La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
El kender se plantó frente a la criatura enanil, y al instante se disipó su júbilo.
—¡Tú no eres Flint —le reprochó—, sino Arack!
El kender retrocedió indeciso cuando el enano que había ostentado el cargo de maestro de ceremonias de los Juegos levantó el rostro y lo miró, con tan perversa mueca en sus desfigurados rasgos que a Tas se le heló la sangre en las venas. Era ésta una sensación que nunca había experimentado, pero, antes de que disfrutara de la novedad, el individuo se levantó de un salto para lanzarse sobre él.
Ágil por naturaleza, Tasslehoff esquivó la embestida y meció la antorcha frente a su rival a fin de mantenerle a raya mientras, con la otra mano, buscaba el cuchillo que solía ajustarse a su cinto. En el momento en que tanteó el arma y se dispuso a contraatacar, Arack se esfumó en el aire. También el árbol se disolvió, y el kender se halló de nuevo solo en el centro de un desierto, bajo un cielo de llamas tamizadas.
—Estoy hecho un lío —admitió, con un leve quiebro en la voz que no acertó a disimular—. Esta situación, lejos de ser divertida, resulta en extremo abrumadora, ominosa. Fizban no me prometió que la vida en el más allá sería una fiesta interminable, pero estoy convencido de que no me deparaba tantos horrores.
Guardó unos momentos de silencio, en los que escudriñó de nuevo el paisaje con el cuchillo desenvainado y la tea en alto.
—Sé que no he sido muy religioso —se arrepintió compungido, puestos los ojos en aquel escurridizo suelo que parecía escapar de sus talones—. De todos modos, nunca cometí faltas graves y, además, demostré mi buena voluntad al derrotar a la Reina de la Oscuridad. De acuerdo, me ayudaron en tal empresa —agregó en un inusitado alarde de honestidad—. Y, lo que es más importante —reanudó la enumeración de sus méritos—, me convertí en amigo personal de Paladine…
—En nombre de Su Oscura Majestad —lo interrumpió una voz hueca a su espalda—, ¿qué haces aquí?
Tasslehoff, alarmado, dio tal respingo que se alzó en el aire —prueba irrefutable de que tenía los nervios de punta— y dio media vuelta. Muy cerca, donde nada se dibujaba mientras trataba de ordenar sus ideas, había una figura que le recordó a Elistan, el clérigo de Paladine, sólo que el aparecido vestía una túnica negra y de su cuello pendía, en lugar del Medallón de Platino, otro de similares características en el que se distinguía la efigie de un dragón de cinco cabezas.
—Debéis disculparme, señor —titubeó el kender—, si no puedo contestar a vuestra pregunta. Ignoro con qué propósito he sido enviado aquí, y ni siquiera estoy seguro, sinceramente, de dónde me encuentro. Me llamo Tasslehoff Burrfoot —se presentó, extendiendo la mano en actitud cortés—. ¿Y vos?
La figura no se rebajó a devolver el saludo, menos aún a identificarse. Tras apartar su capuz se aproximó al kender, de tal manera que el hombrecillo pudo estudiar su aspecto. Su pasmo no tuvo límites al percibir los mechones de cabello que caían diseminados entre los pliegues del embozo, en una melena tan larga que habría rozado el suelo de no flotar en torno a su cuerpo en un torbellino fantasmal, enmarañándose con la barba cana que brotó, como por arte de magia, de su cadavérico semblante mientras Tas le examinaba.
—Es extraordinario —se admiró el kender—. ¿Podrías revelarme el secreto de este prodigio? Y, si no es molestia, ¿por que no me ilustráis también sobre mi paradero? Os explicaré lo que me sucede —prosiguió, en el momento en que el desconocido daba un nuevo paso al frente. Aunque la figura no le inspiraba miedo, un impulso irrefrenable lo indujo a rehuir su contacto, a recular. No obstante, le impidió moverse un obstáculo invisible—. He muerto y… ¿Por casualidad sois el responsable de las almas errabundas? —lo interrogó, más indignado que temeroso—. Creo que quien gobierna este limbo, o lo que quiera que sea, no hace bien su trabajo. ¡Siento dolores! —exclamó, lanzándole una mirada acusadora—. Mi cabeza, mis costillas, me someten a un continuado suplicio. Además, he tenido que recorrer un largo trayecto, muy fatigoso, desde los sótanos del Templo.
