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Estrella brillante [Star Light - es]

Электронная книга - «Estrella brillante [Star Light - es]». Краткое содержание книги:

Dhrawn era un planeta que, entre otros inconvenientes, tenía una gravedad aplastante, cuarenta veces superior a la terrestre. Era evidentemente imposible para los terrícolas explorarlo. Por lo tanto, para llevarlo a cabo necesitarían colocar sobre aquella superficie a alguien dotado de inteligencia e iniciativa, pero psicológicamente más apropiado que los humanos.
Los seres vivientes que mejor se ajustaban a esas exigencias eran los pequeños mesklinitas, dotados de una constitución resistente. Aunque se encontraban en un estadio cultural inferior, los humanos pensaban que no convenía suministrarles una elevada ayuda tecnológica para su cometido. En cambio, deberían controlar la exploración desde su seguro satélite en órbita a seis millones de millas de Dhrawn.
Hasta el momento de descender allí, los tenaces, valientes e inteligentes mesklinitas estaban decididos a no ser contratados y deseosos por sí mismos de aceptar el fantástico desafío que las fuerzas de Dhrawn les presentaban.

Nominado por el premio Hugo en 1971.
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No había enviado ayuda al Esket, aunque todos los gigantescos vehículos eran necesarios para el proyecto, a pesar del hecho de que más de cien de sus hombres estaban a bordo.

Había rehusado radios de alcance local, por útiles que fuesen. El argumento empleado contra ellas fue que un profesor testarudo las usaría en una situación escolar, pero aquello era la vida real y mortalmente seria.

Cincuenta años antes no sólo había saltado de alegría ante la oportunidad de adquirir conocimientos alienígenas, sino que también había maniobrado deliberadamente para forzar a sus patrocinadores no mesklinitas a dárselos.

Ib Hoffman no podía liberarse de la idea de que Barlennan estaba otra vez haciendo algo clandestino.

Se preguntó qué pensaría Easy de todo esto.

VII. ATRAPADOS POR EL HIELO

Beetchermarlf y Takoorch, como el resto de la tripulación del Kwembly, fueron sorprendidos por la congelación del lago. Durante varias horas ninguno había tenido un momento para mirar a su alrededor, puesto que el laberinto de finos cables en el que se centraba su atención era considerablemente más complicado que, por ejemplo, el cordaje de un buque de vela. Los dos sabían exactamente lo que tenían que hacer, y había poca necesidad de conversación. Incluso aunque sus ojos se hubiesen apartado de su tarea, no había mucho que ver. Se hallaban bajo la inmensa masa del vehículo, techados por el «colchón» neumático que distribuía el peso entre las ruedas, parcialmente ocultos por las mismas ruedas y por la negrura de la noche de Dhrawn, que ocultaba todo más allá del radio de sus pequeñas luces portátiles.

Por tanto, no habían visto, como tampoco los marineros en el interior de la nave, los diminutos cristales que comenzaron a formarse sobre la superficie del lago y a aposentarse en el fondo, brillando y centelleando bajo los focos del Kwembly.

Habían terminado de conectar de nuevo la fila primera de babor, completa de proa a popa; cuando descubrieron que estaban atrapados, trabajaban en la fila segunda.

La luz de la batería de Takoorch se estaba debilitando. Por este motivo se acercó al transformador de fusión más cercano —que casualmente se encontraba en una rueda de la fila primera— para recargarla. Se sobresaltó al comprobar que no podía acercarse al transformador, ni siquiera verlo; después de unos cuantos segundos de manipulaciones y observación, llamó a Beetchermarlf. Les llevó casi diez minutos observar que estaban completamente rodeados de una pared blanca opaca, impenetrable incluso para su fuerza. Había unido todas las ruedas exteriores y rellenado todos los espacios entre ellas, desde el colchón de arriba hasta las piedras abajo, a un metro de altura por término medio. Dentro de la muralla todavía tenían libertad de movimientos.

Sus herramientas eran de filo, más que puntiagudas, y demasiado pequeñas para horadar el hielo de forma apreciable, aunque les llevó una hora completa la acción de raspar para convencerse. No se sentían muy preocupados todavía; obviamente el hielo estaba inmovilizando al Kwembly, y el resto de la tripulación tendría que llegar hasta ellos para libertar el vehículo, suponiendo que rescatarlos no fuese su propósito principal. Por supuesto, el suministro de hidrógeno vital era limitado, pero esto para ellos significaba menos que una escasez de oxígeno equivalente para un ser humano. Tenían diez u once horas todavía de actividad completa, y cuando la presión parcial del hidrógeno descendiese bajo un cierto calor, simplemente perderían la conciencia. Su química corporal se haría más y más lenta, pero deberían pasar cincuenta o cien horas antes de que ocurriese algo irreversible. Una de las razones de la durabilidad de los mesklinitas, aunque los biólogos humanos no tuviesen forma de averiguarlo, era la extraordinaria simplicidad de su bioquímica.

