En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
En ese momento Gwyneira contaba a Helen, a su vez, una versión ligeramente suavizada de las relaciones comerciales de Gerald con su familia que habían llevado a la proposición de matrimonio.
– Sé que me caso en una granja floreciente, de cuatrocientas hectáreas de tierra y con cinco mil ovejas de propiedad que todavía tiene que crecer -concluyó-. Sé que mi suegro mantiene relaciones sociales y comerciales con las mejores familias de Nueva Zelanda. Es evidente que es rico, si no no podría haberse permitido este viaje y todo lo demás. Pero sobre mi futuro esposo, no sé nada.
Helen escuchaba con atención, pero le resultaba difícil compadecerse de Gwyneira. En realidad Helen estaba tomando dolorosamente conciencia de que su nueva amiga estaba mejor informada sobre su futura vida que ella misma. Howard no le había comunicado nada sobre el tamaño de su granja ni de su ganado, ni sobre sus contactos sociales. Respecto a su situación financiera, sólo sabía que no tenía deudas, pero que no podía permitirse gastos de mayor envergadura, como el dinero para un viaje a Europa, aunque fuera en la entrecubierta. ¡Al menos escribía cartas preciosas! Ruborizándose de nuevo, Helen sacó del bolsillo el escrito, que ya estaba totalmente gastado de tanto leerlo, y se lo tendió a Gwyneira. Las dos mujeres habían tomado asiento entretanto al borde del bote salvavidas. Gwyneira leyó con curiosidad.
– Pues sí, escribir sí sabe… -dijo al final reservada, plegando la carta.
– ¿Encuentra algo raro? -preguntó Helen temerosa-. ¿No le gusta la carta?
Gwyneira se encogió de hombros.
– A mí no es a quien debe gustarle. Si tengo que serle sincera, la encuentro un poco ampulosa. Pero…
– ¿Pero? -la urgió Helen.
– Bueno, lo que encuentro extraño…, nunca hubiera pensado que un granjero escribiera cartas tan bonitas. -Gwyneira se volvió. Encontraba la carta más que extraña. Resultaba obvio que Howard O’Keefe podía ser un hombre muy cultivado. También su padre era a un mismo tiempo un gentleman y un granjero; eso no era inusual en la Inglaterra rural y en Gales. Pero pese a toda su formación, Lord Silkham nunca había utilizado unas fórmulas tan rebuscadas como ese Howard. Además, en las negociaciones matrimoniales entre nobles se intentaba poner las cartas sobre la mesa. Las futuras parejas debían saber lo que les esperaba y en ese caso Gwyneira echaba en falta datos sobre la situación económica de Howard. También le parecía extraño que no pidiera una dote o que no renunciara al menos expresamente a ella.
Claro que el hombre no había contado con que Helen tomara el próximo barco para arrojarse a sus brazos. Tal vez esas lisonjas eran útiles sólo en las primeras tomas de contacto. Pero no cabía duda de que lo encontraba extraño.
– Es precisamente muy sentimental -defendió Helen a su futuro esposo-. Escribe justo como yo lo había deseado. -Sonrió feliz y ensimismada.
Gwyneira respondió con otra sonrisa.
– Está bien -dijo, pero se propuso en silencio preguntar a su suegro cuando se presentara la ocasión acerca de Howard O’Keefe. A fin de cuentas, también criaba ovejas. Cabía la posibilidad de que ambos hombres se conocieran.
