El Hijo del Griego
- Автор: Graham Lynne
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Hijo del Griego». Краткое содержание книги:
Era cierto que la tensión emocional la había dejado exhausta.
– No quiero que seamos enemigos.
– No te preocupes por eso. Aunque el embarazo me ha tomado completamente por sorpresa, sabré llevar bien los golpes -le aseguró Atreus.
– Menuda manera de decirlo. ¿Me querías tranquilizar? -bromeó Lindy mirándose en sus preciosos ojos.
Durante una décima de segundo, lo que tardó en recuperar el control, sintió la imperiosa necesidad de acariciarle la mejilla.
– Estoy sorprendido -admitió Atreus-, pero ya se me pasará. Este niño lo va a cambiar todo.
Lindy le agradecía que fuera sincero, pero aquel comentario le dolió. Ya no sabía lo que esperaba de aquel hombre. La había sorprendido sobremanera que hubiera aceptado su paternidad, pero admitía que aquella situación le iba a cambiar la vida por completo. Atreus insistía en que quería formar parte de la vida de su hijo y había dicho que no se iba a casar con Krista, que ya no podía hacerlo…
¿Lo habría dicho porque sabía que su novia no aceptaría que su marido tuviera un hijo con otra? ¿Cómo se sentiría en aquellos momentos? ¿Estaría verdaderamente enamorado de Krista? ¿Seguiría con ella aunque no se casaran?
Lindy se dijo que todo aquello ya no era asunto suyo, pero lo cierto era que Atreus todavía le interesaba.
Tenía que mantener la guardia y no dejarse llevar por la debilidad. Tenía que mantener las distancias. Tanto física como mentalmente.
Capítulo 8
CUARENTA y ocho horas después, la doncella de Krista acompañó a Atreus a la puerta para que se fuera.
Atreus controló las emociones a duras penas. Estaba enfadado con todo y con todos, él incluido. Viendo que estaba enfadado con el mundo entero, decidió que no quería infligir aquel castigo a Lindy, así que la llamó para cambiar su cita.
– ¿Estás bien? -le preguntó ella al darse cuenta de que a Atreus le pasaba algo.
– ¿Por qué no iba a estar bien? -contestó él sin embargo-. Siento mucho estos cambios de última hora.
Lindy se mordió la lengua y se dijo que no tendría que haberle hecho una pregunta tan personal.
– No pasa nada -le aseguró muerta de vergüenza.
Acto seguido, se miró al espejo que tenía en el vestíbulo de entrada e hizo una mueca de disgusto.
Se había recogido el pelo a la perfección, se había maquillado y se había puesto un conjunto nuevo.
¿Es que no iba a aprender nunca? ¿Por qué se hacía aquellas cosas?
A continuación, se dirigió al comedor, donde su invitada estaba terminando su comida.
– Atreus acaba de cancelar la cita. Nos veremos mañana -le dijo.
– Vaya… -contestó la princesa Elinor de Quaram peinando la cabecita de su hijo menor con los dedos-. Cuánto lo siento -añadió mientras Tarif, un precioso niño que había sacado el pelo oscuro de su padre y los ojos claros de su madre volvía a jugar con sus juguetes.
– Él nunca hace estas cosas. Debe de haber ocurrido algo -contestó Lindy mientras observaba a Sami y a Mariyah volando una cometa en el jardín con ayuda de su padre-. No pienso enfadarme ni disgustarme. No me afecta lo que haga.
Su amiga la miró dubitativa.
– De verdad… ya me he olvidado de él -insistió Lindy.
– Si tú lo dices -contestó Elinor-. No lo has pasado bien durante los últimos meses, así que no tomes ninguna decisión precipitada.
A la mañana siguiente, mientras esperaba a Atreus, Lindy se dijo que debía mantener la calma.
No era más que el padre de su hijo, sólo eso. No había problema.
Sí, bueno, era cierto que era un hombre guapísimo, pero estaba con otra mujer y lo único que había ya entre ellos era un embarazo no deseado.
Lindy lo observó llegar en un espectacular Bugatti Veyron y se tuvo que obligar a contar hasta diez para abrir la puerta.
Al hacerlo, Atreus le entregó un ramo de rosas que Lindy aceptó sorprendida, pues Atreus no le había regalado rosas ni cuando estaban juntos.
