Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
El piso de Gail estaba en una casa enorme y desvencijada de Finsbury Park. Cuando llegamos allí, vimos todas las ventanas iluminadas. Ya desde la calle se oían la música y las risas, y se veían siluetas a través de las ventanas. Me aferré al brazo de Adam.
– ¿Crees que es una buena idea? Quizá no deberíamos haber venido.
– Entremos un rato. Ves a quien tengas que ver, y luego nos vamos a cenar.
Gail nos abrió la puerta.
– ¡Alice!
Me besó con entusiasmo en ambas mejillas, como si fuéramos viejas amigas, y luego miró inquisitivamente a Adam, esperando a que se lo presentara, como si no tuviera ni idea de quién era.
– Adam, te presento a Gail. Gail, éste es Adam.
Adam no dijo nada, pero le cogió la mano y la sostuvo un momento. Ella lo miró, y dijo:
– Sylvie tenía razón.
Soltó una risita tonta. Comprendí que ya debía de estar bastante borracha.
– Felicidades, Gail -dije fríamente, y ella volvió a mirarme a mí.
El salón rebosaba de gente con copas de vino y latas de cerveza. Había un grupo de músicos con sus instrumentos en un rincón, pero no estaban tocando. La música que sonaba era la del equipo de música. Cogí dos copas de la mesa y serví un poco de vino para Adam y para mí; luego miré alrededor. Vi a Jake de pie junto a una ventana, hablando con una mujer alta que llevaba una falda de piel increíblemente corta. No me había visto entrar, o fingía que no me había visto.
– Alice.
Me di la vuelta.
– Hola, Pauline. Me alegro de verte.
La besé en la mejilla, pero ella no me devolvió el beso. Le presenté a Adam, con cierta torpeza.
– Ya me lo imaginaba -dijo ella.
Adam la cogió por el codo y dijo, con una voz clara y convincente:
– Pauline, la vida es demasiado corta para perder a un amigo.
Ella pareció desconcertada, pero al menos no se quedó sin habla. Me alejé de ellos y fui hacia donde estaba Jake. Tenía que hacerlo. Jake ya me había visto. Seguía hablando con aquella mujer, pero miraba hacia mí de vez en cuando.
– Hola, Jake -dije cuando llegué a su lado.
– Hola, Alice.
– ¿Recibiste mi carta?
La mujer se dio la vuelta y nos dejó solos. Jake me sonrió y dijo:
– Dios mío, no podía sacármela de encima. No es fácil volver a ser soltero. Sí, recibí tu carta. Al menos no decías que esperabas que pudiéramos seguir siendo amigos.
Vi a Adam hablando con Sylvie y con Clive, en el otro extremo del salón. Pauline seguía a su lado, y él aún le sujetaba el brazo. Me di cuenta de que todas las mujeres lo miraban, de que intentaban acercarse a él, y sentí celos. Pero entonces él levantó la cabeza, nuestras miradas se encontraron, y Adam esbozó una graciosa sonrisa.
A Jake no se le escapó aquella mirada.
– Ahora entiendo por qué de pronto te interesaban tanto los libros de alpinismo -comentó con una sonrisa amarga. No dije nada-. Me siento tan estúpido… Lo tenía delante de mis narices y no me daba cuenta de nada. Ah, y felicidades.
– ¿Qué?
– ¿Qué día es la boda?
– Ah. Dentro de un par de semanas. -Jake hizo una mueca de dolor-. Sí, bueno… ¿Para qué esperar más? -Me interrumpí. Mi voz sonaba demasiado alegre-. ¿Estás bien, Jake?
Vi que Adam hablaba con Sylvie. Él estaba de espaldas a mí, pero ella lo miraba fijamente, embelesada, con una expresión que yo conocía demasiado bien.
– Eso ya no tiene que preocuparte -repuso Jake, con voz ligeramente temblorosa-. ¿Te importa decirme una cosa?
Vi que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Era como si, al salir yo de su vida, hubiera aparecido un nuevo Jake, uno que había perdido su apacible jovialidad y su ironía; uno que lloraba fácilmente.
– ¿Qué?
Caí en la cuenta de que Jake estaba un poco borracho. Se me acercó un poco más, hasta que noté su aliento en la mejilla.
– De no haber sido por él, ¿habrías seguido conmigo y…?
– Tenemos que irnos, Alice.