Por de pronto, sin embargo, no lo consiguió: las horas de las comidas, que constituían el marco adecuado para realizar tales pesquisas de urgencia se suspendieron en su mayoría a causa del fuerte oleaje. El buen tiempo del primer día de viaje se había revelado engañoso. En cuanto llegaron al Atlántico, el viento cambió de golpe y el Dublin navegaba luchando contra la lluvia y la tormenta. Muchos pasajeros estaban mareados y por esa razón preferían evitar las comidas o llevárselas a sus camarotes. Gerald Warden y Gwyneira, empero, no se veían afectados por el temporal, pero si no había convocada ninguna cena oficial solían comer a horas distintas. Gwyneira lo hacía con un objetivo: su futuro suegro habría acabado por no consentir que ordenara tan abundantes cantidades de comida para hacérselas llegar a las pequeñas discípulas de Helen. A Gwyn, por el contrario, le habría gustado abastecer de comida a todos los demás pasajeros de la entrecubierta. Al menos los niños necesitaban cualquier alimento que pudieran recibir para mantenerse más o menos calientes. Aunque era pleno verano y la temperatura exterior, pese a la lluvia, no demasiado baja. Con la mala mar, sin embargo, el agua entraba en los camarotes de la entrecubierta y todo estaba húmedo, no había ni un lugar seco en el que poder sentarse. Helen y las niñas se congelaban con la ropa mojada, pero pese a eso la institutriz mantuvo firmemente las clases diarias de sus discípulas. Los otros niños del barco no recibían durante ese período ninguna clase. El médico del barco, que debía cumplir la tarea de maestro, también estaba mareado y se aturdía con abundante ginebra del botiquín.
Por lo demás, las condiciones en la entrecubierta lo eran todo menos agradables. Debido a la tormenta, en el área de las familias y de los caballeros, los lavabos rebosaban y por esa razón la mayoría de los pasajeros apenas si se lavaban. Con las actuales temperaturas reinantes hasta la misma Helen no tenía ganas de lavarse, pero persistió en que sus niñas utilizaran una parte de la ración diaria de agua para su higiene corporal.
– Me gustaría lavar también los vestidos, pero es que no se secan, no hay nada que hacer -se lamentó, por lo que Gwyneira prometió prestarle un vestido de recambio. Su camarote estaba caldeado y perfectamente aislado. Incluso con el más feroz oleaje, el agua no penetraba para echar a perder las mullidas alfombras y los elegantes muebles tapizados. Gwyneira tenía mala conciencia, pero no podía pedir a Helen que ella y las niñas fueran a sus aposentos. Gerald jamás lo habría permitido. Así que, como mucho, se llevaba a Dorothy o a Daphne con el pretexto de tener que arreglar algo de sus vestidos.
– ¿Por qué no das la clase abajo, con los animales? -preguntó al final, después de encontrar a Helen temblando de nuevo en la cubierta, donde las niñas estaban leyendo por turnos Oliver Twist. En la cubierta inferior hacía frío, pero al menos estaba seca y el aire fresco era más agradable que la atmósfera húmeda de la entrecubierta-. Cada día se limpia, por mucho que los marineros maldigan. El señor Warden comprueba que las ovejas y caballos están bien alojados. Y el intendente de víveres es meticuloso con los animales de matanza. A fin de cuentas, no los carga para que se los lleven y tengan que lanzar la carne por la borda.
Tal como quedó demostrado, los cerdos y las aves servían como provisiones vivas a los pasajeros de la primera clase y las vacas se ordeñaban, en efecto, cada día. Los viajeros de la entrecubierta, empero, no veían ninguno de tales manjares, hasta que Daphne sorprendió a un joven que por las noches ordeñaba a escondidas. Sin el menor reparo lo delató, no sin antes observarlo e imitar los movimientos para obtener ella misma la leche. Desde ese día, las niñas tuvieron leche fresca. Y Helen fingía no darse cuenta de nada.
Así pues, Daphne aprobó de inmediato, entusiasmada, la sugerencia de Helen. Mientras ordeñaba y robaba huevos, ya hacía tiempo que se había percatado de que hacía mucho más calor en los establos improvisados situados bajo la cubierta. Los grandes cuerpos de los bueyes y caballos desprendían un calor consolador y la paja era mullida y solía estar más seca que los colchones de sus literas. Al principio, Helen se resistió, pero luego dio su consentimiento. En total, dio clases en el establo durante tres semanas, hasta que el intendente la descubrió, sospechó que robaba los víveres y la sacó de allí echando pestes. Entretanto, el Dublin había dejado atrás el golfo de Vizcaya. El mar se apaciguó y aumentaron las temperaturas. Los pasajeros de la entrecubierta sacaron aliviados los vestidos y la ropa de cama mojada para que se secaran al sol. Alabaron a Dios por el buen tiempo, pero la tripulación les advirtió que pronto llegarían al océano Índico y maldecirían el sofocante calor.