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Con el agua al cuello

Электронная книга - «Con el agua al cuello». Краткое содержание книги:

Un caluroso domingo del verano de 2010, el comisario Jaritos asiste a la boda de su hija Katerina, esta vez por la Iglesia y con fanfarria musical. Al día siguiente, poco después de llegar a Jefatura, le informan del asesinato de Nikitas Zisimópulos, antiguo director de banco, degollado con un arma cortante.
El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones.
Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.
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– Entonces, ¿sigo investigando?

– Sí, pero con discreción. No te interpongas en el camino de la Antiterrorista. Porque, si algo se torciera, lo pagarías tú.

En el lenguaje de Guikas, eso significa que, llegado el caso, me dejaría a mi suerte. Si hay problemas, dirá que yo actuaba por iniciativa propia, ¡y entonces a ver quién demuestra lo contrario!

De acuerdo, no puedo interrogar a Bill pero puedo obtener información de Mavromatis, el fiscal contra el blanqueo de dinero, acerca de las transferencias y su ordenante.

Lo llamo en cuanto llego a mi despacho, pero esta vez me topo con su secretaria. Le comunico que deseo hablar con el señor Mavromatis, recibo el clásico «un momento» y espero con el auricular pegado al oído.

Mientras tanto, me prometo seguir el consejo de Guikas y no interponerme en el camino de la Antiterrorista, para que Stazakos no piense que intento puentearlo, lo cual es cierto.

– Le llamo para felicitarle por su éxito, señor fiscal -digo en cuanto contesta.

– Y para recibir su parte -replica Mavromatis entre risas.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque usted me puso la mosca detrás de la oreja. Si usted no lo hubiera mencionado el día de la huelga, jamás se me habría ocurrido investigar las cuentas de los extranjeros residentes en Grecia.

– Me alegro de haberlo mencionado -le digo, y es verdad, porque esa ayuda que le he prestado me abre una puerta.

– Gracias a su contribución y a la de un empleado del Banco Central -precisa-. Le llamaron la atención las transferencias sucesivas y nos avisó. Algunos empleados se elevan por encima de la ciénaga de la burocracia.

– ¿Quién ordenó las transferencias? -pregunto en el tono más inocente posible, aunque para Mavromatis ésta es ya una conversación entre amigos.

– Una empresa fantasma de las Islas Caimán, de esas que tienen una oficina, un logotipo y un sello. Estamos buscando la cabeza visible con la ayuda de Europol y de los americanos, pero, entre nosotros, no creo que la encontremos. Probablemente se trate de otro fantasma.

– ¿El banco tampoco sabe quién las ordenó?

– Claro que sí. La empresa fantasma de las Islas Caimán.

– ¿Me avisará si surgen nuevos datos?

– ¿Por qué? ¿Cree que habrá más? -se sorprende Mavromatis.

Prefiero no decirle que, si tenemos dos asesinos, se descubrirán más transferencias.

– No creo nada en concreto. Sólo contemplo todas las posibilidades.

– En todo caso, si hubiera nuevas transferencias, serían de otro ordenante. Los que mueven dinero desde paraísos fiscales como las Islas Caimán suelen crear empresas diferentes para cada transacción. Una vez terminado el trabajo, disuelven las empresas.

Cuelgo el teléfono tras añadir un último cumplido. Para ser sincero: a Stazakos y a los ingleses no les falta razón. Cinco transferencias a una misma cuenta desde las Islas Caimán sólo indican una operación de blanqueo de dinero o un atentado terrorista. La clave nos la dará una posible nueva transferencia. Entonces, al menos, sabremos que nos enfrentamos a dos asesinos. La cuestión es si Mavromatis podrá localizarla o si el ordenante desconocido utilizará otros canales para enviar el dinero.

Estoy inmerso en estos pensamientos cuando entra en mi despacho Sotirópulos. No hace falta ser adivino para deducir que el periodista ha venido en busca de más informal ion sobre las pruebas contra Bill. En momentos como éste, la táctica más eficaz es asumir una actitud de «no he visto nada, no he oído nada, no sé nada».

