Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
Cogió el teléfono sin muchas ganas y pidió una conferencia con Oxford. Mientras esperaba reflexionó sobre el asunto a esa nueva luz. La decana no entraba en detalles sobre las cartas ofensivas, salvo que de ellas se desprendía cierto resentimiento contra el claustro y que la responsable parecía ser del college. Era natural atribuir las novatadas destructoras a las alumnas, pero claro, la decana no sabía lo que sabía Harriet. Una mente pervertida y reprimida es capaz de volverse contra sí misma. «Virginidad amargada»… «vida antinatural»… «solteronas medio dementes»… «apetitos insatisfechos e impulsos reprimidos»… «atmósfera malsana»… Se le ocurrieron una serie de epítetos, ya acuñados para su difusión. ¿Era eso lo que habitaba en la torre de la colina? ¿Resultaría ser como la torre de lady Atalía en Viento juguetón, morada de frustración, perversión y locura? «Si tu ojo es único, todo tu cuerpo estará lleno de luz…», pero ¿es físicamente posible tener visión única? «¿Qué hacer con las personas con la maldición de tener cerebro y corazón?» Para ellas, la visión estereoscópica probablemente era una necesidad; ¿para quién no? (Era una forma absurda de jugar con las palabras, pero algo significaba.) Y entonces, ¿qué pasaba con el asunto de elegir una forma de vida? Al fin y al cabo, ¿había que llegar a un compromiso, simplemente para mantener la cordura? Entonces, se estaba condenada para siempre a aquella espantosa guerra interior, con confusión de ruidos y ropas empapadas en sangre… y, reflexionó lúgubremente, con las consecuencias habituales de la guerra: moneda alterada, menor rendimiento y gobiernos inestables.
En ese momento le dieron la conferencia, y oyó la agitada voz de la decana. Tras asegurarle que carecía de dotes detectivescas en la vida real, Harriet expresó su preocupación y simpatía y a continuación hizo la pregunta que, para ella, era fundamental.
– ¿Cómo están escritas las cartas?
– Precisamente esa es la dificultad. La mayoría están hechas con trozos de periódico pegados, así que no se puede identificar la letra.
Eso parecía zanjar el asunto: no había dos corresponsales anónimas; solo una. Bien.
– ¿Son solamente obscenas o también insultantes o amenazadoras?
– Las tres cosas. Insultos de cuya existencia no sabía la pobre señorita Lydgate (lo peor que conoce es por el teatro de la Restauración), y amenazas que van desde hacerlo público hasta el patíbulo.
De modo que aquella era la torre de lady Atalía.
– Aparte de al claustro, ¿se las envían a alguien más?
– No podría decirlo, porque la gente no siempre te cuenta lo que pasa, pero según tengo entendido, también las han recibido un par de alumnas.
– ¿Y unas veces llegan por correo y otras a la conserjería?
– Sí. Y han empezado a aparecer en las paredes, y recientemente las meten por debajo de las puertas por la noche. Así que da la impresión de que debe de ser alguien que vive en el college.
– ¿Cuándo apareció la primera?
– Tengo la absoluta certeza de que la primera se la enviaron a la señorita De Vine, el pasado otoño. Era el primer bimestre que pasaba aquí y, naturalmente, pensó que era alguien que le guardaba rencor por una cuestión personal, pero poco después las recibieron varias personas más, así que llegamos a la conclusión de que no podía ser eso. Nunca nos había pasado una cosa semejante, de modo que ahora nos inclinamos a pensar que tenemos que vigilar a las alumnas del primer curso.
Precisamente la gente que no puede ser, pensó Harriet, pero se limitó a decir:
– No hay que descartar nada. La gente puede andar bien una temporada hasta que de repente algo las hace estallar. El principal problema de estas cosas es que la persona en cuestión suele actuar con normalidad en otros aspectos. Podría ser cualquiera.
