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Proteo desencadenado [Proteus Unbound - es]

Электронная книга - «Proteo desencadenado [Proteus Unbound - es]». Краткое содержание книги:

En el siglo XXII, la combinación de una bio-realimentación potenciada por ordenador con unas nuevas técnicas de quimioterapia ha permitido al ser humano no sólo curarse (eliminando la profesión médica), sino también alterar a voluntad su forma física. La alteración física, sin embargo, presenta aspectos oscuros, y la Agencia de Control de Formas que dirige Behrooz Wolf tiene la misión de impedir que formas ilegales o peligrosas se difundan.
Mientras investiga proyectos de apariencia siniestra, Wolf encuentra pistas que lo conducen al mensaje legado hace millones de años por una especie extraterrestre. Más tarde, la recurrente imagen mental de un misterioso Bailarín le llevará a enfrentarse con los rebeldes que, desde el espacio exterior, se oponen al poder de la Tierra. Razones más que suficientes para replantear lo que significa ser humano precisamente en una época en la cual los humanos adquieren cualquier forma física si lo desean y cuando el nuevo Test de Humanidad resulta esencial para identificar a los miembros de la propia especie.
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—Es una putada —dijo solemnemente.

—Sí que lo es.

Baker pasó a los informes sobre el Sistema Interior. Lo mismo había tardado más en desarrollarse, con un año o dos de retraso respecto a la Nube. Ahora el modelo era inconfundible para cualquiera que hubiese observado con atención los acontecimientos en ambas regiones. Era la misma historia de inexplicables fracasos. Naves de tránsito que desaparecían, enormes envíos de comida que no llegaban según lo previsto, suministros energéticos que no eran fiables.

Y el Sistema Interior reaccionaba de forma predecible. Le echaba la culpa al Sistema Exterior. Había furia, y se hablaba de sabotaje y se amenazaba con tomar represalias.

Cinnabar Baker podía identificar a tres personas en todo el Sistema que sabían que los Sistemas Interior y Exterior no se estaban saboteando mutuamente. Ella era una. Su homólogo en el Sistema Interior, un hombre a quien respetaba enormemente pero a quien nunca había llegado a conocer, era otra. La tercera era la persona que causaba todos los problemas.

Cada vez más, las pruebas conducían al Anillo de Núcleos, y a la oscura tierra de nadie del Agujero de Ransome. Ella se abría paso hacia su emplazamiento, pero sus informadores en el Anillo tenían la costumbre de interrumpir el contacto sin previo aviso. Había perdido media docena en unos cuantos meses. Su adversario parecía saber todo lo que hacía, en cuando se decidía a hacerlo. Había buscado infructuosamente la filtración en sus propias operaciones. Continuó con sus esfuerzos, uniendo las piezas, pulsando su red de informadores; pero aún estaba muy lejos de conseguir las coordenadas del Agujero de Ransome.

Y cuando las tuviera, ¿qué? No estaba claro que un ataque directo fuera a tener éxito… o, si lo hacía, que los sabotajes cesaran. Baker suspiró y acarició la cabeza de Turpin, que todavía la observaba pasar las páginas.

—Vamos, cuervo. Nos hemos ganado un descanso. —Soltó las listas y se acercó a la puerta, con el pájaro aún encaramado a su hombro. Era la mitad del periodo de descanso y todas las personas racionales estaban durmiendo. Baker no se encontró con nadie mientras caminaba descalza por setecientos metros de silencioso pasillo.

Cuando abrió la puerta de la guardería, empezaron los sonidos. Cuarenta bebés lloraban, cincuenta más tragaban y gruñían mientras las máquinas los alimentaban. Otros trescientos dormían pacíficamente. El solitario asistente humano estaba tendido al fondo de la sala, con los ojos cerrados.

Cinnabar Baker no lo despertó. No quería conversación. Cuando llegaba a cualquier Cosechadora, una visita sin previo aviso a sus guarderías era de máxima prioridad. Para ella, eran el corazón del mundo. Nunca había encontrado un hábitat donde las cosas anduvieran bien en la guardería y mal en los demás sitios.

Observó y escuchó durante veinte minutos, caminando a lo largo de los pasillos y cogiendo y abrazando ocasionalmente a alguno de los bebés. Su edad oscilaba entre los dos días y los dos meses. Un recién nacido había sido colocado en un tanque de cambio de formas para remediar un miembro deforme. Baker se asomó a la portilla transparente y comprobó el proceso del cambio. Era normal. Anotó mentalmente regresar al cabo de tres días para asegurarse de que el resultado fuera satisfactorio.

