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Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:

Se acostaría con ella… por venganza y por placer…
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
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Ella vio algo en sus ojos que le impidió negarse. Habían llegado a la encrucijada que esperaba, pero era él quien había elegido el camino a seguir.

– Te juro que moriría antes de volver a hacerte daño. ¡Confía en mí!

– De acuerdo -susurró ella-. Confiaré en ti.

Él la condujo por el camino, hablándole.

– Tenía la esperanza de que esto ocurriera antes, pero Razzini ha tardado meses en encontrar a ese joven.

– ¿Le pediste que lo buscara?

– Sí. Quería saber cómo murió Angelo. Sólo sabíamos que conducía su coche y lo encontraron muerto, todos hicimos suposiciones, pero no había testigos. Le pedí a Razzini que removiera cielo y tierra para encontrar a alguien que tuviera información. El joven es Franco Danzi, y lo sabe todo.

– Levántate -le dijo Vincente al joven cuando llegaron-. No hay por qué insultar a los muertos.

– Hago lo que puedo -contestó el joven-. Preferiría insultar a Angelo vivo. Arruinó mi vida y ni siquiera puedo darle su merecido -miró a Vincente con ojos nublados-. Nos conocemos, ¿verdad? Fuiste a verme a la prisión.

– Ayer. Tuvimos una larga charla.

– Ah, sí, lo recuerdo. Eres primo de Angelo y yo soy…

– Franco Danzi -apuntó Vincente con lástima.

– Sí. Pero da igual. ¿Por qué ibas a recordar tú mi nombre? En la cárcel lo saben. Esta mañana me soltaron y dijeron que no volviera. Pero volveré, no tengo otro sitio donde ir, por culpa suya -señaló la lápida-. Creí que éramos amigos, pero él me hizo adicto a esto -agitó lo mano en el aire. Por su olor, lo que fumaba no era un cigarrillo normal.

– Mentira -protestó Elise-. Angelo no se drogaba.

– Eso es verdad. Era peor que eso. Él se mantenía limpio, pero hacía que otros se engancharan para ganar dinero. Su familia era rica, pero decía que quería conseguirlo él mismo y ser independiente.

– Estás mintiendo -dijo Elise con amargura. Miró a Vincente indignada-. ¿No habrás creído eso?

– Al principio no. No cuadraba con mi imagen de Angelo. Pero lo he pensado y ahora sí lo creo. Explica algunas cosas que me extrañaban entonces. A veces tenía montones de dinero y decía que lo había ganado apostando. Pero ocurría demasiado a menudo. Trabajó en mi empresa, pero era vago e indulgente consigo mismo; se fue justo antes de que lo despidiera. Creo que eso le amargó.

– ¿Amargarlo? Lo enfureció -intervino Franco-. Empezó a traficar y dijo que era lo primero en lo que realmente tenía éxito. Enganchó a todos sus amigos. Pensó que sería fácil, pero a Gianni no le gustó.

– ¿Gianni? -repitió Elise.

– Era el mayor traficante de la zona. Advirtió a Angelo que no le pisara el terreno, pero Angelo no le hizo caso. Así que Gianni lo mató.

– Pero él… se suicidó -dijo Elise.

– No me digas que tú también creíste esa historia de que vio a su novia en brazos de otro hombre y, con el corazón roto, decidió acabar con todo. Sí que la vio, yo estaba con él. Y no digo que no le doliera, pero no era un suicida. Sólo quería emborracharse.

Franco soltó una carcajada burlona.

– Fue a su coche maldiciendo y tuve que correr para alcanzarlo. Subí cuando arrancaba y vi que otro coche empezaba a seguirnos. Incluso en la oscuridad supe que era Gianni, conducía un deportivo inconfundible. Angelo empezó a acelerar y acelerar, intentando librarse de él, sin éxito. Imaginé como iba a acabar aquello y salté del coche. Por suerte ya estábamos en el campo y caí en la hierba. Me di un golpe y tardé horas en despertar. Luego me enteré de que Angelo había muerto. Encontraron su coche destrozado. Pero fue Gianni quien lo sacó de la carretera para darle un escarmiento; no era la primera vez que hacía algo así. Todos lo sabíamos.

– ¿Y nunca lo contaste? -Elise había palidecido.

