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Электронная книга - «Destino y deseo». Краткое содержание книги:

La hermosa Lisa Walker desempeña una labor intachable en el departamento de Licitaciones de una empresa constructora, hasta que se ve involucrada en un asunto desafortunado que le hace perder su trabajo. El causante tiene un nombre: Sam Brown, el apuesto y atractivo dueño de una compañía rival. Lisa está enfurecida, pero su enojo desaparece cuando recibe una oferta formal de Sam para contratarla en su empresa. Aunque se siente irresistiblemente atraída por él, le invade el temor de que su relación personal pueda interferir con la laboral y de que Sam pueda no aceptar su pasado. Dos corazones extraviados que se necesitan y se niegan, que rechazan el amor que golpea con fuerza a la puerta de sus corazones.
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– ¿Cómo están las cosas? -preguntó Sam.

Ella apenas lo miró.

– ¿Qué hora es?

– La una menos cuarto.

– ¿Quieres verificar las sumas que acompañan estos formularios?

– Por supuesto. -Ella le acercó las hojas sin mirarlo siquiera-. ¿No has almorzado? -preguntó Sam.

Ahora sí lo miró, durante medio segundo.

– No. American Pipe ha llamado para rebajar su oferta en doce mil dólares.

Sam se apresuró a ocupar un asiento en un escritorio próximo, y sus dedos también comenzaron a desplazarse a toda velocidad sobre una calculadora.

– ¿Por qué no has pedido algo?

Ella se interrumpió, miró a Sam, y sonrió apenas.

– De todos modos, estoy demasiado nerviosa para comer. Sam oprimió la tecla destinada a indicar el total, y la máquina quedó en silencio, mientras él sonreía a Lisa.

– Calma, cheroqui, es solamente un trabajo más.

Pero no era eso, y los dos lo sabían. Era el trabajo que ambos deseaban llevar a cabo. El primer esfuerzo conjunto, y algo le decía a Lisa que era necesario conseguirlo. De todos modos, apreciaba el esfuerzo de Sam al apoyarla, y su sonrisa así lo expresó, antes de que los dos retomaran otra vez el trabajo.

Quince minutos después todos los cambios estaban anotados con tinta en la propuesta oficial, y Sam se inclinó sobre el escritorio de Lisa para poner sus iniciales en cada dato, y firmar al lado del sello de la compañía que figuraba en la última hoja. El hombro de Sam casi rozó la barbilla de Lisa cuando se inclinó para garabatear su nombre sobre el papel. Durante la semana ella no tenía dificultades para controlar los sentimientos personales que interferían en las horas de trabajo; pero ahora, con él de pie, allí cerca, con sus manos bronceadas desplazándose sobre el papel blanco, se sentía atraída hacia él por su firmeza de proposiciones. Sam soltó la pluma, se incorporó y sonrío.

– Ya puedes calzarte. Hemos terminado.

Lisa sonrió con timidez.

– De este modo me siento menos presionada.

– Quizá a ti te pasa eso, pero a mí no. -Dirigió una mirada apreciativa a los pies de Lisa en el momento mismo en que un grupo de dibujantes regresaba de almorzar-. Bien, estoy reteniéndote, ¿no es verdad? -Era la una, y ella aún tenía que atravesar toda la ciudad para llegar al edificio del Ayuntamiento.

Lisa respiró hondo, se pasó una mano por los cabellos y ofreció a Sam una sonrisa insegura.

– Bien, allá vamos. La nueva calculista de Brown & Brown recogió sus papeles, guardó la oferta en un gran sobre dorado, lo cerró, levantó los ojos y comprobó que su jefe había estado observando cada uno de los movimientos.

– Buena suerte, cheroqui -dijo en voz baja.

– Gracias, Su Señoría -replicó ella. Después se puso los zapatos, recogió el bolso y salió de la oficina.

Brown & Brown ganó el concurso por el proyecto a orillas del río Little Blue con una oferta de setecientos cincuenta mil dólares, apenas siete mil novecientos dólares menos que el licitante más próximo. Cuando se leyeron la última oferta y el anuncio, Lisa sintió que la adrenalina le corría por la sangre. Se puso de pie para aceptar las felicitaciones, y sintió las rodillas vacilantes y débiles. Las palmas de las manos le transpiraron mientras abrían los sobres, pero ahora ansiaba llegar a un teléfono y llamar a la oficina.

Soportó las felicitaciones, lo que le pareció una eternidad, antes de escapar al teléfono público que estaba en el vestíbulo.

La atendió la voz de Raqueclass="underline"

– Brown & Brown.

– ¡Raquel, hemos ganado! -anunció Lisa sin el más mínimo preludio.