– ¿Sabes por qué eres el más listo de todos los que trabajan aquí dentro? -pregunta sin preámbulos y sin dar los buenos días.

– Ignoraba que lo fuera, pero adelante, dime por qué.

– Porque todos los demás son idiotas. El tuerto es rey en el país de los ciegos…

– Algo es algo.

– ¿Puedes decirme cuáles son esas pruebas tan evidentes que os permiten atormentar a ese pobre negro?

– ¿Cuándo superarás tus obsesiones izquierdistas? Aún piensas en términos de «vosotros atormentáis a los pobres negros». Nadie en este país maltrata a los negros, Sotirópulos. ¿Y sabes por qué? Porque, con la que está cayendo últimamente, ahora los negros somos nosotros.

– Dime cuáles son esas pruebas incriminatorias que tenéis tan bien escondidas y retiraré lo dicho.

– No tengo la menor idea.

– ¡Vaya! Ya veo que tú también te haces el tonto, como todos.

– Sotirópulos, este caso lo lleva la Brigada Antiterrorista. Yo no tengo nada que ver. Si quieres información, habla con Stazakos.

– Digamos que no acabamos de entendernos, y a ti al menos puedo decirte lo que opino. Esa patraña del atentado terrorista no se la cree nadie. A los terroristas los guía siempre una ideología. Ni ponen bombas ni matan por dinero, y menos aún por cincuenta mil miserables euros.

– ¿Y qué hay detrás de estos asesinatos, si no son atentados terroristas?

– Blanqueo de dinero. Y los bancos están metidos hasta el cuello, porque hablamos de grandes sumas. Verás como tengo razón.

Da un portazo al salir, porque se va con las manos vacías. En el fondo, debería darle las gracias: su comentario sobre las ideologías me ha abierto los ojos. Pero hace tiempo que los dos dejamos atrás cosas como la cortesía.

18

En casa me esperan dos agradables sorpresas. Adrianí está viendo la televisión y la persiana de la sala está levantada. Son claros indicios de una vuelta a la normalidad, pero prefiero no hacer comentarios; Fanis me aconsejó que no llamara la atención sobre el tema y lo dejara pasar.

Es Adrianí quien siente la necesidad de dar explicaciones.

– He decidido subir la persiana. Como es de noche…

– ¿Qué tal te encuentras? -pregunto y me siento a su lado en el sofá.

– Esperemos a ver cómo estaré por la mañana.

Concluye con un gran suspiro que confirma la teoría de Katerina: para Adrianí, la mejor terapia es sufrir en silencio.

En la tele vuelven a retransmitir la rueda de prensa del director general de la policía. A mí no me gusta ver la misma película dos veces, y menos en un mismo día, pero no me levanto para no dejar sola a Adrianí. Mi buena acción se ve recompensada, pues descubro dos elementos nuevos muy interesantes. El primero es una conversación del corresponsal con la presentadora.

– Ha mencionado reiteradamente las pruebas incriminatorias, pero no ha dicho en qué consisten dichas pruebas -dice el corresponsal-. No negarás, Ana, que esto deja algunos interrogantes sin respuesta.

– Sin duda se debe a que la investigación sigue abierta -replica la presentadora.

– De acuerdo, pero, más allá de esto, el director general de la policía se ha mostrado reservado e impreciso. A diferencia del señor Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista.

– ¿Podrías decirnos en qué ha sido más preciso el señor Stazakos? -inquiere la presentadora.

– En primer lugar, no ha dejado dudas sobre la contundencia de las pruebas. Y, en segundo lugar, ha hablado de la firma del asesino, la D latina.

Me imagino el disgusto del director general cuando oiga el comentario del corresponsal, y me alegro de no encontrarme en la piel de Stazakos. La segunda sorpresa es la declaración del ministro del Interior. No aparece en pantalla, pues establecen con él comunicación telefónica, y se muestra aún más vago que el director general.

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