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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Nos conocimos por Internet -dijo Sam.

Malone escuchó a Sam mientras este le hablaba de Jimmy Foddrell, un expatriado estadounidense que había llegado a París para estudiar economía y había decidido quedarse. Foddrell había creado una página web tres años antes -GreedWatch.net-, que se hizo popular entre el público New Age aficionado a las conspiraciones internacionales. El Club de París era una de sus obsesiones más recientes.

“Nunca se sabe -había dicho Thorvaldsen un rato antes-. Foddrell tiene que sacar la información de alguna parte y tal vez podamos aprovechar algo”.

Dado que Malone no podía discutir ese razonamiento, aceptó venir.

– Foddrell ha hecho un máster en economía global en la Sorbona -le dijo Sam.

– ¿Y qué ha hecho con él?

Se hallaban frente a una achaparrada iglesia llamada St.-Julien-le-Pauvre, supuestamente la más antigua de París. Bajando la Rue Galande, justo a su derecha, Malone reconoció la hilera de casas antiguas y campanarios, una de las imágenes más retratadas de la orilla izquierda. Al otro lado del concurrido bulevar y el tranquilo Sena se encontraba Notre Dame, atestada de visitantes por Navidad.

– Que yo sepa, nada -dijo Sam-. Al parecer trabaja en su página web, dedicada a conspiraciones económicas internacionales.

– Lo cual dificulta que consiga un trabajo de verdad.

Malone y Sam se alejaron de la iglesia y caminaron hacia el Sena, siguiendo una callejuela iluminada por los rayos de sol invernales. Una gélida brisa agitaba las hojas sobre el seco pavimento. Sam le había enviado un correo electrónico a Foddrell para pedirle que se reuniera con ellos. Eso llevó a otro intercambio de correos donde Foddrell les indicaba que acudieran a número 37 de la Rue de la Bûcherie, que, según pudo comprobar Malone, era, precisamente, una librería: Shakespeare &Company.

Conocía el lugar. Todas las guías parisinas señalaban aquella tienda de segunda mano como lugar de interés cultural. La librería tenía más de cincuenta años de antigüedad y fue fundada por un estadounidense que la diseñó y la bautizó inspirándose en la célebre tienda parisina que regentaba Sylvia Beach a comienzos del siglo xx. La amabilidad y la política de préstamo gratuito de Beach convirtieron su guarida en la madre de muchos escritores de renombre, entre ellos Hemingway, Pound, Fitzgerald, Stein y Joyce. Aquella reencarnación conservaba poco del original, pero aun así había logrado hacerse un hueco entre la bohemia.

– ¿Tu amigo es librero? -preguntó Malone.

– Mencionó este lugar en una ocasión. En realidad vivió aquí una temporada, cuando acababa de llegar a París. El propietario lo permite. En el interior hay hamacas entre las estanterías. A cambio, tienes que trabajar en la tienda y leer un libro al día. A mí me pareció una necedad.

Malone sonrió. Había leído sobre aquellos huéspedes, que se hacían llamar “plantas rodadoras”. Algunos de ellos permanecían allí durante meses. Malone había visitado la tienda años atrás, pero prefería a otro vendedor de segunda mano, la librería Abbey, a un par de manzanas de distancia, que le había proporcionado algunas primeras ediciones excelentes.

Malone contempló el ecléctico frontispicio de madera, que rebosaba color y parecía temblar sobre sus cimientos de piedra. Bancos de madera vacíos bordeaban la fachada bajo unas desvencijadas ventanas de bisagras. El hecho de que faltaran solo cuarenta y ocho horas para la Navidad explicaba que la acera estuviese abarrotada y que entrara y saliera un flujo constante de gente por la puerta de la tienda.

– Me ha dicho que subamos al piso de arriba -observó Sam-, al espejo del amor. Sea lo que sea eso.