De hecho, los dos estaban lo bastante tranquilos como para volver a la tarea asignada, y habían llegado casi a la parte delantera de la fila segunda antes de hacer otro descubrimiento. Este sí les preocupó.

El hielo se acercaba. No demasiado rápidamente, pero se acercaba. Resultó que ninguno de ellos conocía mejor que Ib Hoffman lo que les pasaría si quedaban congelados en un bloque de aquel material. Ninguno tenía el menor deseo de aprender.

Por lo menos, todavía tenían luz. No todas las unidades de energía estaban en ruedas exteriores, y Takoorch había podido recargar su batería. Eso hizo posible realizar otra investigación, muy cuidadosa, de los límites de su prisión. Beetchermarlf esperaba encontrar espacio libre hacia el fondo o cerca del tope de las murallas que le rodeaban. No sabían si la helada habría empezado desde la superficie o desde el fondo del estanque. No conocían como cualquier ser humano que el hielo flota sobre el agua líquida. Era mejor así, puesto que en este caso habrían llegado a una conclusión errónea. En realidad, los cristales se habrían formado en la superficie, pero al ser más densos que el líquido que los rodeaba, se habían posado para volverse a disolver cuando alcanzaron niveles de amoníaco más ricos. Este efecto había producido el resultado de dejar el lago sin amoníaco de forma bastante uniforme, hasta que hubo alcanzado una composición susceptible de helarse casi simultáneamente. En consecuencia, la búsqueda no procuró espacios abiertos.

Durante algún tiempo permanecieron allí entre dos de las ruedas, estudiando y comprobando cada cierto tiempo el progreso de la helada. No tenían equipos para medir el tiempo ni, por tanto, ninguna base para evaluar la velocidad del proceso. Takoorch suponía que estaba disminuyendo; Beetchermarlf no estaba tan seguro.

De vez en cuando uno de ellos tenía una idea, pero el otro generalmente se las arreglaba para encontrar un punto flaco.

—Podemos mover algunas de esas piedras, las más pequeñas —observó en un momento Takoorch—. ¿Por qué no podríamos excavar un camino bajo el cielo?

—¿Dónde? —contestó su compañero—. El extremo del lago más cercano está a cuarenta o cincuenta cables; fue lo último que supe. No podemos comenzar a excavar tanto en esas rocas antes de que nuestro aire se termine, aunque exista alguna razón para suponer que la helada no incluye el agua entre las rocas, por debajo. Salir antes del borde no nos llevaría a ninguna parte.

Takoorch admitió la veracidad de este aserto con un gesto de aquiescencia y se hizo silencio, mientras el hielo se acercaba un centímetro más.

Beetchermarlf tuvo la siguiente idea constructiva.

—Esas luces deben desprender algo de calor, aunque nosotros no lo sintamos por los trajes —exclamó repentinamente—. ¿Por qué no podrían evitar que se forme hielo a su alrededor, y hasta permitirnos derretir un paso hacia el exterior?

—Vale la pena intentarlo —fue la lacónica respuesta de Takoorch.

Juntos se aproximaron a la barrera helada. Beetchermarlf construyó un pequeño montón de piedras que se apoyaba en el hielo y colocó la luz, ajustada para un brillo completo, en su cima. Después los dos se apiñaron allí, con sus partes delanteras sobre el montón de guijarros, y observaron el espacio entre la lámpara y el hielo.

—Ahora que lo pienso —observó Takoorch mientras esperaban—, nuestros cuerpos desprenden algo de calor, ¿no es así? Quizá simplemente con estar aquí ayudemos a derretir el hielo.

—Supongo que sí —Beetchermarlf tenía sus dudas—. Será mejor que estemos atentos para asegurarnos de que no se hiela el agua a los lados y detrás nuestro, mientras estamos aquí esperando.

—¿Qué importa eso? Si lo hace, quiere decir que nosotros y la luz juntos nos bastamos para hacer retroceder el hielo, y debiéramos ser capaces de derretir un paso al exterior.

—Eso es verdad. Vigila, sin embargo, para que sepamos lo que está pasando.

Takoorch hizo un gesto de asentimiento. De nuevo permanecieron silenciosos.

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