La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
El brazo derecho de la chica se cerró sobre su cabeza y sus caderas comenzaron a moverse con más fuerza. Sosteniéndolas con ambas manos, Grofield se entregó al placer y la respiración que oía en su oído derecho se volvió rápida y muy agitada.
Las cosas siguieron su desarrollo durante un rato, hasta que de pronto, la parte superior del torso se irguió y el rostro atónito de Dori apareció directamente ante los ojos de Grofield. Ella soltó un grito, mezcla de sorpresa y placer:
– ¡Oh!
– Hola -dijo él. Ahora tenía libre la mano derecha; en parte para calmar el dolor de su hombro, la movió y la colocó junto a la izquierda.
Dori se reía. Puso las palmas de sus manos contra los hombros de él, apretándolo contra el asiento, y se quedó con el torso levantado; ahora era como hermanos siameses unidos del ombligo para abajo. Riéndose y al mismo tiempo apretando los músculos de la cara en la concentración, la chica siguió haciendo cosas que seguramente no había aprendido en la biblioteca.
Grofield dejó de oír las campanas de la iglesia y cuando pudo pensar de nuevo en ellas, habían cesado. Dori se había dejado caer sobre su pecho, con su cabello en la cara de él y los labios contra su cuello.
– Buenos días -le dijo Grofield.
Ella murmuró algo, pero de pronto dio un salto y apoyó el codo en la garganta de él, mirando con horror la luz del día.
– ¡Ya es mañana!
– No, es hoy -repuso Grofield.
– ¡Mis padres! ¡Yo…! -De pronto se movía sobre él como una patinadora sobre hielo, dándole golpes con las rodillas, los talones, los codos-. Tenemos que… Qué hora… Dónde está mi… No podemos…
– ¡Uuf! -dijo él-. ¡Ou! ¡Cuidado!
Ella se estaba poniendo unas bragas color coral, sentada sobre su estómago.
– ¡Tenemos que ir a casa! -gritó ella-. ¡Date prisa! ¡Date prisa!
– Quítate de encima de mí, querida. Haré todo lo que quieras si me dejas en libertad.
– ¡Rápido, rápido! -Dori se movió un poco y lo palmeó para que se apresurase, pero al mismo tiempo le hacía imposible llevar sus piernas hacia el mismo lado del coche donde estaba su cabeza.
– Maldita sea -gruñó Grofield-. Ou, yo… Podrías mover esto… Me gustaría… Aaaah…
Al fin volvía a ser él mismo; se sentó y miró afuera; un cementerio.
Exactamente. La iglesia de ladrillos rojos estaba detrás del coche, que se encontraba en el centro del cementerio. Un terreno llano dispuesto simétricamente con tumbas de piedra, y aquí y allá un arce o un arbusto. A cierta distancia, en frente, comenzaba un monte que se prolongaba hasta unas lejanas colinas. A la izquierda y a la derecha, campos sembrados separaban al cementerio de unas casitas idénticas.
– En medio de la muerte -murmuró Grofield-, estamos en la vida.
La chica, ocupada con su ropa, le echó una mirada distraída.
– ¿Qué?
– Nada. Pensaba.
– Por favor -dijo ella con voz verdaderamente asustada-. Ni siquiera has empezado a vestirte.
– Está bien -respondió él; miró a su alrededor y encontró un calcetín. Mientras se lo ponía, le dijo-: Te llevaré a casa. -Estornudó.
XIX
Mike Abadandi caminaba lentamente frente al Motel Princesa, observando sus paredes rosadas, el techo de tejas azules y el enorme cartel amorfo de la fachada. Las luces de neón seguían encendidas, pero a las siete de la mañana parecían lavadas y anémicas. Ninguno de los dos coches estacionados enfrente era el Impala color bronce.
Era una hilera de moteles, uno detrás de otro, todos bajos y similares, y la monotonía sólo se quebraba aquí y allá por una hamburguesería McDonald o un Kentucky Fried Chicken. Abadandi continuó hacia el motel siguiente, llamado Descanso de Calidad; se detuvo en uno de los sitios libres cerca de la oficina y caminó hacia el Princesa.