Comprobó los monitores de instrucciones que había sobre cada cuna, y anotó la frecuencia y duración de las visitas de los padres. Finalmente, se dio por satisfecha. Se marchó a escondidas, rejuvenecida, dispuesta a seguir durante horas con su tedioso trabajo.

El gobierno del Sistema Interior conocía a Cinnabar Baker como una mujer poderosa y formidable. Se habrían sentido algo reconfortados de haber sabido que era estéril. Ella constituía la mayor amenaza para su independencia y estilo de vida.

Tal vez tuvieran razón. Pero si era así, se debía sólo a que ella podía sentir una guerra a gran escala cada vez más cerca. Cinnabar Baker se veía a sí misma como la madre secreta de todo el Sistema. No podía permitirse que sus hijos combatieran, que se mataran entre sí. Lo impediría… aunque todo el Sistema tuviera que quedar bajo su control antes de que pudiera detenerlos.

Para un habitante de la Tierra, todas las Cosechadoras eran la misma. Eran fábricas de comida remotas e idénticas, dirigidas por máquinas sin alma y pobladas por un exiguo retén de gente.

Bey empezaba a conocer la verdad. Cada Cosechadora era diferente, tan distinta como distintos eran los planetas y asteroides del Sistema Interior.

Empezó a hacerlo en el instante en que pasaron la primera compuerta. Lo cubrieron de la cabeza a los pies con ropa de hospital que le dejaban sólo los ojos al descubierto, lo ataron a una camilla, y maniobraron rápidamente hacia el interior desde la superficie. Los sonidos empezaron en el primer pasillo interior. Si la Cosechadora Opik era extrañamente silenciosa, este hábitat estaba lleno de música, de hermosas piezas instrumentales que no se oían en la Tierra desde hacía siglos. En cada conjunto concéntrico de cámaras, una pieza se mezclaba armónicamente con la del siguiente, aunque no sonaba la misma obra en ambos.

Bey buscó la fuente de la música. Era invisible, su procedencia estaba oculta tras las exuberantes plantas verdes que escalaban por las paredes y el techo. Las reconoció. Eran una adaptación, una variante de las enredaderas de vacío tan populares en el Cinturón de Asteroides.

Y luego estaba la gente. Los que había encontrado en la otra Cosechadora estaban furiosos: furiosos con el Sistema Interior en general y con Bey en particular. Lamentaban su presencia, lo suficiente para querer luchar con él.

La población de la Cosechadora Marsden no demostraba furia. Apestaba a miedo. La gente que vio mientras lo transportaban por los pasillos no se volvía a mirarle. Tenían miedo, preocupados con otros asuntos, y lo más sorprendente de todo, muchos de ellos estaban enfermos o eran deformes.

—Nunca había visto nada parecido —dijo Sylvia, después de que rebasaran a un grupo de gente agitada—. Ésta es la más antigua de las Cosechadoras y suele ser la más pacífica. Todos están asustados.

—Tienen un aspecto terrible.

—Es cierto. —Ella se volvió a mirarlo—. Y usted también. Esos cortes de su cara vuelven a sangrar. Le llevaría directamente a los tanques de cambio de formas con Leo, pero Cinnabar Baker quiere verle primero.

—El deseo es mutuo. —Bey había estado reflexionando sobre un hecho desde su despertar en la nave de tránsito. Según Sylvia, fue la orden de marcharse urgentemente de la Granja Espacial lo que le dio el tiempo suficiente para salvarlos—. Tengo que hacerle una pregunta.

Habían dejado atrás los limpios pasillos despejados de la periferia de la Cosechadora y se dirigían hacia el centro de la esfera principal. Esta región había sido construida antes de que se dominara la técnica de edificar sin metales. No había enredaderas, y las cámaras eran viejas, sin disfraz. Las paredes se combaban hacia dentro, el suelo estaba arrugado y ennegrecido, y protuberancias de hidrocarbonos surgían como cabellos de los ventiladores y unidades de iluminación. A Bey le resultaba extrañamente reconfortante. Le recordaba las ciudades familiares de la Tierra.

El apartamento de Cinnabar Baker era el único punto de constancia. Era idéntico a las sosas cámaras que ocupaba antes: muebles simples y paredes de color beige. Turpin estaba encaramado a una silla, tan sucio y mustio como siempre. El cuervo saludó a los recién llegados con un murmullo siniestro.

—No le hagan caso a Turpin. Está de mal humor desde que llegamos. —Baker observó a Sylvia, luego el rostro masacrado de Bey. Indicó las sillas grises—. Diez minutos, señor Wolf, es todo lo que necesito. Entonces le llevaremos a un tanque de cambio de formas para proporcionarle tratamiento médico… si lo sigue queriendo todavía.

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