Ambos entraron. El interior rezumaba antigüedad: sobre sus cabezas había retorcidas vigas de roble, y a sus pies, baldosas rotas. Los libros estaban apilados a la buena de Dios sobre estantes combados que cubrían todas las paredes de extremo a extremo. En el suelo se amontonaban más libros. La luz provenía de bombillas desnudas enroscadas en desastradas lámparas de latón. Gente ataviada con abrigos, guantes y bufandas rebuscaba en las estanterías.

Malone y Sam subieron a la segunda planta por una escalera. Arriba, entre los libros infantiles, vieron un largo espejo de pared cubierto de notas manuscritas y fotografías. En su mayoría eran agradecimientos de personas que habían residido en la tienda a lo largo de los años. Todas aquellas notas eran cariñosas y sinceras y reflejaban admiración por lo que en apariencia había sido una experiencia única. Una tarjeta de color rosa chillón pegada en el centro llamó la atención de Malone.

Sam , recuerda nuestra conversaci ó n del a ñ o pasado.

Quien te dije ten í a raz ó n.

Lee su libro de la secci ó n de negocios.

– Estarás bromeando -musitó Malone-. Este tipo está chiflado.

– Lo sé. Es un paranoico redomado. Siempre lo ha sido. Solo accedió a tratar conmigo después de confirmar que trabajaba para el Servicio Secreto, aunque siempre con contraseña, que cambiaba cada vez que hablábamos.

Malone se preguntaba seriamente si aquello merecía la pena, pero tenía una corazonada, de modo que recorrió el piso superior y se agachó para franquear una pequeña puerta que mostraba la curiosa advertencia: “No seas desagradable con los desconocidos, pueden ser ángeles disfrazados”, hasta llegar a una ventana.

Había visto a aquel hombre cuando salían del patio de la iglesia y se dirigían a la tienda. Era alto y enjuto y llevaba pantalones caqui anchos, un abrigo azul marino que le llegaba por la cintura y zapatos negros. Caminaba cien metros por detrás de ellos y, mientras aguardaban delante de la librería, él también se había detenido cerca de un bar. Ahora aquel hombre estaba entrando en la tienda.

Malone necesitaba estar seguro, así que se alejó de la ventana y preguntó a Sam:

– ¿Foddrell sabe qué aspecto tienes?

El joven asintió.

– Le mandé una foto.

– Deduzco que él no lo hizo.

– No se la pedí.

Malone volvió a pensar en el espejo del amor.

– Dime, ¿quién dice que Foddrell tenía razón?

XIX

Londres, 13.25 h

Ashby entró en la abadía de Westminster entre una multitud que acababa de bajar de varios buses turísticos. Siempre notaba un hormigueo en la columna cuando visitaba aquel santuario.

El lugar había sido testigo de más de mil años de la historia de Inglaterra. Antaño un monasterio benedictino, ahora era la sede del gobierno y el corazón de la Iglesia anglicana. Desde la época de Guillermo el Conquistador, todos los monarcas ingleses, salvo dos, habían sido coronados allí. Solo le molestaban sus influencias francesas, aunque era comprensible, pues el diseño se había inspirado en las grandes catedrales de Reims, Amiens y la Sain-te-Chapelle. Pero siempre coincidía con la descripción que hacía un observador británico de Westminster: “Una gran idea francesa expresada en un excelente inglés”.

Ashby se detuvo delante de la puerta y pagó la entrada, luego siguió a la muchedumbre hasta el Rincón de los Poetas, donde los visitantes se congregaban cerca de los monumentos de las paredes y las estatuas que representaban a Shakespeare, Wordsworth, Milton y Longfellow. A su alrededor yacían muchas grandes figuras: Tennyson, Dickens, Kipling, Hardy y Browning. Su mirada escrutó la caótica escena y se detuvo por fin en un hombre, enfundado en un traje de cuadros y una corbata de cachemira, que se hallaba frente a la tumba de Chaucer. Unos guantes de color caramelo cubrían sus manos vacías y lucía unos elegantes mocasines Gucci en sus anchos pies.

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