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Estrella brillante [Star Light - es]

Электронная книга - «Estrella brillante [Star Light - es]». Краткое содержание книги:

Dhrawn era un planeta que, entre otros inconvenientes, tenía una gravedad aplastante, cuarenta veces superior a la terrestre. Era evidentemente imposible para los terrícolas explorarlo. Por lo tanto, para llevarlo a cabo necesitarían colocar sobre aquella superficie a alguien dotado de inteligencia e iniciativa, pero psicológicamente más apropiado que los humanos.
Los seres vivientes que mejor se ajustaban a esas exigencias eran los pequeños mesklinitas, dotados de una constitución resistente. Aunque se encontraban en un estadio cultural inferior, los humanos pensaban que no convenía suministrarles una elevada ayuda tecnológica para su cometido. En cambio, deberían controlar la exploración desde su seguro satélite en órbita a seis millones de millas de Dhrawn.
Hasta el momento de descender allí, los tenaces, valientes e inteligentes mesklinitas estaban decididos a no ser contratados y deseosos por sí mismos de aceptar el fantástico desafío que las fuerzas de Dhrawn les presentaban.

Nominado por el premio Hugo en 1971.
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Dondragmer se abstuvo de señalar que esto demostraba que su omisión no había sido un error serio; pero tenía que admitir que en ese momento había parecido así.

Casi ocho horas después de la partida de Kervenser, un tripulante gritó ante la puerta del alojamiento del capitán. Cuando Dondragmer respondió, el otro comprendió la situación en una simple frase.

—Señor, Kervenser y los timoneles todavía están fuera, y el estanque de agua en el que nos encontramos se ha helado.

VI. EN LA TRASTIENDA

La impaciencia y la irritación eran notorias en el laboratorio de Planificación, pero hasta entonces no se había producido ningún altercado. Ib Hoffman, quien hacía menos de dos horas que había vuelto de una visita de un mes a la Tierra, y Dromm no habían hecho más que pedir información. Sentada a su lado, Easy no había dicho hasta entonces nada en absoluto, pero veía que pronto habría que hacer algo para encaminar la conversación por canales constructivos. Cambiar la línea de actuación básica del proyecto podría ser una buena idea; a menudo lo era. Pero ahora mismo era inútil que las personas en aquel extremo de la mesa malgastasen el tiempo culpándose unos a otros por la política actual. Todavía menos útil era la pelea de los científicos en el otro extremo. Aún estaban preguntándose por qué un lago se hiela cuando la temperatura estaba subiendo. Una respuesta útil podría conducir a una acción útil, pero a Easy esto le parecía un tema para el laboratorio, más que para una sala de conferencias.

Si su esposo no participaba pronto en la otra discusión, ella misma tendría que hacer algo.

—Ya he oído antes todo ese aspecto de la cuestión, y sigo sin creérmelo —atacaba Mersereau—. Hasta cierto punto, es de sentido común; pero creo que lo hemos sobrepasado con mucho. Comprendo que cuanto más complejo sea el equipo, menos personas se necesitan para atenderlo; pero también se necesitan más aparatos especializados y personal entrenado para mantenerlo y repararlo. Si los vehículos estuviesen tan automatizados como quería alguna gente, nos las hubiésemos arreglado con un centenar de mesklinitas en Dhrawn, en vez de un par de miles; eso al principio, mas probablemente todas las máquinas estarían por ahora inservibles, porque no hubiésemos podido mandar todo el equipo de apoyo y personal que hubiesen necesitado. Todavía no existen suficientes mesklinitas entrenados técnicamente. Yo estuve de acuerdo; Barlennan también; como dije, era de sentido común.

«Pero tú y, por alguna razón, Barlennan llegasteis más allá. Él estaba en contra de la inclusión de helicópteros. Sé que había algunas personas en el proyecto que suponían que nunca podría enseñarse a volar a un mesklinita, y quizá lo que motivaba a Barlennan era su aerofobia racial; pero por lo menos fue capaz de comprender que sin la exploración aérea los vehículos no se atreverían a viajar más que unas cuantos kilómetros por hora sobre terreno nuevo y que llevaría más o menos una eternidad cubrir sólo Low Alfa a esa marcha. Con esto, le convencimos.

«Hubo un montón de material que nos hubiese gustado proporcionarle. Habría sido útil, y hubiese compensado llevarlo, mas nos convenció para no utilizarlo. Nada de armas; de acuerdo en que probablemente hubiesen resultado inútiles. Pero, ¿ningún equipo de radio de corto alcance? ¿Ningún intercomunicador en la colonia? Es una estúpida tontería que Dondragmer tenga que llamarnos a diez millones de kilómetros de distancia y pedirnos que retransmitamos sus informes a Barlennan en la colonia. Generalmente no es importante, puesto que Barí no podría ayudarle físicamente y el retraso no significa mucho, pero en el mejor de los casos es tonto. Ahora que el principal compañero de Don ha desaparecido, seguramente dentro de las ciento sesenta kilómetros alrededor del Kwembly y posiblemente a menos de diez y seis, sin posibilidad de entrar en contacto con él en la galaxia ni desde aquí ni desde el vehículo, la situación es crítica. ¿Qué tiene Barí contra las radios, Alan? ¿Y qué tienes tú?

