se balanceaba antes de arrodillarse.
— Muller entró solo por aquí y lo consiguió — dijo Rawlings.
— Muller siempre fue un hombre extraño.
— ¿Cómo cree que lo habrá hecho?
— ¿Por qué no se lo preguntas a él?
— Pienso hacerlo — dijo Rawlings —. Quizá mañana esta hora, estaré hablando con él.
— Ahora tendríamos que seguir andando.
— Como quiera.
— Pronto vendrán a recibimos. Ya deben de tener imágenes nuestras. Debemos de estar apareciendo en sus detectores de masa. Arriba, Ned. Arriba.
Se pusieron de pie. Una vez más, Rawlings tomó la delantera.
En la zona F las cosas eran menos desordenadas, pero también menos atractivas. El tono que prevalecía en la arquitectura era regular, con una línea confusa que generaba una tensión, como un grupo de objetos mal ordenados. Aunque sabía que allí había menos trampas, Rawlings seguía teniendo la sensación de que la tierra podía abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Allí el aire era más fresco; tenía el mismo gusto cortante que el aire de la llanura abierta. En cada una de las esquinas se levantaban enormes tubos de cemento en los que crecían plantas plumosas y dentadas.
— ¿Qué parte le ha parecido la peor, hasta ahora? — preguntó Rawlings.
— La pantalla de distorsión — respondió Boardman.
— Eso no fue tan malo, a menos que uno se sienta raro andando por un lugar peligroso con los ojos cerrados. ¿Sabe? Uno de esos tigres pequeñitos podría haber saltado sobre nosotros y no nos hubiésemos enterado hasta sentir sus dientes.
— Yo miré un poco — dijo Boardman.
— ¿En la zona distorsionada?
— Sólo un momento. No pude resistirlo, Ned. No trataré de describir lo que vi, pero fue una de las experiencias más extrañas de mi vida.
Rawlings sonrió. Hubiese querido felicitar a Boardman por haber hecho algo tonto, peligroso y humano, pero no se atrevió. Dijo:
— ¿Qué hizo? ¿Se quedó quieto, miró y luego siguió andando? ¿Corrió algún peligro serio?
— Una vez. Me distraje y empecé a dar un paso, pero no seguí. Mantuve los pies inmóviles y miré a mí alrededor.
— Quizá lo intente, cuando salgamos — dijo Rawlings —. Una miradita no me hará daño.
— ¿Cómo sabes que la pantalla actúa en la dirección opuesta?
Rawlings frunció el ceño.
— Nunca lo pensé. Todavía no hemos intentado salir del laberinto. ¿Y si la salida es completamente distinta? No tenemos diagramas en esa dirección. ¿Y si nos atrapa al salir?
— Usaremos las sondas de nuevo — dijo Boardman —. No te preocupes por eso. Cuando estemos listos para salir, traeremos unas cuantas sondas al campamento de la zona F y revisaremos el camino de la misma manera que cuando entramos.
Después de un momento, Rawlings dijo:
— De todos modos, ¿por qué tendría que haber trampas en el camino de salida? Eso significaría que los constructores del laberinto estaban encerrándose, además de cerrando el paso a los enemigos. ¿Por qué iban a hacer eso?
— ¡Quién sabe, Ned! Eran extraños.
— Sí. Extraños.
15
Boardman recordó que la charla no estaba completa. Trató de ser afable; eran camaradas que afrontaban un peligro.
— ¿Cuál ha sido la peor parte para ti? — preguntó.
— La otra pantalla, la más alejada — dijo Rawlings —. La que refleja todas las cosas bajas e inmundas que hay dentro de la mente de uno.
— ¿Qué pantalla es ésa?
— Está a la entrada de la zona H. Es una pantalla dorada que está sujeta a la pared por listones de metal. La miré y durante un par de segundos vi a mi padre. Luego vi a una chica que conocía, una chica que se hizo monja. En la pantalla, se quitó la ropa. Supongo que eso quiere decir algo acerca de mi subconsciente, ¿eh? Un pozo de víboras. ¿Y quién no?
— Yo no ví nada de eso.
— No puede haberla pasado por alto. Estaba…, bueno, a unos cincuenta metros del sitio en que usted mató el primer animal. Un poco a la izquierda, a la mitad de la altura de la pared, una pantalla rectangular (en realidad era trapezoidal), con bordes de metal brillante y colores que se mueven y formas…
— Sí; eso es. Formas geométricas.
— Yo vi a Maribeth desvistiéndose — dijo Rawlings, que parecía desconcertado —. ¿Y usted vio formas geométricas?
16
La zona F también podía ser letal. Una pequeña burbuja irisada se abrió en el suelo y un torrente de bolitas centelleantes salieron rodando. Corrían hacia Rawlings. Se movían con la maligna decisión de un torrente de hormigas hambrientas. Picaban como aguijones. Pisó una buena cantidad, pero a causa de su irritación y su fervor, casi se acercó demasiado a una luz azul que destelló súbitamente. Pateó tres bolitas hacia la luz y se disolvieron.
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Boardman ya estaba hasta la punta de los pelos.
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El tiempo que había transcurrido desde su entrada en el laberinto era sólo de una hora y cuarenta y ocho minutos, aunque pareciera mucho más. La ruta que atravesaba la zona F conducía a una habitación de paredes color rosa, donde unos chorros de vapor surgían de aberturas ocultas. En el extremo más alejado de la habitación había una ranura irisada. Y si no se pasaba por ella en el momento justo, uno era aplastado. La ranura daba acceso a un pasaje largo, cubierto por una bóveda baja, opresivamente caliente y estrecho, cuyas paredes eran color rojo sangre y latían de una forma muy desagradable. Más allá del pasaje había una plaza en la que seis láminas de metal blanco se mantenían en equilibrio sobre un extremo, como espadas que aguardaran. Una fuente arrojaba un chorro de agua a cien metros de altura. Flanqueando la plaza había tres torres con muchas ventanas, todas de diferentes tamaños. Unos reflectores prismáticos proyectaban luces contra las ventanas. Ninguna ventana estaba rota. En los escalones de una de las torres yacía el esqueleto articulado de una criatura que medita cerca de diez metros. La burbuja de lo que, indudablemente, había sido un casco espacial cubría su cráneo.
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Alton, Antonelli, Cameron, Greenfield y Stein constituían el campamento de la zona F, la base auxiliar del grupo que iba a la vanguardia. Antonelli y Stein retrocedieron hasta la plaza que había en el medio de F y encontraron allí a Rawlings y Boardman.