La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Se giró con una mirada sorprendida en los ojos.
– Lo que creo es que eres muy hermosa y muy inteligente. Nunca había conocido a nadie como tú… Eres como el personaje de un libro… Como una princesa.
Deslicé los restos del collar de mi madre de vuelta a la bolsita.
– Eso no era lo que pensaste la tarde que nos encontramos en el jardín. El día que estabas con Marie y Francine -le contesté-. Pensaste que no era más que una estúpida colegiala.
– ¡En absoluto! -protestó Dimitri, mirándome sinceramente alarmado-. Pensé que Amelia se estaba comportando de una forma muy grosera… y sentí envidia.
– ¿Envidia? ¿De qué?
– Me hubiera encantado ir a un colegio elegante. Haber estudiado francés y arte.
– ¡Oh! -exclamé, observándole con asombro. Me había pasado meses pensando que me despreciaba.
Se abrió la puerta del recibidor y Mei Lin apareció en la habitación. Cuando vio a Dimitri, se quedó inmóvil y retrocedió, agarrándose tímidamente al brazo del sofá. La semana anterior, había perdido los dos incisivos y ceceaba cuando hablaba.
– El señor Serguéi pregunta si le gustaría tomar el té ahora -dijo en un ruso muy educado.
Dimitri emitió una carcajada y se golpeó la rodilla.
– Seguro que ha aprendido eso de ti -dijo-. Parece una aristócrata.
– ¿Te gustaría quedarte a tomar el té? -le pregunté-. A Serguéi le encantará verte.
– Por desgracia, no puedo -respondió, recogiendo el sombrero y el abrigo-. Estoy haciendo audiciones para encontrar una nueva banda de jazz para el club.
– ¿Y tú eres el que preferiría estudiar francés y arte?
Dimitri se volvió a reír, y el sonido de su risa me produjo una oleada cálida.
– Un día -me dijo-, Serguéi cederá y te traerá al club.
En el exterior, el aire era fresco y el sol brillaba. Aquella mañana, me había levantado deprimida, pero Dimitri había conseguido animarme. El jardín rebosante de sonidos, olores y colores parecía cobrar vida. Las palomas zureaban y una profusión de ásteres morados crecía en los rebordes del camino. Percibía el olor acre del musgo que moteaba la fuente y las partes de muro que estaban en sombra. Sentí el impulso de entrelazar mi brazo con el de Dimitri y corretear con él hasta la verja, pero me contuve.
Dimitri volvió la mirada hacia la casa.
– ¿Te encuentras bien aquí, Anya? -inquirió-. Debes de sentirte sola.
– Ahora ya estoy acostumbrada -le contesté-. Tengo la biblioteca. Y unas cuantas amigas en la escuela.
Se detuvo y le dio una patada a la gravilla del sendero, mientras fruncía el ceño.
– Yo no tengo mucho tiempo a causa del club -me dijo-, pero quizás podría visitarte, si quieres. ¿Qué te parece si viniera un par de horas todos los miércoles por la tarde?
– Sí -le contesté, palmoteando-. Me encantaría.
La anciana doncella nos abrió el pestillo de la verja. Me daba miedo mirarla a los ojos. Me preguntaba si habría oído lo que había ocurrido con el collar y si me despreciaría aún más por ello. Pero presentaba su habitual semblante adusto y silencioso.
– ¿Qué haremos entonces el próximo miércoles? -preguntó, mientras silbaba, pidiendo un rickshaw-. ¿Quieres jugar al tenis?
– No, ya hago suficientes cosas de ese estilo en la escuela -respondí. Me imaginaba una de sus manos entre mis omóplatos, la otra entrelazando sus dedos con los míos, mientras nuestras mejillas se mantenían unidas. Me mordí el labio y estudié a Dimitri, en busca de alguna señal que demostrara que él sentía lo mismo. Pero su rostro era como una máscara. Vacilé un momento antes de decirle entusiasmadamente:
– Quiero que me enseñes a bailar aquello que bailabas con Marie y Francine. -Dimitri dio un paso atrás, sorprendido. Noté que me sonrojaba, pero no me iba a echar atrás ahora-. El tango -añadí.
