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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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Cuando se encontraron las pruebas, estaban pintarrajeadas con tinta. Habían tachado todos los cambios en los márgenes del manuscrito y escrito en algunas páginas epítetos ofensivos en torpes mayúsculas. Habían quemado la introducción del manuscrito y había una nota que lo anunciaba triunfalmente en grandes letras de imprenta pegada en la primera página de las pruebas.

Con tales noticias había tenido que recibir la señorita Hillyard a la señorita Lydgate cuando esta volvió al college el lunes, inmediatamente después del desayuno. Se hizo todo lo posible por averiguar el momento exacto en que las pruebas habían desaparecido de la biblioteca. Se descubrió quién era la persona que estaba en el cubículo del fondo, que resultó ser la bibliotecaria, la señorita Burrows. Sin embargo, dijo que no había visto a la señorita Hillyard, que había entrado después que ella y se había ido a comer antes que ella y tampoco había visto las pruebas, o al menos no se había percatado de que estuvieran sobre la mesa. No habían ido muchas usuarias a la biblioteca el sábado por la tarde, pero una alumna que había entrado alrededor de las tres a consultar el Diccionario de latín tardío de Ducange, en el cubículo donde había estado trabajando la señorita Hillyard, dijo que había cogido el libro y lo había puesto sobre la mesa, y que pensaba que si las pruebas hubieran estado allí, las habría visto. La alumna en cuestión era una tal señorita Waters, alumna de la señorita Shaw de segundo año de francés.

La situación se puso un tanto embarazosa por la intervención de la administradora, que al parecer había visto a la señorita Hillyard entrando en la sala de profesoras justo antes de la hora de la capilla el domingo por la mañana. La señorita Hillyard explicó que solo había llegado hasta la puerta, pensando que se había dejado allí la toga, pero que al recordar a tiempo que la había colgado en el guardarropa del edificio Queen Elizabeth, se marchó inmediatamente, sin entrar en la sala. Preguntó airada si la administradora sospechaba que ella había cometido el desaguisado. La señorita Stevens contestó: «Claro que no, pero si la señorita Hillyard hubiera entrado, podría haber visto si las pruebas estaban ya en la sala y aportar así un terminus quo, o en su defecto, ad quem, para esa parte de la investigación».

En realidad, esas eran todas las pruebas materiales de que se disponía, aparte de que había desaparecido un tintero de gran tamaño del despacho de la secretaria y tesorera, la señorita Allison. No había tenido ocasión de entrar en el despacho ni el sábado por la tarde ni el domingo; solo podía decir que el tintero estaba en el sitio de costumbre el sábado a la una. No cerró con llave la puerta del despacho en ningún momento, puesto que allí no se guardaba dinero, y todos los papeles importantes se dejaban a buen recaudo en una caja fuerte. Su ayudante no vivía en el college y no había estado durante el fin de semana.

Solo se había producido otro acontecimiento de cierta importancia: la aparición de garabatos desagradables en pasillos y servicios. Naturalmente, habían borrado tales inscripciones en cuanto las habían visto y ya no estaban disponibles.

Por supuesto, habían tenido que notificar oficialmente la pérdida y la posterior manipulación de las pruebas de la señorita Lydgate. La doctora Baring había hablado ante todo el college para Preguntar si alguien tenía alguna prueba. Nadie presentó ninguna, e inmediatamente advirtió de que el asunto no debía conocerse fuera del college e indicó que cualquiera que enviara comunicaciones indiscretas a los periódicos de la universidad o a la prensa podría incurrir en grave falta disciplinaria. Un delicado interrogatorio en los demás colleges femeninos puso de manifiesto que el acoso se limitaba, de momento, a Shrewsbury.

Como tampoco hasta el momento había salido a la luz nada que demostrara que el acoso hubiera empezado antes de octubre, era natural que las sospechas se centrasen en las alumnas de primer curso. Cuando la doctora Baring llegó a este punto de su exposición, Harriet sintió la obligación de hablar.

– Creo que me encuentro en situación de descartar el primer curso, e incluso a la mayoría de las actuales alumnas -dijo.

Y con cierto desasosiego, continuó contando a las allí reunidas cómo había encontrado los dos ejemplares de la obra de la escritora anónima, la noche de la celebración y después.

– Gracias, señorita Vane -dijo la rectora cuando hubo acabado Harriet-. Lamento profundamente que tuviera una experiencia tan desagradable, pero naturalmente, su información reduce mucho el campo de la investigación. Si la culpable es alguien que asistió a la celebración, debe de ser una de las pocas alumnas actuales que estaban esperando los exámenes orales, una de las criadas o… una de nosotras.

– Sí, me temo que así es.

Las profesoras se miraron unas a otras.

– Por supuesto, no puede ser una antigua alumna -añadió la doctora Baring-, puesto que esas atrocidades han continuado después, ni una residente en Oxford ajena al college, puesto que sabemos que han metido papeles por debajo de la puerta de algunas personas por la noche, por no hablar de las inscripciones en las paredes, que, según se ha demostrado, aparecen entre la medianoche y la mañana siguiente. Por consiguiente, hemos de preguntarnos quién, entre el número relativamente reducido de personas pertenecientes a las tres categorías que he mencionado, podría ser la responsable.

– Sin duda, es mucho más probable que sea una de las criadas que una de nosotras -intervino la señorita Burrows-. Difícilmente puedo imaginarme que ninguna de las presentes en esta sala sea capaz de algo tan repugnante, mientras que esa clase de personas…

– Creo que ese comentario es muy injusto -la interrumpió la señorita Barton-. Estoy firmemente convencida de que no debemos permitir que nos cieguen los prejuicios de clase.

– Que yo sepa, todas las criadas son mujeres de magnífico carácter, y les aseguro que contrato al personal con sumo cuidado -dijo la administradora-. Naturalmente, las encargadas de fregar y otras mujeres que vienen de día están libres de sospecha. Además, recordarán que la mayoría de las criadas duermen en un ala aparte. La puerta exterior se cierra con llave por la noche y las ventanas de la planta baja tienen rejas, aparte de la verja de hierro que aísla la entrada trasera del resto de los edificios. La única comunicación posible por la noche sería a través de la despensa, que también se cierra con llave. La jefa de criadas tiene las llaves. Carrie lleva con nosotras quince años, y supongo que es de fiar.

– Nunca he llegado a comprender por qué hay que encerrar por la noche a las pobres criadas como si fueran fieras salvajes, mientras que todas las demás pueden entrar y salir cuando y como les plazca -dijo la señorita Barton mordazmente-. De todos modos, tal y como están las cosas, mejor para ellas.

– Como usted bien sabe -replicó la administradora-, la razón es que no hay portero en la entrada de servicio, y que a cualquier persona no autorizada no le resultaría difícil saltar por las verjas de fuera. Y también quisiera recordarle que todas las ventanas de la planta baja que dan directamente a la calle y al patio de la cocina, incluidas las de las profesoras, tienen barrotes. Con respecto a cerrar con llave la despensa, yo diría que se hace para evitar que la saqueen las alumnas, como ocurría con frecuencia en la época de mi predecesora, según tengo entendido. Se toman tales precauciones con las personas pertenecientes al colegio y con las criadas por igual.

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