Confusa, se dirigió a la cocina a ponerlas en agua.
Atreus esperó impaciente su regreso. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que curiosamente no le estaba molestando el olor a lavanda que impregnaba toda la casa.
Haciendo gala de sus dotes de anfitriona perfecta, Lindy reapareció con una bandeja con café y galletas para él y limonada casera para ella.
– Mi empresa va muy bien -le dijo muy orgullosa.
– Sí, pero tu trabajo es muy físico -contestó Atreus-. Me gustaría contratar a alguien para que se encargara de ciertas tareas.
– No necesito ayuda. No estoy enferma. Sólo embarazada.
– He hablado con un amigo médico que tengo y me ha dicho que durante el embarazo no te conviene el trabajo que realizas.
Lindy apretó los dientes.
– Eso lo decido yo -anunció.
Atreus la miró muy serio.
– Te recuerdo que también es asunto mío puesto que también es mi hijo.
La manera en que lo dijo atribuló a Lindy, que había elegido olvidar lo autoritario y directo que Atreus podía llegar a ser.
Lindy tomó aire para controlar su enfado y se dijo que era bueno que Atreus se preocupara por su estado de salud.
– No te preocupes, no voy a hacer ninguna estupidez.
– Como nunca aceptas ayuda de nadie, podrías cometerla en cualquier momento -insistió Atreus con una precisión irritante-. Por favor, contrata un ayudante y yo lo pagaré. Sólo hasta que des a luz.
Lindy no pudo seguir aguantando por más tiempo.
Estaba furiosa.
– Te agradezco tu preocupación, pero mi vida y mi trabajo no son asunto tuyo.
– ¿Cómo que no? Tú y todo lo que te incumbe es asunto mío -ronroneó Atreus.
– ¿Desde cuándo? -lo increpó Lindy.
– Desde el mismo momento en el que te quedaste embarazada -contestó Atreus-. Si me lo hubieras dicho cuando te enteraste, seguiríamos juntos.
Lindy bajó la mirada.
– Eso lo dices ahora… claro… te recuerdo que hace cinco meses me dijiste muy claramente que un embarazo no deseado destrozaría nuestra relación.
– Lo dije por lo que me ha pasado con otras mujeres. No hagas caso de lo que dije entonces -le dijo con convicción-. He venido a pedirte que te cases conmigo.
Lindy, que estaba sirviéndose un vaso de limonada, lo miró con los ojos desorbitados. Se había quedado tan estupefacta, que no se dio cuenta de que el líquido estaba rebosando ya sobre la bandeja. Atreus se puso en pie y le retiró la jarra de la mano para parar el estropicio.
– No me lo puedo creer -contestó Lindy.
– ¿No te parece natural? Vamos a tener un hijo.
– ¡De natural no tiene nada! -contestó Lindy-. Lo dejamos, precisamente, porque dijiste alto y claro que jamás te casarías con alguien como yo. ¿Y Krista?
Atreus apretó los dientes.
– Agua pasada.
– ¡Pero te ibas a casar con ella! -protestó Lindy.
– ¿Ah, sí?
– La llevaste a que conociera a tu familia. Estaba claro que ibas en serio -contestó Lindy, dolida todavía por el hecho de que a ella, que había mantenido una relación con Atreus durante año y medio, nunca la había llevado a casa de los Dionides.
Atreus no quería enturbiar la situación removiendo el asunto de Krista, así que se encogió de hombros.
– Es absurdo ponernos a hablar ahora de lo que podría haber sido.
Lindy no estaba convencida.
– Quiero que hablemos de nosotros -insistió Atreus.
– ¿Nosotros? ¿Qué nosotros? No hay ningún nosotros. Sí, estoy embarazada, pero eso no hace que los últimos meses no hayan existido ni me hace olvidar la razón por la que nos separamos.
Atreus tomó aire. La tensión se palpaba en el aire.
– No quiero casarme por estar embarazada, ¿sabes? -continuó Lindy-. Supongo que te debo agradecer que me lo hayas propuesto, pero te recuerdo que cuando lo dejamos fue porque me dijiste que no sería una buena esposa para ti. Me lo dejaste bien claro. No creo que haya cambiado nada desde entonces a ese respecto.