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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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»Tenía muy poco aire, incluso al principio, y pronto me resultó un lugar ardiente y asfixiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude observar un débil resplandor, y descubrí que si me elevaba sobre mis punteras podía ver, a través de las ranuras de la celada, la luz de la vela de mi tío -finalmente, supuse que era mi tío- andando por la sala. Cuando la luz se detuvo frente a mí -incluso de puntillas sólo podía ver el techo-, esperé durante un tiempo que me pareció eterno que las láminas metálicas frontales se abrieran de repente. Al final, la luz se apartó y se desvaneció en un amortiguado tableteo de cerraduras y cerrojos. Pero no me atreví a moverme enseguida. Cuando todo volvió a quedar en silencio, me vi atrapado por un terror mortal que fue invadiéndome y enredándome en las palabras que acababa de copiar: "Porque así un árbol joven puede injertarse en uno viejo…". E imaginé negras nubes cerniéndose sobre la mansión…

»Pero… ya es suficiente. Lo menciono sólo para explicar por qué, cuando al final salí de aquel sofocante ataúd, sólo pensé en huir de allí. Baste decir que el descenso resultó ser aún más peligroso que la subida, y que alcancé el suelo firme con un buen número de arañazos y heridas. Para mi alivio, mi tío no vino a buscarme a la mañana siguiente. Pensé decirle a Drayton lo que sabía, pero dudé de su capacidad para ocultarle nada a su señor, así que me limité a comentar que estaba preocupado por la salud de mi tío. Drayton me ha prometido enviarme un telegrama a Londres si sucede algo raro.

»Y esto, finalmente, me conduce directamente al propósito de mi visita. Como usted sabrá, tengo un interés particular en las afecciones del corazón y a menudo me veo obligado a abandonar la ciudad cuando se requiere mi opinión en otros lugares. Así que no siempre se me puede encontrar con la premura necesaria, en cuyo caso Drayton vendría directamente aquí. Pero más allá de ponerle al corriente de la situación, me gustaría preguntarle si usted podría sugerir algún medio legal por el cual pudiéramos prevenir un desastre, en vez de esperar a que estalle la tormenta… y nunca mejor dicho. Aunque, como representante legal de mi tío, tal vez considere usted que es impropio ofrecerme algún consejo.

El fuego prácticamente se había consumido; recordaba vagamente haber oído que Josiah se había ido ya hacía algún tiempo.

– Dadas las extraordinarias circunstancias del caso, no creo que sea impropio aconsejarle, en absoluto -le dije mientras rellenaba nuestras copas-. Pero el único camino que se sigue de todo lo que me ha dicho es uno muy drástico: el confinamiento en un manicomio. Y, por supuesto, por lo que le atañe a usted, el riesgo es que si no prospera ese intento, su tío podría muy bien vengarse y desheredarle. ¿Cree usted que dos colegas suyos podrían firmar un certificado…? Como presumible heredero, usted no podría firmarlo, desde luego.

– No estoy seguro de que pudiera conseguir dos firmas -contestó-. No podemos probar que pretenda usar la armadura para algún propósito siniestro; probablemente argumentaría que está embarcado en una investigación científica sobre los efectos de los rayos. Y respecto a su exigencia de que nadie entre en sus dominios durante los tres días posteriores a que (presumiblemente) no conteste tras la puerta, y suponiendo que él pusiera por escrito todo esto, ¿estoy legalmente obligado a acatar sus exigencias? ¿Perdería la propiedad si no lo hiciera?

– Si me trajera una provisión semejante a mí -dije, después de pensar en ello durante unos momentos-, me negaría a escribirlo en el testamento, porque semejante disposición resulta contradictoria. Un testamento no obliga hasta que no se sustancia, y no puede sustanciarse hasta que el testador ha muerto. Usted no puede saber si él ha muerto o no hasta que no entre en la galería, lo cual él le ha prohibido hacer; pero si usted cree que él está enfermo o moribundo, tiene el deber moral de prestarle asistencia, y esto se lo reconocería sin duda la ley. El riesgo que afronta usted, desde luego, es que si entra y no está muerto, bien podría llevar a cabo la amenaza de desheredarle. De hecho… suponiendo que Drayton viniera a verme, y dijera que está preocupado por su tío, sería mejor que fuera yo el que entrara en la galería. Lo peor que podría hacerme sería prescindir de mis servicios, suponiendo que estuviera vivo; y si estuviera muerto, bueno… ello evitaría ciertas complicaciones…

