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El Hijo del Griego

Электронная книга - «El Hijo del Griego». Краткое содержание книги:

¡Como novia sí, pero como esposa no! Lindy no se podía creer que fuera la novia del armador Atreus Dionides. ¡Ella, que estaba rellenita y se ganaba la vida haciendo velas! Pero Atreus parecía encantado con sus curvas cuando le hacía el amor apasionadamente en su casa de campo. Claro que Lindy se iba a llevar dos buenas sorpresas: la primera, que ella sólo era la amante de los fines de semana y que Atreus se quería casar con una joven de la alta sociedad griega; y la segunda, imposible de esconder, que estaba embarazada de él.
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Capítulo 10

BUENA la he hecho -le dijo Lindy a Theo.

Desde la terraza en la que se encontraba había una vista magnífica del océano. Desde la casa, se extendía una espléndida pradera que bajaba hasta la playa de arena blanca y fina.

Pero Lindy no estaba disfrutando del paisaje ni de la belleza de aquel día. Toda su atención estaba puesta en su pequeño, que estaba sentado en su sillita, dando patadas al aire con fuerza. Estaba precioso con una ranita azul cielo y Lindy sonrió encantada a pesar de que no le apetecía en absoluto hacerlo.

Su estupidez había dado al traste con su relación con Atreus. Había puesto un palo en las ruedas de su matrimonio y ahora no sabía cómo quitarlo.

Habían pasado tres semanas desde su noche de bodas, aquella noche en la que se había dejado llevar por los celos, y Atreus seguía durmiendo en una habitación de invitados.

Sólo se tocaban cuando se pasaban al bebé el uno al otro o cuando Atreus creía que Lindy podía caerse. El resto del tiempo se comportaba con ella como si tuviera la peste.

Lindy había aprendido que sentirse rechazado no era motivación ni acicate para su marido, sino motivo más que suficiente para mantener las distancias.

Aparte de eso, el resto de la luna de miel estaba resultando, irónicamente, maravilloso. Aunque Atreus la estaba tratando como a una tía abuela a la que hay que ayudar al pasear o al subir al barco, no estaba escatimando esfuerzos a la hora de organizar planes para que Lindy se divirtiera.

La isla de Thrazos tenía muchas colinas cubiertas de verde vegetación en innumerables playas desiertas y Atreus se las había enseñado todas. Había un pueblecito pesquero con un puerto pintoresco y casi todos los días dejaban en él anclado el yate y bajaban a tierra a pasear.

Todos los días hacía un sol radiante y el cielo despejado los acompañaba, en sus salidas y excursiones. A veces, Lindy sentía que hacía demasiado calor y buscaba desesperadamente la sombra, pero aquel mismo calor sofocante reavivaba a Atreus.

En el mar, había brisa y Lindy se sentía mejor. Le encantaba cuando paraban en alta mar y se daban un chapuzón y disfrutaba de lo lindo de las comidas que hacían en playas donde no había nadie más que ellos.

Al poco tiempo, salir a navegar le gustaba tanto como a Atreus.

Estaba furiosa porque Atreus no comentaba nada de lo que estaba ocurriendo entre ellos. Se mostraba educado, sereno y divertido en todo momento. Lindy temía las noches, pues, tras haber acostado a Theo, Atreus se metía en su despacho a trabajar y ella no tenía más remedio que irse a la cama.

Sola.

Le encantaba la tranquilidad con la que vivían en la isla, donde iban vestidos de manera cómoda e informal todo el día. Sólo se ponía un vestido cuando caía el sol. Había cenado estupendamente en la taberna del puerto. Allí, una noche, sentada bajo un olivo centenario, había visto bailar a Atreus con otros hombres en honor del santo del lugar.

Por lo visto, Atreus siempre se había sentido libre en aquel lugar. Aquél había sido el único sitio donde sus guardianes, demasiado protectores, le habían dado rienda suelta. Allí había aprendido a navegar. Conocía a todo el mundo, se sabía todos los nombres, se paraba a hablar con ellos por la calle y les preguntaba por sus familias.

A veces, también navegaban hasta puertos más sofisticados de la isla de Rodas. Un día, Atreus le compró una preciosa joya allí y la llevó a las tiendas más exclusivas del lugar al descubrir que la ropa que se había llevado no era del todo apropiada.

Theo iba casi siempre con ellos.

Cuando llevaban allí apenas una semana lo habían bautizado en una ceremonia sencilla en la iglesia local.

Theo era un bebé precioso, tranquilo y cordial al que no le importaba dormir ni comer en cualquier sitio. Era una bendición cuidar de él.

Lindy se miró en los grandes ojos oscuros de su hijo.