– ¡Lisa! ¡Es maravilloso!

– ¿No es cierto? -exclamó Lisa-. Me siento eufórica… y un poco débil.

Raquel se echó a reír.

– Querida, esto nunca cambia.

Una breve sonrisa expresó su nerviosismo. Después Lisa pidió:

– Comunícame con Sam, ¿quieres, Raquel? Durante un momento se hizo el silencio en la línea, y sintió que experimentaba un profundo sentimiento de satisfacción, mientras esperaba oír la voz de su jefe. Cuando la escuchó, le pareció que llegaba cargada de sonrisas.

– Magnífico, cheroqui.

– ¡Aleluya, Brown, hemos ganado!

Él se echó a reír.

– Te sientes bien, ¿verdad?

– Así es.

– ¿Muy bien?

Al comprender la misteriosa pregunta, ella contestó:

– Bien hasta el nivel de siete mil novecientos dólares… eso es todo.

– ¿Quiere decir que hasta allí ha llegado nuestra ventaja?

– En efecto.

Ante la risa satisfecha de Brown, Lisa imaginó cómo aparecían hoyuelos en sus mejillas, y las arrugas pálidas que le desaparecían alrededor de los ojos.

– ¿Quién fue el segundo?

– Un momento, te leeré la lista. Después de relatar el orden de las ofertas, Sam le preguntó:

– Vuelves a la oficina, ¿verdad? Tenemos que celebrar tu primera victoria.

– Estaré allí más o menos en una hora.

– Magnífico, te veré entonces.

En el trabajo de calcular las ofertas para las licitaciones, las derrotas al parecer superaban de lejos a las victorias. En las ocasiones favorecidas por el éxito, una alegría especial se manifestaba en todos, originando un espíritu de camaradería y buen humor. Cuando regresó a la oficina, Lisa descubrió que todos los miembros de la empresa ya estaban enterados de la buena noticia. Al pasar se detuvo para aceptar las felicitaciones y compartir las bromas con sus colegas. Pero un episodio ocupó el primer plano en su mente.

Sam sonreía cuando se acercó caminando sobre la alfombra azul, vestido con sus pantalones informales y una camisa celeste con las mangas subidas hasta el codo. En realidad, ella nunca se había sentido tan orgullosa como en ese momento, frente a Sam Brown. La sonrisa de Lisa era contagiosa cuando él le ofreció su mano grande y apretó la suya, sujetándola con fuerza, para sacudirla una sola vez y sostenerla apenas una fracción de segundo más de lo necesario.

– Enhorabuena, Lisa.

– Gracias, Sam. -Sintió deseos de poner la otra mano sobre la de Sam, para decirle cuánto apreciaba la confianza que le había demostrado durante la última semana, y también lo grato que había sido preparar la oferta en la atmósfera cargada de simpatía de la oficina, entre los empleados que siempre la ayudaban mucho y, por supuesto, con él. Pero Sam retiró la mano y continuó charlando con los hombres. Raquel, Nelda y Ron Chen se unieron al grupo, y Lisa tuvo la sensación de que estaban compartiendo una especie de Nochebuena.

Algunas personas estaban ordenando su escritorio, y otras continuaban de pie, formulando comentarios, cuando Raquel se separó de una mesa de dibujo y se giró hacia la entrada de la oficina.

– Hola, Mary, ¿cómo está? Una mujer morena de unos sesenta años acababa de entrar y se acercaba con desenvoltura al grupo de hombres y mujeres. La mayor parte de los presentes la saludó por su nombre e intercambiaron con ella algunos comentarios. Era evidente que todos la conocían. Vestía un elegante traje de verano, calzaba zapatos marrones y blancos de tacón alto, y llevaba un bolso haciendo juego. De su persona se desprendía un aire de serena confianza.

– Entiendo que hoy debo felicitarte -comentó al acercarse.

Con gran asombro de Lisa, Sam se apartó del grupo y saludó a la mujer con un ligero beso en la mejilla.

– Hola, mamá. ¿Estás de visita? -dijo medio en broma.

– Me acabo de enterar de las noticias. Pensé que era hora de conocer a tu nueva especialista en licitaciones.

– Está aquí. -Sam pasó un brazo sobre los hombros de su madre y la llevó junto a Lisa, que permanecía de pie, inmóvil y muda de asombro.

– Mamá, esta es Lisa Walker… Lisa, mi madre, Mary Brown. -Él había apoyado las manos sobre los hombros de su madre, y la mirada de sus ojos oscuros regocijados se posó ahora en Lisa, que se sonrojó. Como una autómata, la joven extendió la mano., que recibió un apretón de unos dedos de piel muy oscura, con los nudillos anchos y varios diamantes ostentosos.

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