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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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Me había imaginado a Drayton como un hombre alto, pero resultó ser bastante más bajo que yo, enclenque y encorvado en su ajada indumentaria negra, con su cara alargada y pálida, y con los ojos de un spaniel angustiado. Le temblaban visiblemente las manos.

– Señor Montague, señor… Perdone que le moleste, pero el doctor Wraxford… el señor Magnus, es decir… me dijo que podía acudir a usted si… bueno, si el señor… señor Montague. El señor no ha salido a recoger la bandeja del desayuno esta mañana, ni el almuerzo, y no responde cuando he llamado a la puerta, así que pensé que…

– Muy bien -dije-. ¿Ha informado usted al doctor Wraxford?

– Le he enviado un telegrama cuando venía hacia aquí, señor, pero la contestación tiene que venir desde Woodbridge, así que no llegará a la mansión hasta las seis, como muy pronto, aunque el doctor conteste inmediatamente, apenas reciba mi telegrama…

– Ya, ya entiendo… Supongo que quieres que vaya a la mansión y vea si… si todo está bien.

Intenté que mis palabras sonaran tranquilas y seguras, pero un nudo helado se me estaba formando en la boca del estómago.

– Gracias, señor, si pudiera usted venir, le estaría muy agradecido. Grimes está ahí fuera con el carruaje, señor, pero desgraciadamente es un tílburi descubierto, así que tendrá que abrigarse…

Diez minutos después ya estábamos en camino. La lluvia casi había cesado, pero las nubes grises se arremolinaban y pendían sobre el paisaje empapado. Grimes, un individuo austero aquejado de prognatismo, y con un nombre apropiadísimo [31], iba embozado en su capote, tambaleándose como un saco de harina; parecía que hubiera caído en un profundo sueño antes de que hubiéramos llegado al primer miliario. Drayton iba sentado junto a mí, en el interior del viejo vehículo; al principio intenté sonsacarle, pero fue en vano: él no había visto nada, no había oído nada y no había notado nada raro hasta aquella misma mañana. El señor le había dado permiso para retirarse a las siete de la tarde del día anterior, bastante antes de que se desatara la tormenta, diciéndole que no necesitaría nada hasta la hora del desayuno. La tormenta había sido muy fuerte, pero el señor había permanecido en su habitación toda la noche. Y no podía decir si algún rayo había caído en la mansión; Drayton no mostró el menor interés en ese asunto. Le pregunté si consideraba que los pararrayos resultaban tranquilizadores en días de tormenta; pero me pareció que ni siquiera sabía qué eran los pararrayos. Llevaba cuarenta años en la mansión, y todo permanecía exactamente igual desde el día que llegó hasta el día de hoy, o eso le parecía. Cuando me dijo eso, lo dejé estar, y me embocé y me hundí en mi capote.

Durante dos horas y media interminables chapoteamos y dimos tumbos a lo largo de campos desiertos y cenagales y terrenos arbolados. Los caballos avanzaban trabajosa y constantemente, sin alterar nunca su paso; parecían conocer cada revuelta del camino, porque Grimes no se movió a lo largo de todo el trayecto, y Drayton también estuvo dormitando, con la cabeza bamboleándose sobre su pecho, una vez que yo terminé de hacerle preguntas. A pesar de mi grueso capote y el embozo, el frío me caló hasta los huesos, reduciendo mis pensamientos a un apagado estado de aprensión, hasta que me hundí en un sueño en el cual parecía que era consciente de cada crujido y cada chirrido del carruaje, y, al mismo tiempo, estaba seguro y abrigado junto a la chimenea, hasta que finalmente me desperté, helado, en medio de los lúgubres bosques de Monks Wood. Me palpé el chaleco buscando el reloj y vi que ya eran las seis pasadas. Aún tuvieron que transcurrir otros quince minutos antes de que el gigantesco roble se levantara amenazador sobre nosotros y Grimes emergiera de las profundidades de su capote para anunciar, con el tono de alguien que se alegra de las desgracias ajenas:

– ¡Ya estamos en Wraxford!