– Es verdad. Supongo que incluso podría ser una de nosotras. Eso es lo más terrible. Sí, ya lo sé, vírgenes de cierta edad y todo eso. Es espantoso pensar que una puede estar codo con codo con alguien que piensa así. ¿Cree que esa pobre desgraciada sabe lo que hace? Llevo varias noches despertándome con pesadillas, sin saber si no habré andado por ahí sonámbula escupiendo a la gente o algo. ¡Y estoy tan asustada por la próxima semana! ¡El pobre lord Oakapple viene a inaugurar la biblioteca y todas esas áspides ponzoñosas rezumando veneno sobre sus botas! ¿Se imagina si le enviaran algo a él?
– En fin, creo que iré la próxima semana. Existe una buena razón para que yo no sea la persona más adecuada para hacerse cargo de esto, pero por otra parte creo que debo ir. Ya le diré por qué cuando nos veamos.
– Es usted muy amable. Estoy segura de que podrá proponer algo. Supongo que querrá ver todas las muestras que tenemos. ¿Sí? Muy bien. Guardaremos con cariño todos los fragmentos que tenernos. ¿Debemos recogerlos con pinzas para que se conserven mejor las huellas dactilares?
Harriet dudaba de que las huellas dactilares sirvieran de gran ayuda, pero aconsejó que en principio se tomaran precauciones. Una vez acabada la llamada, aún con el agradecimiento de la decana resonándole en los oídos, se quedó unos momentos con el auricular en la mano. ¿Había algún sitio al que pudiera recurrir en busca de consejo? Sí lo había, pero no le hacía ninguna gracia hablar sobre el asunto de las cartas anónimas, y aún menos sobre lo que habitaba en las torres académicas. Colgó con firmeza y se alejó del teléfono.
A la mañana siguiente se despertó con distinto ánimo. Había proclamado que los sentimientos personales no deben entorpecer el interés público. Y así debía ser. Si Wimsey podía resultar útil a Shrewsbury College, ella lo utilizaría. Le gustara o no, soportara o no que le dijera «¿Qué te había dicho yo?», se tragaría el orgullo y le preguntaría cómo había que proceder. Se bañó y se vistió, consciente de su desinteresada dedicación a la causa de la verdad. Entró en el salón y disfrutó de un buen desayuno, satisfecha consigo misma. Cuando estaba terminando la tostada con mermelada llegó la secretaria con el correo de la mañana. Entre las cartas había una apresurada nota de Peter, enviada la noche anterior desde la estación Victoria.
Me han arrastrado otra vez al extranjero casi sin previo aviso. Primero París y después Roma. Después, sabe Dios. Si me necesitas (per impossibile), puedes ponerte en contacto conmigo a través de las embajadas, o Correos me reenviará las cartas desde la dirección de Piccadilly. De todos modos, tendrás noticias mías el 1 de abril.
P.D.B.W.
Post occasio calva. Difícilmente podría ponerse a bombardear las embajadas con cartas sobre un pequeño asunto, oscuro y complicado, en un college de Oxford, sobre todo cuando el corresponsal estaba dedicado a otra investigación urgente por toda Europa. Debían de haberlo avisado con urgencia, porque la nota estaba escrita mal y apresuradamente, como si la hubiera garrapateado en el último momento en un taxi. Harriet se entretuvo pensando, divertida, si le habrían pegado un tiro al príncipe de Ruritania o si el mayor sinvergüenza de Europa habría dado otro golpe o si se trataba de una conspiración internacional para destruir la civilización con un rayo mortífero… situaciones frecuentes en sus novelas. Fuera lo que fuese, tendría que seguir adelante sin ayuda y refugiarse en espíritu independiente.
Capítulo 5
La virginidad es un hermoso cuadro, como lo denomina Buenaventura, una bendición en sí misma, y si hemos de creer a un papista, algo de gran mérito. Y si bien a tales personas afligen ciertas molestias, irritación, aislamiento, etcétera… no son estos sino juegos, fácilmente soportables, en comparación con las frecuentes dificultades del matrimonio. Y a mi parecer, tarde o temprano, entre tantos acaudalados solteros, se encontrará un benefactor que erija un college monástico para que vivan juntas las doncellas ancianas, decrépitas, deformes o descontentas, que han perdido su primer amor o se les ha malogrado, o que por lo que sea desean llevar una vida de celibato. Lo demás, insisto, son juegos en comparación, y suficientemente recompensados por los innumerables gozos y los inigualables privilegios de la virginidad.