Con el agua al cuello
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Con el agua al cuello». Краткое содержание книги:
El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones.
Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.
– Para estamparle un par de besos.
– Todavía no sabemos si fue él.
– Vale, esperaré a que se cargue también al que acaba de salir por televisión y le besaré por los tres asesinatos juntos.
– ¿Por qué crees que va a matarle?
– Porque, con las cosas que dice, es para matarle.
– ¿Qué te pasa, Lambros? -Empiezo a inquietarme: ahora que por fin se ha solucionado el problema de Adrianí, quizá tenga que vérmelas con Zisis.
– Me han quitado los suplementos y las pagas extra de mi pensión de excombatiente, el quince por ciento en total. Si cobraba cuatrocientos cincuenta euros al mes, ahora se ha quedado en trescientos ochenta y tres. Sabes que los alemanes se quejan de nuestros pensionistas que se jubilaron a los cuarenta y cinco, ¿no? Pues si al menos fuera yo uno de ésos… Pero no, yo empecé a cobrar mi pensión de excombatiente a los cincuenta y cinco. Hasta entonces vivía en la clandestinidad o en el exilio o me molían a palos en los calabozos de la Junta, donde nos conocimos… -Calla por un momento-. Pero no es por el dinero -se excusa-; puedo vivir hasta con doscientos euros. Es por la injusticia. Como si te dijeran: «Bueno, tampoco combatiste tanto; con trescientos ochenta y tres euros al mes vas que ardes».
Cuelga el teléfono antes de que pueda decirle que también a mí me han recortado las pagas y los suplementos, y que cuando me jubile cobraré una pensión reducida.
Me acuerdo de cuando cayó la Junta. Nos sacaban a la calle a cada aniversario de los sucesos de la Politécnica y los manifestantes nos plantaban cara y nos gritaban: «¡El pueblo, unido, jamás será vencido!». Y, mira por dónde, treinta y cinco años después, el comunista y el madero tienen que nadar unidos en la misma mierda.
19
Vlasópulos me está esperando en la puerta de mi despacho. Como no me tiene acostumbrado a estas zalamerías, sospecho que algo va mal.
– Tiene visita -dice en lugar de darme los buenos días.
– ¿Quién es?
– El hijo de Zisimópulos. Le he hecho pasar a su despacho.
Tal es mi sorpresa que se me olvida preguntar si es el hijo mayor o el menor. Ya en mi despacho descubro que es Nick, el hijo menor. No viste con la elegancia inglesa de la que hizo gala en la primera entrevista, sino como un europeo cualquiera que visita Grecia y se muere de calor. Lleva pantalones de color oscuro y camisa blanca arremangada hasta el codo.
En cuanto me ve, se levanta de un salto.
– Pero, bueno, ¡han detenido ustedes al pobre Bill! -exclama. Es el segundo que se olvida de darme los buenos días.
– En primer lugar, no le he detenido yo, sino la Brigada Antiterrorista, señor Zisimópulos; en segundo lugar, no está detenido, sólo se hallan en la fase de instrucción. Eso, evidentemente, significa que hay pruebas contra él, aunque ignoro si son concluyentes o no. De una cosa estoy seguro: nadie ha vulnerado los derechos de Bill Okamba.
Si no elogias tu casa, se te caerá encima. Aunque estos días sea Stazakos quien manda, al menos en una parte de esta casa.
– Muy bien. ¿Por qué no me dice nadie de qué pruebas se trata?
– ¿Ha hablado con la Antiterrorista?
– Con el señor Stazakos en persona. Le pedí permiso para ver a Bill.
– ¿Y qué le dijo?
– En primer lugar, que es imposible, porque no soy familiar en primer grado. En segundo lugar, que tampoco podría verle en estos momentos aunque fuera pariente suyo. Hasta que concluya el interrogatorio no podrá ni siquiera asistirle un abogado. Por eso he venido a verle a usted -añade casi en tono de súplica-, por si puede informarme al respecto.
– Lo lamento, señor Zisimópulos, pero no soy yo quien lleva los interrogatorios. Por lo tanto, no sé nada sobre el caso.
Hasta este momento el hombre ha logrado conservar la calma y los buenos modales, pero ahora se exaspera.