—¡Los sótanos del Templo! —repitió el singular clérigo, que se había detenido a escasa distancia del hombrecillo.
Su cabello, de un gris metálico, se balanceaba cual si lo agitase un viento cálido. En cuanto a sus iris, hasta ahora semiocultos, parecían reflejar las anaranjadas llamas del firmamento, o así se le antojó al kender. Sin dejarse amedrentar por tan siniestras peculiaridades, Tas reanudó su discurso.
—Sí, de allí vengo —corroboró. Casi hubo de taparse la nariz, pues la figura destilaba un olor nauseabundo—. Yo seguía a la sacerdotisa Crysania, que corría en busca de Raistlin…
—¡Raistlin! —se asombró de nuevo el recién llegado. Por alguna razón, su manera de pronunciar el nombre del mago hizo que al kender se le erizara el vello—. ¡Acompáñame!
La mano de la criatura, tan peculiar como el resto de su ser, se cerró alrededor de la muñeca de su oponente.
—¡Ay! —se quejó éste, presa de un dolor que se propagó por todo su brazo—. Me haces daño —afirmó, sin percatarse de que le había apeado el tratamiento.
La figura no le hizo caso. Cerrando los ojos como los nigromantes cuando se concentraban en sus hechizos, apretó aún más la muñeca del kender. De pronto, el suelo comenzó a ondularse sin violencia, y Tas reparó maravillado en que el paisaje fluía en un discurrir rápido, sinuoso. No eran ellos quienes se movían, sino el terreno.
—¿Dónde me has dicho que estamos? —indagó con los dientes apretados.
—En el Abismo —repuso su aprehensor. Su tono era sepulcral, más inquietante de lo que el hombrecillo estaba dispuesto a admitir.
—No creí ser tan villano —se lamentó, suspendida una lágrima de sus pestañas—. Así que me hallo en el famoso Abismo. Espero que no te disgustes si te confieso que me ha decepcionado; siempre pensé que se trataba de un lugar fascinador y, para ser franco, hasta el momento no he vivido en él más que sinsabores. Ninguna emoción, sólo tedio, fealdad y, te ruego que no te ofendas, esos efluvios fétidos que no le prestan mucho encanto. —Olisqueó el ambiente y se limpió la nariz en la manga, tan desdichado que no atinó a utilizar el pañuelo de su bolsillo—. ¿Adónde nos dirigimos?
—Solicitaste ver al responsable de estos parajes —le recordó el supuesto clérigo, a la vez que acariciaba con su esquelética mano el medallón de los dragones.
Cambió el paisaje. El kender visualizó todas cuantas ciudades había visitado, pero ninguna en particular. Distinguió formas familiares, que fue incapaz de reconocer en medio de aquella negrura bullente de vida. No logró fijar la vista en nada, nada resonó en sus tímpanos, en una atmósfera saturada de imágenes y susurros.
Consultó con la mirada a su acompañante, espió los planos que se divisaban por todos los lados, y enmudeció. Era la segunda ocasión en su prolongada existencia —la primera fue encontrar vivo a Fizban cuando lo suponía muerto— en la que no lograba articular las palabras.
Si a cualquier kender sobre la faz de Krynn le hubieran pedido que confeccionara una lista indicando, por orden de prioridades, cuáles eran los lugares que deseaba conocer, la morada de la Reina de la Oscuridad habría ocupado al menos el tercer puesto.
Tas no habría sido una excepción y, sin embargo, ahora que se hallaba en la sala de espera de la poderosa monarca, en uno de los reductos más interesantes para los miembros de todas las razas, se sentía enormemente desventurado.
El primer elemento desestabilizador era la estancia donde le había introducido el clérigo de cabello acerado y negro hábito. Estaba vacía, no había mesas repletas de objetos atractivos ni tampoco sillas, lo que lo obligaba a permanecer de pie. Y, peor aún, la cámara carecía de paredes. Si sabía que se hallaba en una habitación era porque el extraño personaje le había ordenado que aguardase «en la sala de espera», y él se había dejado influir por tal comentario.