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Estrella brillante [Star Light - es]

Электронная книга - «Estrella brillante [Star Light - es]». Краткое содержание книги:

Dhrawn era un planeta que, entre otros inconvenientes, tenía una gravedad aplastante, cuarenta veces superior a la terrestre. Era evidentemente imposible para los terrícolas explorarlo. Por lo tanto, para llevarlo a cabo necesitarían colocar sobre aquella superficie a alguien dotado de inteligencia e iniciativa, pero psicológicamente más apropiado que los humanos.
Los seres vivientes que mejor se ajustaban a esas exigencias eran los pequeños mesklinitas, dotados de una constitución resistente. Aunque se encontraban en un estadio cultural inferior, los humanos pensaban que no convenía suministrarles una elevada ayuda tecnológica para su cometido. En cambio, deberían controlar la exploración desde su seguro satélite en órbita a seis millones de millas de Dhrawn.
Hasta el momento de descender allí, los tenaces, valientes e inteligentes mesklinitas estaban decididos a no ser contratados y deseosos por sí mismos de aceptar el fantástico desafío que las fuerzas de Dhrawn les presentaban.

Nominado por el premio Hugo en 1971.
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Takoorch reapareció a su lado y observó.

—Bien, pronto sabremos si remover el agua la calienta un poco.

—Lo hará —replicó Beetchermarlf—. Además, las cadenas están frotándose contra las piedras del fondo, en lugar de despedirlas. Lo creas o no, el movimiento produce calor. Sabes muy bien que la fricción sí lo hace. Vigila el hielo o dime si los alrededores se calientan demasiado. Esto está en su punto más bajo, pero sigue siendo un montón de energía.

Con bastante pesimismo, Takoorch llegó hasta un punto donde podía verse el montón de piedras si quedaba libre del hielo. Se sentó a esperar. Las corrientes allí no eran demasiado peligrosas, aunque podía sentir cómo empujaban su cuerpo, no muy bien lastrado. Se ató a un par de rocas de tamaño mediano y se dejó arrastrar bajo las cadenas.

Realmente no comprendía cómo el simple calentamiento del agua podía resolver algo, pero el punto de Beetchermarlf sobre la fricción era reconfortante. Además, aunque no lo habría admitido así en palabras, tendía a conceder a la opinión del joven marinero más peso que a la suya propia y esperaba ver cómo el hielo retrocedía en muy poco tiempo. No fue desilusionado. En cinco minutos le pareció que aumentaba la parte del fondo rocoso visible entre él y la barrera. En diez minutos estaba seguro, y un alarido de alegría advirtió a Beetchermarlf del hecho. Esto último corrió el riesgo de dejar desatendidos los cables de control para acercarse a verlo por sí mismo, y estuvo de acuerdo. El hielo se retiraba. Inmediatamente empezó a planear.

—De acuerdo, Tak. Hagamos que las otras unidades funcionen en cuanto estén libres y podamos llegar hasta sus controles. Quizá seamos capaces de liberar al Kwembly del hielo, además de salir nosotros.

Takoorch hizo una pregunta.

—¿Vas a agujerear las células bajo las unidades dotadas de energía? Eso extraería el aire de un tercio del colchón.

Beetchermarlf se sintió un poco cogido por sorpresa.

—Lo había olvidado. No; podríamos remendarlas todas, pero… No, no es una idea muy buena. Veamos. Cuando tengamos libre otra unidad energética, podremos colocarla sobre la otra rueda que está sobre la célula ya vaciada; eso nos dará el doble de calor. Después, no sé. Podríamos tratar de excavar bajo las demás. No, eso no funcionó demasiado bien. Bueno, de todas formas, podemos colocar una más. Quizá eso sea suficiente.

—Esperémoslo así —dijo Takoorch dubitativamente.

La incertidumbre del joven lo había desilusionado bastante, y no se sentía demasiado impresionado con el plan de sustitución, pero él mismo no tenía nada mejor que ofrecer.

—¿Qué tengo que hacer primero? —preguntó.

—Será mejor que yo regrese y me quede junto a aquellas cuerdas, aunque supongo que todo es bastante seguro —replicó Beetchermarlf indirectamente—. ¿Por qué no continúas comprobando los bordes del hielo y consigues otro transformador en cuanto se deshiele? Podemos ponerlo en esa rueda —indicó la otra que también estaba unida a la célula deshinchada— y activarla lo antes posible. ¿De acuerdo?

