Con el agua al cuello
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Con el agua al cuello». Краткое содержание книги:
El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones.
Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.
En segundo lugar vienen las camisetas, y, en tercer lugar, cachivaches de cocina, platos, detergente y artículos de limpieza. El último lugar lo ocupan los relojes. Los hay de pulsera, de pared y despertadores. Hay de todo menos objetos de decoración, que no se ven por ninguna parte. Aunque Dermitzakis me mira decepcionado, yo sigo adelante sin inmutarme.
El ruido de la calle es ensordecedor: unos vendedores gritan, otros se comunican a gritos en multitud de idiomas, y los conductores hacen rugir los motores de sus coches y tocan insistentemente el claxon.
El primer despliegue de estatuillas y objetos decorativos aparece a la altura de la plaza del Teatro, pero ni rastro de espadas.
– ¿No tienes espadas? -pregunto al asiático que custodia el género. Me mira como si le hablara en chino, que él, seguramente, entendería mejor.
– Swords -repito en inglés.
– Swords? Come! -dice y se planta delante al tiempo que murmura algo al vendedor de al lado. Que cuide de su negocio, sin duda.
Recorremos lo que queda de la calle Menandro hasta llegar a Eurípides.
– Here. -Señala una manta a la derecha de la calle.
Encima de la manta hay un despliegue de todos los objetos tercermundistas que se puedan imaginar. Máscaras, tallas en madera, candelabros de madera tallada, cajas orientales pintadas, manteles, cubrecamas de colores cegadores. Sobre la acera hay un desfile de mesillas de madera repujada y con incrustaciones de falso marfil. No sé qué más ha vendido Grecia, pero los mercadillos tradicionales se los ha traspasado a los inmigrantes. Escudriño el caos en busca de las espadas, pero sólo veo tres cuchillos con mango tallado y funda de cuero.
– Nada -murmura Dermitzakis.
– You have swords? -pregunto al vendedor ambulante.
– No swords. No tener swords. Solamente carved knives. -Habla como si le hubieran mezclado las páginas de un diccionario griego-inglés.
Le pregunto dónde puedo encontrar espadas.
– There is a tienda up en Eurípides.
Le dejamos y empezamos a remontar la calle Eurípides. Localizamos la tienda a la derecha. No tiene rótulo y el escaparate está abarrotado con el mismo tipo de mercancías que vendía el asiático aunque de mejor calidad. Entre la multitud de objetos distingo una espada sin funda, de hoja ancha y puño metálico.
– El que la sigue, la consigue -digo a Dermitzakis.
Detrás de la caja está sentado un hombre moreno, con el fino bigote característico de los paquistaníes y con cara de circunstancias. No se molesta en levantarse cuando entramos.
– Do you sell swords? -pregunto para iniciar la conversación.
– Puede hablar en griego. Soy griego. -La primera en la frente.
Me presento como policía.
– Sólo quiero cierta información, no se preocupe -añado para tranquilizarle.
– Si no es de Delitos Económicos, no me preocupo en absoluto.
– ¿Se venden bien las espadas?
– No tengo muchas, y tampoco se venden demasiado. De vez en cuando me ofrecen alguna y la compro, sobre todo porque me interesan las demás mercancías del lote.
– ¿Quiénes suelen comprar espadas?
El hombre se encoge de hombros.
– Griegos cursis, que las cuelgan de las paredes de sus casas. En los viejos tiempos colgaban barjuletas y mantas de lana. Ahora, con la globalización, cuelgan espadas. El otro día vino una pareja, más para curiosear que para comprar. La mujer vio la espada en el escaparate y dijo a su marido: «Oye, Manolis, ¿por qué no la compramos para el salón? Me recuerda la espada de mi bisabuelo». Les pregunté de dónde eran y me dijeron que de Nafplion. Cualquiera le explica que una espada de Somalia y el yatagán de su bisabuelo se parecen tanto como el tocino a la velocidad. Pero a su marido no le entusiasmó la idea y, al final, no vendí la espada.
– ¿Compran espadas los inmigrantes?
Me mira como si yo fuera de Somalia, igual que la espada.
– ¿Qué van a hacer ellos con las espadas, señor comisario? ¿Decorar las paredes de las habitaciones donde duermen en el suelo con una docena de extraños? Además, si la policía hace una redada y encuentra las espadas, se imagina lo que ocurrirá, ¿no?
– ¿Y otros extranjeros, turistas interesados en esa clase de armas?
– En los quince años que lleva abierta mi tienda no ha entrado un solo turista. Compran reproducciones en yeso del Partenón o de las Cariátides, no artículos de Oriente. Además, pueden encontrarlos en sus países.
– De acuerdo. ¿Puedes decirme cómo localizar a tu proveedor de espadas?
– ¿Acaso espera que le enseñe un albarán con su dirección? -dice, y se echa a reír.
– ¿Por qué te ríes? -me mosqueo.
– Ni albaranes ni proveedores, señor comisario. De vez en cuando aparece alguien con un saco a cuestas y lo abre en el suelo. Yo elijo los artículos que me interesan, pago en efectivo y todos contentos. Al cabo de unos días viene otro, con las mismas cosas u otras parecidas, y así sucesivamente. Por eso no tengo almacén. La única mercancía es la que hay en la tienda.
Saco una tarjeta y se la doy.
– ¿Me llamarás por teléfono si aparece alguien para venderte espadas?
– Le llamaré, aunque no creo que la tienda exista para entonces.
– ¿Por qué no?
– Escuche. Este triángulo entre las calles Sófocles, Eurípides y Atenea es el último trozo de Oriente en Atenas. Aquí compramos mercancías de quien sea, normalmente sin factura, y las autoridades hacen la vista gorda. Nuestros clientes son pobres y nosotros vendemos barato, así nos ganamos el pan. Ahora, con las nuevas medidas, quieren convertirnos en europeos Greek type.
– ¿Qué es eso?
– En Europa quieren evitar que la mercancía entre ilegalmente en los distintos países. Aquí, hasta ahora, cada uno ha hecho lo que le ha dado la gana y ha entrado de todo. Pero ahora viene el Estado y me exige facturas y declaraciones del IVA. ¿A quién voy a pedirle facturas y qué IVA voy a declarar, si es género de contrabando? Los únicos que importan mercancías legalmente en esta zona son los chinos. Ellos compran nuestros bonos del Estado y nosotros compramos sus trapos. Por eso pienso cerrar la tienda y abrir una unidad móvil.
– ¿Qué unidad? ¿Una furgoneta para vender en la calle?
– No, señor comisario. Una manta. Cogeré una manta y me buscaré un puesto entre los inmigrantes de la calle Menandro o Saris. Le pagaré unos euros al vigilante y, cuando se acerque la poli, cogeré la manta y saldré corriendo. Tengo cuarenta y cinco años. ¿Cuánto tiempo aguantaré las corridas? ¿Diez años más? No lo sé. Si dejo de fumar y empiezo a hacer footing, como los europeos, quizás aguante quince.
Antes de que pueda contestarle, suena mi móvil.
– Ya no hace falta seguir investigando -anuncia Vlasópulos-. Lo han pillado.
– ¿A quién?
– Al asesino de la espada.
– ¿Quién es? -pregunto estupefacto.
– El criado negro que tenía Zisimópulos. Será mejor que venga, porque harán declaraciones a los medios.
Me pregunto qué pruebas han encontrado para detener a Bill. Quizá Stazakos haya metido la pata hasta la ingle, aunque, con la supervisión de los policías ingleses, lo dudo. Me devano los sesos pensando qué ha podido encontrar Stazakos que se me hubiera escapado a mí, pero sin resultado.