—Justo la razón que tú mismo acabas de dar —contestó Aucoin con sólo un rastro de mordacidad—: el problema del mantenimiento.

—Estás loco. No hay ningún problema de mantenimiento con un comunicador simplemente vocal, incluso con uno visual. Según tengo entendido, había cuatro en Mesklin en el primer viaje de Barlennan patrocinado desde el exterior hace unos cincuenta años, y ninguno de ellos provocó la más ligera molestia. Ahora mismo hay sesenta en Dhrawn, sin el menor problema en el año y medio que han estado allí. Barlennan debe saberlo, y ciertamente tú lo sabes. Además, ¿por qué retransmitimos vocalmente los mensajes que nos envían? Podríamos hacerlo automáticamente, en lugar de tener a una banda de intérpretes desmenuzándolo todo (lo siento, Easy). No me digas que habría en esta estación un deficiente mantenimiento de una unidad de retransmisión. ¿Quién quiere tomar el pelo a quién?

Easy se estremeció; esto se acercaba peligrosamente a ser objeto de pelea. Su esposo, sin embargo, sintió el movimiento y tocó su brazo en un gesto que ella comprendió. Él se encargaría del asunto. Sin embargo, dejó que Aucoin contestase.

—Nadie está intentando engañar a nadie. No quiero decir mantenimiento del equipo, y admito que escogí mal las palabras. Debería haber dicho de la moral. Los mesklinitas son una especie competente y con una gran seguridad en sí mismos, por lo menos los representantes que más hemos visto. Navegan sobre miles de kilómetros de océano en esos ridículos grupos de balsas, completamente fuera de contacto con la base y lejos de toda ayuda durante meses seguidos, exactamente como hacían los seres humanos hace unos cuantos siglos. Pensamos que hacer la comunicación demasiado fácil minaría su seguridad. Admito que esto no es un dogma; los mesklinitas no son humanos, aunque sus mentes se parezcan mucho a las nuestras. Hay un factor importante cuyo efecto no podemos evaluar, y quizá nunca podamos. No sabemos la duración normal de su vida, si bien está claro que es mucho más larga que la nuestra. Sin embargo, Barlennan estuvo de acuerdo con nosotros sobre la cuestión de la radio. Como tú dijiste, fue él quien lo sacó a relucir, y nunca se ha quejado de la dificultad de la comunicación.

—A nosotros, no —intervino en este momento Ib Hoffman.

Aucoin pareció sorprendido; después, perplejo.

—Sí, Alan, eso he dicho. No se ha quejado ante nosotros. Lo que piense de ello privadamente, ninguno de nosotros lo sabe.

—Pero ¿por qué no iba a quejarse, o incluso a pedir radios, si ha llegado a darse cuenta de que debería tenerlas?

El planificador no iba por completo desencaminado, pero Easy observó con aprobación que había perdido su tono defensivo.

—No sé por qué —admitió Hoffman—. Simplemente recuerdo lo que aprendí sobre nuestros primeros tratos con Barlennan hace unas pocas décadas. Durante la mayor parte de la misión Gravedad fue un agente altamente cooperativo, un adorador de los misteriosos alienígenas de la Tierra, Paneshk, Drom y aquellos otros exóticos lugares en el cielo, haciéndonos nuestro trabajo justo cuando se lo pedíamos; después, al final, repentinamente nos atracó en un chantaje que cinco seres humanos, siete paneshks y nueve drommians de cada diez todavía piensan que nunca debimos pagar. Sabes tan bien como yo que enseñar tecnología avanzada, o incluso ciencia básica, a una cultura que todavía no está en su revolución mecánica enfurece a los ecologistas, porque piensan que todas las razas debieran tener derecho a pasar su propio tipo de dolores de crecimiento; hace sublevarse a los xenófobos, porque estarnos armando contra nosotros a los malvados alienígenas; provoca las críticas de los historiadores, porque estamos enterrando datos inapreciables, y molesta a los tipos administrativos, porque tienen miedo de que estemos creando problemas que todavía no han aprendido a resolver.

—Los xenófobos son el problema principal —dijo Mersereau—. Esos chiflados dan por sentado que todas las especies no humanas serían un enemigo si tuviesen la capacidad técnica. Esa es la razón por la que sólo hemos dado a los mesklinitas material que no puedan duplicar por sí solos, como las unidades de fusión; cosas que no podrían ser desarmadas y estudiadas en detalle sin unas cinco fases de equipo intermedio, como cámaras de difracción de los rayos gamma, que los mesklinitas tampoco tienen. El argumento de Alan parece bueno, pero sólo es una excusa. Sabes tan bien como yo que podrías entrenar en dos meses a un mesklinita para volar en una nave automatizada en parte de forma razonable si los controles fuesen modificados para sus pinzas y que en esta estación todos los científicos darían los tres cuartos de su sangre por bajar a la superficie de Dhrawn cargas de utensilios físicos e instrumentos que ellos habrían improvisado.

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