Takoorch hizo un gesto de asentimiento y comenzó a vigilar la barrera del hielo. Beetchermarlf volvió junto a los cables de control, esperando pasivamente. Takoorch dio varias vueltas por los límites, observando alegremente que el hielo se retiraba en todas direcciones. Se sintió un poco molesto por el descubrimiento de que el proceso se hacía más lento según aumentaba el espacio libre, pero no demasiado sorprendido. Pronto decidió cuál de los transformadores congelados sería el primero en quedar libre, y se situó cerca para esperar.

Igual que su compañero esperando en los controles, su actitud no puede ser descrita a un ser humano con exactitud. Sabía que la espera era inevitable, y estaba completamente inafectado emocionalmente por el inconveniente. Por los estándares humanos y mesklinitas era razonablemente inteligente, incluso imaginativo, pero no sentía la necesidad de algo que se pareciese remotamente a soñar despierto para ocupar su mente durante la espera. Un reloj mental semiconsciente le hacía comprobar el progreso del deshielo a intervalos razonablemente frecuentes. Esto es todo lo que un ser humano pudo entender sobre lo que pasaba por su mente.

No estaba ni dormido ni preocupado, porque reaccionó rápidamente ante un repentino chasquido y un repiqueteo de piedras a su alrededor. El lugar donde se encontraba estaba casi directamente detrás de la rueda que corría; por tanto, supo al instante lo que había pasado.

Lo mismo le ocurrió a Beetchermarlf, y la unidad energética fue cerrada por un tirón del cable de control antes de que un hombre hubiese percibido algún problema. Los dos mesklinitas se reunieron un segundo o dos más tarde al lado de la rueda que había estado corriendo.

Beetchermarlf tuvo que admitir para sí que estaba en una condición predecible. Los materiales orgánicos mesklinitas eran muy resistentes, y por el uso de un viaje normal la cadena hubiese durado muchos meses más; la fricción deliberada contra rocas resistentes, incluso con tan poca energía en los motores, era demasiado.

Quizá la palabra resistente no describa bien las rocas; aquellas que habían estado bajo la banda de material móvil habían sido visiblemente alisadas en la parte superior por expertos de última hora. Algunas perdieron más de la mitad. Después de un cuidadoso examen, el joven timonel decidió que el fallo de la cadena había sido debido, más que al simple uso, a un corte causado por un guijarro originariamente esférico, que se había desgastado hasta convertirse en una fina lámina de bordes afilados. Cuando la evidencia se hizo patente, Takoorch estuvo de acuerdo.

No hubo preguntas sobre qué hacer, y lo hicieron rápidamente. En menos de cinco minutos el transformador de fusión había sido retirado de la rueda dañada e instalado en la de atrás, que también había sido descargada agujereando la celda de presión. Sin preocuparse por la certeza de destruir otro equipo de cadenas, Beetchermarlf la activó rápidamente.

Ahora Takoorch se sentía intranquilo. El razonable optimismo de una hora antes había quedado sin cimientos. Dudaba que el segundo equipo de cadenas durara lo suficiente como para derretir un paso hacia la libertad. Después de varios minutos de luchar por la cuestión, se le ocurrió que concentrar el agua tibia en un punto podría ser una buena idea, y se lo sugirió a su compañero. Beetchermarlf se sintió molesto consigo mismo por no haber pensado lo mismo antes. Durante una hora los dos trabajaron amontonando piedrecillas entre las ruedas que rodeaban la fuente de calor a su alrededor. Pronto construyeron una pared bastante sólida, encerrando parte del agua que estaban calentado en una región entre la rueda y la parte más cercana de la pared de hielo. Takoorch tuvo la satisfacción de ver derretirse el hielo a lo largo de un frente de dos metros hacia el costado de estribor del Kwembly, retrocediendo casi visiblemente.

Por supuesto, no era completamente feliz. No le parecía posible, lo mismo que tampoco a Beetchermarlf, que las cadenas durasen bastante en las segundas ruedas; si se perdiesen antes de que el camino estuviese libre, era difícil ver qué otra solución podrían tomar para salvarse. En situaciones semejantes, un hombre a veces puede salvarse y esperar que sus amigos le rescatarán a tiempo; de hecho, puede llevar esa esperanza hasta su último momento consciente. Hay pocos mesklinitas constituidos de esa forma. Ninguno de los timoneles se contaba entre ellos. Había una palabra en stenno que Easy había traducido como «esperanza», pero ésta era una de sus acepciones menos eficaces.

Takoorch, guiado por esta indefinible actitud, se colocó entre la zumbante rueda y el hielo que se derretía, abrazando el fondo para evitar desviar la corriente del agua tibia, intentando vigilar simultáneamente las dos cosas. Beetchermarlf permaneció junto a los cables de control.

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