Adam se acercó a mí por detrás, me rodeó la cintura con el brazo y apoyó la cabeza sobre mi cabello. Me sujetaba tan fuerte que yo apenas podía respirar.
– Adam, te presento a Jake.
No se dijeron nada. Adam me soltó y le tendió la mano. Al principio Jake no se movió; luego, un tanto confundido, le dio la mano. Adam asintió con la cabeza. De hombre a hombre. Me dieron ganas de reír, pero me contuve.
– Adiós, Jake -dije.
Estuve a punto de darle un beso en la mejilla, pero Adam tiró de mí.
– Vamos, cariño -dijo, arrastrándome hacia la puerta. Le dije adiós con la mano a Pauline y nos marchamos.
En la calle, Adam se detuvo y me hizo mirarlo.
– ¿Estás satisfecha? -me preguntó, y me besó con furia.
Metí los brazos bajo su chaqueta y su camisa y me abracé a él. Cuando me aparté, vi a Jake, que seguía junto a la ventana, mirando hacia la calle. Nuestras miradas se encontraron, pero no hicimos ningún gesto.
TRECE
Intenté que la pregunta sonara despreocupada, aunque llevaba varios días dándole vueltas y buscando la fórmula más adecuada. Era más de medianoche, y estábamos en la cama, agotados, enroscados en la oscuridad; me pareció que era el momento idóneo.
– Tu amigo Klaus… -dije-. El que escribió ese libro sobre lo que ocurrió en el Chunga… Chunga… Nunca me acuerdo de ese nombre.
– Chungawat -dijo Adam.
No dijo nada más. Tendría que seguir dándole pie.
– Me dijo que estabas enfadado con él por haber escrito el libro.
– No me digas.
– ¿Es verdad? No entiendo por qué. Deborah me contó lo que hiciste, que te portaste como un héroe.
Adam suspiró y dijo:
– No, no me porté como un héroe. -Hizo una pausa-. No tuvo nada que ver con el heroísmo. La mayoría de aquellas personas no deberían haber estado allí. Yo… -Volvió a intentarlo-. A esa altitud, en esas condiciones, la mayoría de la gente, aunque esté en buena forma y tenga experiencia en otras circunstancias, no puede sobrevivir sin ayuda si las cosas empiezan a salir mal.
– Y eso ¿es culpa tuya, Adam?
– Greg no debió organizar aquella expedición, y yo no debí acompañarlo. Los demás no debieron pensar que había una forma fácil de escalar una montaña como ésa.
– Deborah me dijo que Greg había ideado un plan infalible para subirlos a la cima.
– Ésa era la idea. Pero hubo una tormenta, y Greg y Claude se pusieron enfermos, y el plan no funcionó.
– ¿Por qué?
Adam adoptó un tono de voz irritado. Le molestaba que insistiera en aquel tema, pero yo no pensaba ceder.
– No formábamos un equipo. Sólo uno de los clientes había estado antes en el Himalaya. No podían comunicarse entre ellos. Mira, había un alemán, Tomas, que no hablaba ni una palabra de inglés.
– ¿Ni siquiera sientes curiosidad por saber lo que Klaus dice en su libro?
– Ya sé lo que dice.
– ¿Cómo lo sabes?
– Tengo un ejemplar.
– ¿Qué? ¿Lo has leído?
– Lo he hojeado -respondió él, casi con desprecio.
– Creía que ese libro todavía no se había publicado.
– No se ha publicado. Klaus me envió uno de esos borradores… ¿Cómo se llaman?
– Una prueba de imprenta. ¿Lo tienes aquí?
– Debe de andar por ahí, en alguna bolsa.
Le besé el pecho y fui bajando por su vientre, y más abajo, hasta que noté mi sabor en su piel.
– Quiero leerlo. No te importa, ¿verdad?
Me prometí a mí misma no comparar nunca a Adam con Jake. Como estrategia para tratar de ser justa con Jake era bastante endeble. Pero a veces no podía evitarlo. Jake nunca hacía nada por las buenas, nunca desaparecía sin más. Era demasiado considerado y atento. Me pedía permiso, o me informaba, o lo planeaba de antemano, y casi siempre me preguntaba si quería ir con él, o qué planes tenía yo. Adam era completamente diferente. Pasaba la mayor parte del tiempo totalmente concentrado en mí, acariciándome, besándome, haciéndome el amor o sólo mirándome. Otras veces organizaba con precisión dónde y cuándo volveríamos a encontrarnos, se ponía una chaqueta y se marchaba.