Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
– ¿Y las criadas de los demás edificios? -preguntó la tesorera.
– Quizá haya dos o tres que ocupan dormitorios en cada edificio -contestó la administradora-. Todas son mujeres de confianza que están a nuestro servicio desde antes de que yo llegar No tengo aquí la lista, pero creo que hay tres en el Tudor, tres o cuatro en el Queen Elizabeth y una en cada una de las cuatro buhardillas del patio nuevo. En Burleigh solo hay habitaciones de alumnas. Y naturalmente, está el personal al servicio de la rectora, además de la ayudante de la enfermera, que duerme con en la enfermería.
– Tomaré medidas para que el personal que trabaja para mí no obre mal -dijo la doctora Baring-. Y será mejor que usted haga otro tanto en la enfermería, administradora. Y, por su propio interés, se debería someter a cierta vigilancia a las criadas que no duermen en el college.
– Pero por supuesto, rectora… -empezó a decir con vehemencia la señorita Barton.
– Por su propio interés -repitió la rectora con tranquilidad firmeza-. Señorita Barton, estoy completamente de acuerdo c usted en que no existen más razones para sospechar de ellas que una de nosotras, pero mayor motivo para dejarlas fuera de este asunto de una vez por todas.
– Desde luego -replicó la administradora.
– En cuanto al método para mantener vigiladas a las criadas o a cualquiera, estoy convencida de que cuantas menos personas estén al tanto, mejor. Quizá la señorita Vane pueda sugerir un buen sistema, confidencialmente, a mí o a…
– Exactamente -intervino la señorita Hillyard con tono grave-. ¿A quién? Que yo sepa, no podemos confiar plenamente en ninguna de nosotras.
– Es cierto, por desgracia -dijo la directora-. Y también es aplicable a mí. Si bien huelga decir que tengo plena confianza en las responsables del college, tanto en conjunto como individualmente, me parece que, exactamente como en el caso de las criadas, es de suma importancia que tomemos precauciones, por nuestro propio interés. ¿Qué opina usted, vicerrectora?
– Sin duda -contestó la señorita Lydgate-. No debemos hacer ninguna distinción. Estoy dispuesta a someterme a cualquier medida de vigilancia que se nos recomiende.
– Bueno, al menos usted difícilmente podría ser sospechosa -dijo la decana-. Es usted la más perjudicada.
– Todas hemos sido perjudicadas de uno u otro modo -terció la señorita Hillyard.
– Creo que debemos tener en cuenta lo que, a mi entender, es una costumbre muy conocida de estos desventurados… eh… escritores de cartas anónimas: enviarse cartas a sí mismos para desviar las sospechas. ¿No es así, señorita Vane?
– Sí -contestó Harriet, rotunda-. En el caso que nos ocupa, parece improbable que alguien se causara a sí misma el daño material que han infligido a la señorita Lydgate, pero si empezamos a hacer distinciones, será difícil saber dónde poner límites. No creo que deba aceptarse como prueba nada que no sea una coartada clara.
– Y yo no tengo ninguna coartada -dijo la señorita Lydgate-. El sábado no salí del colegio hasta después de que la señorita Hillyard se fuera a comer. Fui al Tudor durante la hora del almuerzo, a devolver un libro a la habitación de la señorita Chilperic antes de marcharme, de modo que no habría tenido dificultad para recoger el manuscrito en la biblioteca.
– Pero sí tiene coartada para el momento en que las pruebas se dejaron en la sala del profesorado -replicó Harriet.
– No, ni siquiera para eso -dijo la señorita Lydgate-. Vine en el primer tren y llegué cuando todo el mundo estaba en la capilla. Tendría que haber sido muy rápida para correr hasta la sala de profesoras, tirar dentro las pruebas y volver a mis habitaciones antes de que se descubriera lo ocurrido, pero supongo que podría haberlo hecho. En cualquier caso, preferiría que se me tratase igual a que a las demás.
– Gracias -dijo la rectora-. ¿Hay alguien que no piense lo mismo?