Se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás, por lo que pude ver su blanca dentadura.
– Ése es un baile muy atrevido, Anya. Creo que antes debería pedirle permiso a Serguéi.
– He oído que él mismo era un excelente bailarín hace tiempo -contesté, con la voz acartonándoseme por los nervios. A pesar de que Dimitri había dicho que me consideraba hermosa e inteligente, podía comprobar que seguía pensando que yo era una cría-. Quizás podemos pedirle a Serguéi que nos enseñe.
– Quizás -volvió a reírse Dimitri de nuevo-. Aunque está siendo muy correcto contigo. Estoy seguro de que insistirá en enseñarnos el vals vienés.
El porteador de un rickshaw con pantalones cortos y una camisa raída se acercó a la verja. Dimitri le dio la dirección del club. Le contemplé mientras se encaramaba al asiento.
– Anya -me llamó. Miré hacia arriba y vi que estaba inclinado hacia mí. Esperaba que fuera a besarme, por lo que le ofrecí la mejilla. Pero me colocó la mano en el oído y me susurró:
– Anya, quiero que sepas que lo comprendo. Yo también perdí a mi madre cuando tenía tu edad.
El latido de mi corazón resonaba tan fuerte dentro del pecho que apenas logré oírle.
Le indicó al porteador que iniciara la marcha y el rickshaw se alejó por la calle. Justo antes de que doblara la esquina, Dimitri se volvió y me saludó con la mano.
– ¡Hasta el próximo miércoles! -gritó.
Me hormigueaba la piel. Me sentía tan febril que pensé que se me estaban derritiendo los huesos. Miré a mis espaldas y percibí a la anciana doncella observándome, mientras sujetaba con su huesuda mano la verja. Corrí hacia el jardín y al interior de la casa pasando a su lado: una orquesta china resonaba en mi interior al ritmo de mis sentimientos.
4
El invierno en Shanghái no era tan frío como el de Harbin, pero también era menos hermoso. No había ninguna capa de nieve que recubriera los edificios y las calles, ni estalactitas que adornaran los aleros como si fueran de cristal, ni un refugio silencioso del mundanal ruido. En su lugar, el cielo se teñía de un perenne color gris; una procesión interminable de seres desaliñados con cara de necesidad recorría las sucias calles, y el aire estaba tan húmedo y cargado de aguanieve que una sola inhalación me producía escalofríos y melancolía.
El jardín en invierno tenía un aspecto espantoso. Los parterres se convertían en enlodadas parcelas baldías en las que apenas lograban asomar las hierbas más resistentes. Rodeé el árbol de gardenias con una malla y le coloqué una cubierta. El resto de los árboles, corroídos por la escarcha, exhibían su desnudez sin hojas ni nieve, y proyectaban amenazadoras sombras sobre mis ventanas por la noche, como esqueletos levantándose de sus tumbas. El viento aullaba entre sus ramas, hacía temblar los cristales y crujir las vigas del techo. Muchas noches, me quedaba tumbada y despierta durante horas, llorando por mi madre e imaginándome que ella estaría a la intemperie, en algún lugar bajo la tempestad, hambrienta y temblando.
No obstante, mientras las flores y las plantas todavía hibernaban, mi cuerpo crecía rápidamente. En primer lugar, las piernas se me alargaron, prácticamente alcanzando el extremo final de la cama, por lo que supe que iba a ser alta, como mis padres. La cintura se me afinó, mientras que las caderas se me ensancharon y mis infantiles pecas se atenuaron bajo una piel de color marfil. Después, para mi regocijo, comenzaron a crecerme unos tímidos senos. Observaba con interés cómo se expandían, presionando contra mi jersey como brotes primaverales. Mi cabello mantuvo su color rubio rojizo, pero las pestañas y las cejas se me oscurecieron y mi voz se volvió más adulta. Parecía que lo único que permanecía igual, aparte de mi pelo, eran mis ojos azules. Los cambios acontecieron tan rápidamente que no pude evitar pensar que mi crecimiento había estado conteniéndose, como un río bloqueado por un tronco, y que algo había ocurrido en Shanghái que había retirado el obstáculo, desencadenando una riada de sorprendentes novedades.