El sol ya se asomaba sobre el horizonte del Este y brillaba con una tonalidad amarilla pálida, pero muy brillante, por encima de los anuncios luminosos del otro lado de la carretera y sobre un cielo celeste y sin nubes. El color del cielo iba desde el casi blanco cerca del sol, hasta un azul intenso en el horizonte del Oeste. El aire estaba muy limpio, y todavía no muy caliente; no había viento ni humedad. Un gran día, hermoso. Mientras caminaba, la mente de Abadandi giraba complacida alrededor del recuerdo de la gran piscina de natación que había mandado construir en el patio de su casa dos años atrás. Nadar, tomar cerveza, dormir al sol. Invitar a Andy Marko; a Abadandi le encantaba mirar a Peg Marko en bikini.
Separando la zona del aparcamiento del Descanso de Calidad del aparcamiento del Princesa, había una franja de veinte centímetros de maleza y basura. A ambos lados de esta franja se extendía una valla de cincuenta centímetros de altura pintada de blanco. Abadandi pasó por encima, siguió entre dos Chevrolets estacionados, se detuvo mientras un Plymouth maniobraba lentamente hacia la salida con una pareja de caras enojadas en su interior, y luego se dirigió a la parte trasera del motel, donde estaban situados la mayoría de los apartamentos en un gran espacio en forma de herradura de dos pisos.
No había ningún Impala color bronce. Con el ceño fruncido, Abadandi recorrió por segunda vez la herradura, estudiando cada uno de los coches. Pero el Impala seguía sin aparecer.
¿Qué estaba pasando? ¿Estarían haciéndose los listos y aparcarían el coche en algún otro lugar? O quizá esa noche se habían dado cuenta de que los seguían y habían venido aquí para despistar. O quizá el que los había seguido había confundido el nombre del motel.
De todos modos, no había nada que hacer ahora sino buscar un teléfono y llamar pidiendo instrucciones. Abadandi se dirigió hacia la fachada principal del edificio y cuando daba la vuelta a la esquina de la herradura vio entrar al Impala color bronce.
Se sorprendió tanto que faltó poco para que se abalanzara a esconderse tras el coche aparcado más próximo. Se detuvo un segundo, pero se recobró inmediatamente y continuó caminando. Apenas si miró al Impala cuando se cruzaron.
Iba un tipo solo. Abadandi caminó unos pasos más, se detuvo, miró atrás y vio que el Impala se detenía en un sitio vacío. El que salió no era Parker -Abadandi lo recordaba muy bien de la Isla Feliz, hacía dos años-, de modo que tenía que ser el llamado Green. Bostezaba y se desperezaba y se rascaba la cintura mientras caminaba hacia la escalera exterior más próxima y subía a la galería que daba a todos los apartamentos del segundo piso. Abadandi lo vio pasar ante siete puertas y detenerse en la octava. Buscó en los bolsillos, sacó una llave, entró y la puerta volvió a ser una más.
¿Pero dónde estaba el otro? Abadandi, suspicaz por naturaleza y por necesidad, pensó en ello durante todo un minuto antes de dar el siguiente paso; se volvió y caminó con aire distraído hacia la parte delantera del motel.
Le llevó cuatro minutos recorrer todos los sitios de atención al público del motel y convencerse de que el segundo hombre no estaba fuera. Entonces volvió a la herradura, subió al segundo piso y fue hasta la puerta que quería. En la mano derecha tenía cuatro llaves, una de las cuales abriría, sin lugar a dudas, la puerta. La mano izquierda la llevaba sobre la cintura. Llevaba la camisa fuera del pantalón, ocultando un treinta y dos de cañón corto, Iver Johnson Trailsman, sujeto por el cinturón.
Mientras caminaba por la galería, tenía el aspecto de un viajero despreocupado y sin prisas, un hombre ligeramente pesado, de unos cuarenta años, con sandalias grises, pantalones celestes y una camisa de rayas azules y blancas. Parecía como si no prestase mucha atención a nada, pero no quitaba los ojos del patio y de las puertas, y estaba preparado para salir disparado en cualquier dirección al primer indicio de complicaciones.
En una palabra; ya había hecho esta clase de trabajos con anterioridad. Introdujo una de las llaves en la puerta. Tras probarla una sola vez, la sacó, dejándola caer y ya estaba intentando con la segunda antes de que la primera tocara el suelo. La segunda sí funcionó; dejó caer las otras, e hizo girar el pomo y empujó, al tiempo que sacaba el revólver y entraba en la habitación.