Envueltos en vapor, los pararrayos casi aparecían ocultos en la neblina que se arremolinaba sobre las ramas más altas de los árboles, la mansión parecía incluso más siniestra y más ruinosa de lo que yo recordaba, y los terrenos circundantes más agrestes y descuidados. El único signo de vida era un hilillo de humo que salía de la chimenea del cottage de Grimes, y que apenas se elevaba en el aire húmedo.

Nos detuvimos entre las hierbas, junto a la puerta principal. Estiré mis miembros entumecidos y descendí del carruaje tan agarrotado que mis pies apenas pudieron sentir la tierra que tenían debajo. Drayton aún estaba peor; le ayudé a bajar, a pesar de sus protestas, preguntándome cómo demonios se las arreglaría en lo más crudo del invierno. Grimes permaneció hundido en su asiento, aparentemente abstraído, y sólo se fue cuando nosotros nos hubimos apeado.

La incertidumbre de mi situación se me hizo patente con toda su fuerza cuando Drayton comenzó a luchar con la llave (evidentemente, abrir la puerta no formaba parte de las obligaciones de la criada) y me invitó a pasar a un vestíbulo inmenso y retumbante dominado por una escalinata que ascendía hacia la penumbra. Bastante arriba, sobre mi cabeza, pude adivinar el rellano desde el cual Félix Wraxford debió de precipitarse hacia la muerte. El suelo estaba desnudo, con losas irregulares; las paredes estaban paneladas con roble oscuro, moteadas con agujeros de carcoma. Todo olía a viejo, a humedad y a decadencia. Y un frío mortal flotaba en el aire.

– Tal vez -le dije a Drayton, intentando dominar el temblor de mi voz- deberías subir antes que yo; después de todo, es posible que tu señor simplemente se haya quedado dormido…

Él me respondió con una mirada tan suplicante y temerosa que me sentí obligado a acompañarle, deseando no haber hecho jamás aquel ofrecimiento temerario mientras subía lentamente las escaleras, junto a lienzos tan oscurecidos por el tiempo y la mugre que sus asuntos eran ya indescifrables. Cuando llegué al rellano, supe (por la descripción de Magnus) que me encontraba ante el estudio, y que los dos juegos de puertas dobles en el muro de paneles oscuros, a nuestra izquierda, conducían a la biblioteca y a la galería. La neblina gris formaba remolinos contra las altas ventanas que teníamos sobre nuestras cabezas; aún había bastante luz, pero se estaba desvaneciendo rápidamente.

– Creo que deberías llamar una vez más… -le dije a Drayton.

Él levantó una mano temblorosa y golpeó débilmente; no hubo respuesta. Me acerqué a él y llamé también, más y más fuerte, hasta que los ecos sonaron como cañonazos de arriba abajo en el hueco de la escalera. Intenté accionar el pomo, pero la puerta no se abrió.

– Es ésta, señor -dijo Drayton.

Su rostro tenía una palidez cenicienta; las llaves bailaban y repiqueteaban cuando me las entregó. La llave no podía entrar en la cerradura; era evidente que había otra por el otro lado, girada de tal modo que no pudiera desplazarse.

– Lo siento mucho, señor -dijo Drayton débilmente-. Me temo que tendré que… -y señaló una silla que había junto a la pared, a nuestra derecha.

– ¿Dónde está la criada? -le pregunté mientras le ayudaba a sentarse.

Murmuró algo ininteligible.

– ¿Y la señora Grimes…? No importa… -dije-. Dígame cuáles son las llaves de las otras puertas.

Me las señaló con un dedo tembloroso y se hundió en la silla, con una mano apretada sobre el corazón.

El martilleo de mi propio corazón me resultó incomprensiblemente violento cuando me aproximé a la entrada de la biblioteca. De nuevo, las puertas no se movieron y la llave no entraba en la cerradura. Sólo quedaba la galería. La alfombra raída había desaparecido por completo en algunos sitios y me desagradaba cómo rebotaban los ecos, pues sonaban de un modo inquietante, como pasos que corrieran. Mientras me acercaba a las puertas de la galería, miré la balaustrada: evidentemente, la habían reparado a la perfección y no habían dejado ni rastro del accidente… si es que lo fue.

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[31] Grime significa 'suciedad', 'mugre'

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