– Estoy segura de que todas pensamos lo mismo -respondió la decana-. Pero estamos pasando por alto a un grupo de personas.
– Las alumnas actuales que estuvieron en la celebración -dijo la rectora-. Bien. ¿Qué ocurre con ellas?
– He olvidado quiénes eran exactamente, pero creo que la mayoría estaban preparándose para los exámenes de la facultad y q ya han terminado. Ya lo veré en las listas. Y, ah, claro, también estaba la señorita Cattermole, para presentarse al primer examen de la licenciatura… por segunda vez.
– Ah, sí, Cattermole -dijo la administradora.
– ¿Y la que iba a examinarse para la licenciatura… cómo llama? Hudson, ¿no? ¿No estaba aquí todavía?
– Sí -contestó la señorita Hillyard.
– Deben de estar en segundo y tercero, supongo -dijo Harriet-. Por cierto, ¿se sabe quién es el «joven Farringdon» de la nota dirigida a la señorita Flaxman?
– Ahí está -dijo la decana-. El joven Farringdon es alumno de… New College, creo, y estaba prometido a Cattermole cuando empezaron sus estudios, pero ahora está prometido a Flaxman.
– ¿En serio?
– Sobre todo, creo, o en parte, a consecuencia de esa carta. Según me han contado, la señorita Flaxman acusó a la señorita Cattermole de haberla enviado y se la enseñó al señor Farringdon, con el resultado de que el caballero rompió el compromiso e hizo objeto de sus afectos a Flaxman.
– No es muy bonito que digamos -dijo Harriet.
– No, pero no creo que el compromiso con Cattermole fuera mucho más que un acuerdo entre familias, y el nuevo compromiso no mucho más que el reconocimiento del fait accompli. Supongo que ha habido cierto revuelo en segundo por esta historia.
– Comprendo -dijo Harriet.
– La cuestión que sigue planteándose es qué medidas vamos a tomar -dijo la señorita Pyke-. Hemos pedido consejo a la señorita Vane y, personalmente debo reconocer, sobre todo en vista de lo que hemos oído esta tarde, que es sobradamente necesario que una persona de fuera nos preste ayuda. Decididamente, no es recomendable recurrir a la policía, pero ¿puedo preguntar si, en la fase en la que nos encontramos, se está sugiriendo que la señorita Vane inicie personalmente una investigación? ¿O que, por el contrario, ella nos proponga que pongamos el asunto en manos de un detective privado? ¿O qué?
– Me encuentro en una situación muy incómoda -contestó Harriet-. Estoy dispuesta a prestar cuanta ayuda pueda, pero supongo que comprenderán que esta clase de indagaciones suelen llevar mucho tiempo, sobre todo si el investigador tiene que ocuparse de ellas sin la colaboración de nadie. Es casi imposible vigilan o controlar eficazmente un sitio como este, donde la gente entra sale a todas horas. Haría falta una pequeña brigada de detectives, aunque se hicieran pasar por criadas o alumnas, podría resultar muy embarazoso.
– ¿No se pueden obtener pruebas materiales examinando los propios documentos? -preguntó la señorita Pyke-. Hablando solo por mí misma, estaría dispuesta a que me tomaran las huellas dactilares o a someterme a cualquier otra medida de precaución que se considerase necesaria.
– Me temo que lo de las huellas dactilares no es tan fácil como parece en los libros. Es decir, naturalmente que se podrían tomar las huellas del claustro, e incluso de las sirvientas, aunque no les haría mucha gracia, pero dudo que se encontraran huellas distinguibles en un papel tan basto. Y además…
– Además -interrumpió la decana-, cualquier malhechor sabe hoy en día lo suficiente sobre huellas dactilares para ponerse guantes.
– Y si no lo sabíamos, ya nos hemos enterado -dijo la señorita De Vine con cierta crudeza, interviniendo por primera vez.
– ¡Santo cielo! -exclamó la decana impetuosamente-, me había olvidado que nosotras estamos metidas en esto.