– ¿Para que Gianni fuera a por mí? ¿Estás loca? Estaba aterrorizado. Me escondí y durante semanas me metí todas las drogas que encontré. Me convertí en un adicto sin esperanza de limpiarme.

– ¿Gianni se libró sin pagar por su crimen?

– No por mucho tiempo. Tres años después, alguien le hizo lo mismo que él le había hecho a Angelo, sólo que mucho peor.

– Me alegro -musitó Elise.

Vincente la miró con admiración.

– Has hecho un buen trabajo -le entregó un grueso sobre a Razzini-. Toma esto y llámame si alguna vez necesitas algo. Te debo una y te ayudaré.

Razzini aceptó el sobre, miró el contenido y gruñó con satisfacción.

– ¿Y éste? -Razzini señaló a Franco.

– Déjamelo a mí.

– Llama a la policía. No me iría mal una celda cómoda -masculló Franco, que se había dejado caer.

– ¿Qué tal una cama cómoda en un centro de rehabilitación para drogadictos? -sugirió Vincente.

– ¡No me aceptarían!

– Yo creo que sí -Vincente vio que el párroco se acercaba hacia ellos-. Padre, si encuentra sitio para él en uno de los centros de la iglesia, pagaré todos sus gastos.

– Ya ha hecho donaciones generosas…

– Será una más. Creo que mi familia le debe algo. Por favor, llévelo a un sitio seguro.

Dos curas jóvenes se apresuraron a llevarse a Franco. Elise se había quedado paralizada tras lo que había oído. Todo iba a cambiar. Le habían quitado un enorme peso de encima y sabía que pronto sentiría un gran alivio.

No sólo alivio. Libertad. Había hecho daño a Angelo, pero no lo había matado. Vincente la había librado de una vida de sufrimiento.

– Elise -Vincente puso las manos en sus hombros. Ella abrió los ojos lentamente.

– Libre -susurró-. Es verdad, ¿no?

– Tiene que serlo. Como he dicho, explica cosas que no entendí entonces.

– Entonces no fue culpa mía -musitó ella.

– No. Nada fue culpa tuya. Vamos a casa.

En el coche, Elise comprendió que un futuro mejor se abría ante ellos. Sintió un intenso júbilo que creció en su interior hasta desbordarse.

Al llegar a casa y ver a la frágil Mamma, se miraron y acordaron tácitamente no decirle nada. La verdad que liberaba a Elise sólo incrementaría su dolor.

Cuando se retiraron a dormir, Elise se detuvo ante la puerta y le ofreció la mano a Vincente. Él la siguió dentro, pero no la abrazó de inmediato.

– ¿Ocurrió de verdad? -murmuró Elise.

– Sí. Y nos da la oportunidad de resurgir de las sombras y encontrarnos el uno al otro.

– Me aplastaba el peso de la culpabilidad. No creí que pudieras perdonarme nunca de verdad.

– Eres tú quien tiene que perdonar -Vincente movió la cabeza-. Cuando pienso en lo que hice, en cómo te engañé, me avergüenzo. Mi ira y amargura eran tales que me decía que todo era justificable, porque mi causa era justa. Estaba obsesionado con la venganza. Pero tú… tú lo cambiaste todo. Supe ya esa primera noche que no eras como había pensado, pero no me permití creerlo. Ni siquiera cuando me hechizaste y busqué la manera de traerte aquí, porque necesitaba que me salvaras.

– ¿Salvarte?

– Entonces estaba muerto, indiferente a los sentimientos. Pero tú me despertaste y me devolviste a la vida, me enseñaste a amar de nuevo. Intenté no enamorarme de ti con todas mis fuerzas, pero era un sentimiento demasiado fuerte y, cuando me rendí a él, me sentí libre y tranquilo. Sabía que tenía que contártelo todo, pero temía que me condenaras, y la idea de perderte para siempre me resultaba insoportable. Por eso lo retrasé, intentando que te enamoraras de mí como yo lo estaba de ti.

– ¿Amor? -susurró ella.

– ¿No sabes que hace tiempo que te amo? -sonrió con ternura y acarició su mejilla-. ¿No era obvio?

– En otros tiempos te esforzabas para ocultarlo.

– Claro. Pensaba que eso te daría ventaja sobre mí y no quería arriesgarme. Tenía mucho que aprender.

– A mí me pasaba igual. Quería tener el control, por si acaso.

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