– ¡Vamos, señor comisario! Bill es un hombre pacífico. Jamás le han acusado de nada y jamás se han encontrado indicios incriminatorios en su contra. En cuanto a esas pruebas terribles que la policía griega ha descubierto de repente, algo me dice que han cogido a un hombre solo, extranjero y negro, lo han encerrado y lo están presionando para ver si tienen suerte y le sacan algo.
– No las pague con la policía griega -intervengo, porque veo que a punto está de insultar otra vez a los griegos-. No olvide que dos agentes ingleses participan en las investigaciones. Uno de la Brigada Antiterrorista londinense y el otro del MI5. Todo lo que sucede cuenta con su aprobación. ¿Por qué no habla con ellos?
– John se dirigió a los de Scotland Yard. Al parecer, éstos sólo desempeñan funciones de consejeros y la responsabilidad de la investigación recae sobre los griegos; por lo tanto, se negaron a darle más información.
– Mire, en todo caso podría acompañarle a hablar con el señor Guikas, jefe de Seguridad del Ática. Quizás él tenga más datos.
– Se lo agradezco -dice conmovido-. Usted, al menos, ha querido escucharme.
Llamo a Kula por teléfono, le digo quién ha venido a verme y le pregunto si podemos hablar con Guikas. Kula, tras decirme que está disponible, me anuncia que podemos subir a su despacho.
Guikas se levanta y estrecha la mano de Zisimópulos. Nos invita a sentarnos y yo hago una breve introducción, para que se forje una idea de la situación. Guikas, tras escucharme sin interrumpir, se dirige a Nick Zisimópulos.
– Señor Zisimópulos, ¿sería mucho pedirle que tenga un poco de paciencia hasta que concluya la instrucción? Si surgen pruebas incriminatorias contra Bill Okamba, las haremos públicas enseguida. De lo contrario, estará libre en pocos días.
– Si surge la menor prueba contra Bill, cosa que descarto por completo, contrataré al mejor abogado criminalista de Grecia. Mi hermano y yo no repararemos en gastos. Compréndalo: Bill no sólo cuidaba de nuestro padre. Conocemos a su familia desde hace más de veinte años. Y le aseguro que no le abandonaremos a su suerte.
Ni su apasionamiento ni su exaltación nos impresionan a Guikas y a mí, porque estamos acostumbrados a este tipo de arrebatos.
– ¿Está seguro de que Bill Okamba nunca tuvo problemas con la policía británica en el pasado y de que no tiene antecedentes penales? -pregunta Guikas. Calla un momento, como si buscara la mejor forma de expresarse-: Verá, la gente a veces, cuando tiene problemas con la policía en su país, prefiere emigrar a otro, para que no le molesten. Quizá por eso Bill Okamba emigró de Sudáfrica a Londres.
– El pasado de Bill es impecable y nunca ha tenido problemas con la policía, se lo garantizo. Además, la policía británica interrogó a su familia en Inglaterra hace un par de días y no encontraron nada sospechoso. También se lo garantizo, ya que contratamos a un abogado como mediador con Scotland Yard.
Guikas y yo cruzamos una mirada y es obvio que pensamos lo mismo. Ninguno de los dos duda de que Stazakos está al tanto del interrogatorio de la familia Okamba en Londres. Sin embargo, no informó a Guikas de ello, seguramente porque ya se lo comentó al director general de la policía.
De repente, Guikas se impacienta.
– Para concluir, señor Zisimópulos, el comisario Jaritos se mantendrá en contacto con usted extraoficialmente. Si estima que hay progresos que le conciernen, se los comunicará de inmediato.
– Muchísimas gracias -dice, animado. Saca su cartera y me ofrece su tarjeta-. Siempre estoy localizable en el móvil. -Estrecha la mano de Guikas, luego la mía y se marcha.
Apenas ha cerrado la puerta tras de sí cuando Guikas descuelga el teléfono.
– Acabo de enterarme por casualidad de que Scotland Yard ha interrogado a la familia de Okamba. -De su expresión se deduce que está hablando con Stazakos. Escucha la respuesta y añade con severidad-: ¿Y por qué no he sido informado? Quiero el dossier con el interrogatorio en mi despacho. Ahora mismo, no mañana.