Cuando planteé esta idea, se me ocurrió que tal vez estaba siendo imprudente, pero Magnus me dio las gracias tan afectuosamente que retractarse hubiera sido un poco grosero. Así quedó el asunto por el momento, y salimos a la gélida noche para caminar unos centenares de yardas hasta mi casa.

Durante mucho tiempo me había acostumbrado a no tener compañía, pero Magnus consiguió que hablara aquella noche… De pronto me vi hablando de Phoebe y de Arthur como no lo había hecho a lo largo de muchos años y de la gran oscuridad de espíritu que había sucedido a sus fallecimientos. Hablé también de la extraña pérdida de habilidad artística que sucedió tras haber pintado Wraxford Hall a la luz de la luna, y de cómo, en mis esfuerzos por superar esa incapacidad -o esa maldición, pues llegué a creer que eso era realmente-, había abandonado primero los óleos, luego las acuarelas y finalmente me había conformado con el lápiz y el carboncillo, como si renunciar a todo excepto a las técnicas más sencillas pudiera de algún modo romper el embrujo.

– Estoy seguro de que está usted en el buen camino -dijo Magnus-. Y, créame, yo he tenido pensamientos semejantes respecto a mi propia profesión. A pesar de todos los avances, yo no veo que la medicina haya avanzado mucho desde los tiempos de Galeno. Podemos inocular vacunas contra la viruela o amputar un miembro gangrenoso en treinta segundos, pero cuando se trata otras enfermedades, no estamos mejor equipados que una anciana de una aldea con una alacena llena de plantas medicinales. Y nosotros, es decir, la mayoría de mis colegas, parecemos decididos a despreciar cualquier tratamiento, aunque sea efectivo, para el cual aún no tengamos una explicación en términos físicos.

»Fíjese, por ejemplo, en el mesmerismo: ha sido el último grito desde hace veinte años; y ahora lo desprecia la mayoría de la profesión como una disciplina no más científica que el espiritismo; sin embargo, el mesmerismo ofrece incalculables beneficios a la hora de aliviar el dolor, y es bastante posible que aporte beneficios en la cura de algunas enfermedades crónicas, incluidas las enfermedades coronarias. Yo mismo he obtenido notables resultados con algunos de mis pacientes, aunque no me atrevería a describirlos en prensa. Ya se me considera un perfecto charlatán sin necesidad de hacerlo.

Ya habíamos tomado el café y el brandy en el estudio -Magnus, como yo, no fuma- y nos habíamos acomodado en dos butacas junto al fuego. Dos velas ardían sobre la repisa de la chimenea; el resto de la sala estaba a oscuras.

Le pregunté cómo podía ayudar el mesmerismo a curar enfermedades.

– Piense -dijo- que su mente influye en la acción de su corazón, sea usted consciente o no de los efectos. Cuando usted tiene pensamientos terroríficos, por ejemplo, su pulso se acelera, su respiración se torna superficial y mucho más rápida. Estamos acostumbrados a pensar que este tipo de reacciones son involuntarias, pero causa y efecto son aquí intercambiables: usted podría evocar una escena terrorífica con el propósito de acelerar su pulso. Los faquires de la India han ampliado este control, podríamos llamarlo así, hasta sus extremos, de modo que todos los procesos corporales que nosotros consideramos autónomos pueden ser controlados por órdenes mentales conscientes: no sólo las acciones del corazón y los pulmones, sino la digestión, el tacto, la temperatura del cuerpo, etcétera. De este modo, un monje hindú puede caminar desprotegido sobre un lecho de ascuas ardientes, o alcanzar una situación similar a la hibernación, y permanecer enterrado vivo durante horas, e incluso días, y salir sano y salvo de una experiencia en la que usted o yo nos habríamos asfixiado en pocos minutos.

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