– Buena la he hecho -repitió pensando en la noche de bodas que estropeó-. Y, para colmo, tu padre es muy lento -añadió pensando en la cantidad de señales que le había mandado a Atreus desde entonces y que él no había sabido o querido entender.

Para intentar compensar aquel primer desastre, había tomado la iniciativa varias veces, le había agarrado de la mano, se había puesto sus vestidos más bonitos, le había dedicado miradas y sonrisas especiales, incluso había intentado flirtear un poco con él…

En vano.

Desesperada, había llegado a tomar el sol en topless y, para su vergüenza, lo único que había conseguido había sido que Atreus le advirtiera que se iba a quemar.

Una de dos o ya no se sentía atraído por ella o le iba a tener que pedir perdón para romper el hielo.

Aquella tarde, tras despedirse de Theo, decidió que tenía que utilizar un enfoque más agresivo.

Cuando Atreus la vio aparecer en su despacho, la miró con las cejas enarcadas.

– ¿Ocurre algo? -le preguntó.

Lindy sabía que le estaba subiendo el color a las mejillas porque sentía mucho calor allí. Además, le sudaban las palmas de las manos, pero tomó aire y se lanzó.

– Vengo a decirte que siento mucho mi comportamiento de nuestra noche de bodas.

Atreus ladeó la cabeza, se echó hacia atrás y se quedó mirándola.

– ¿Lo dices de verdad? ¿Y por qué has tardado tanto en venir a arreglar el entuerto? -le preguntó muy serio.

A Lindy el entraron ganas de ponerse a chillar. Qué difícil era dialogar con aquel hombre. Jamás reaccionaba como ella esperaba.

Resultaba que allí estaba ella, intentando construir un puente entre ellos y él en actitud hostil en el momento más inoportuno.

– Tú tampoco has hecho nada para arreglar las cosas entre nosotros -le dijo.

– No era asunto mío. La pelota estaba en tu tejado -contestó Atreus-. Eras tú la que tenía que hablar. Por lo visto, te cuesta trabajo hablar conmigo -añadió con desdén-. Mira que tardaste en decirme que estabas embarazada.

Lindy lo miró estupefacta.

– No me vengas ahora con eso… ¡Eso ya está olvidado!

– De eso, nada. Sigues ocultándome cosas. Me cuesta creer que te tenía por una mujer abierta y sincera.

– La noche de bodas me comporté de manera muy estúpida -confesó Lindy retorciéndose los dedos de las manos-. No sé cómo explicártelo.

– Pues ya puedes ir encontrando la manera porque, hasta que no haya quedado satisfecho con tu explicación, no pienso volver a dormir contigo -le aseguró Atreus.

Lindy apretó los dientes.

– Estás siendo muy poco razonable.

Atreus se puso en pie y se acercó a ella.

– ¿Ah, sí? No estoy de acuerdo en absoluto. De hecho, yo creo que he sido muy generoso. Otros, en mi lugar, habrían puesto fin al matrimonio aquella misma noche. Yo, sin embargo, me he quedado y te he dado tiempo para solucionarlo. Si después de tres semanas no se te ocurre más que lo que acabas de decir, me decepcionas, la verdad.

Lindy estaba muy enfadada y estaba haciendo un gran esfuerzo por controlarse.

– ¡ Veo que ha sido una tontería por mi parte venir a pedirte perdón!

– Lo has hecho con tan poca gracia que ha sido una pérdida de tiempo, sí -contestó Atreus en actitud beligerante.

Lindy temblaba de rabia.

– A veces consigues que te odie y ahora mismo lo estás consiguiendo -le dijo-. Tenía celos de Krista. Hala, ya te lo he dicho. ¿Contento? -le espetó furiosa-. Cuando me dijiste que habías estado aquí con ella, me imaginé que habrías compartido la misma cama que ibas a compartir conmigo y no pude evitar pensar que nos ibas a comparar y que, a lo mejor, te gustaba más ella… me dio pánico, eso fue lo que pasó.

Atreus se quedó mirándola anonadado.

– ¿Me apartaste porque estabas celosa de Krista Perris?

– ¡Sí! ¡Estaba celosa de ella! -exclamó Lindy, gesticulando con las manos arriba y abajo-. ¿Cómo no iba a tener celos si la llevaste a ver a tu familia al poco de empezar vuestra relación? Yo estuve contigo año y medio y jamás me llevaste. Y a tu familia le encantó. Ella tiene todo lo que yo no tengo. Me dijiste que sólo querías una esposa que procediera del mismo mundo que tú. ¿Quién mejor que ella? Estáis hechos el uno para el otro.

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