La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
El teléfono estaba junto a la cama. Parker fue hacia él llevando la cartera y llamó a Lozini a su casa. La voz masculina que respondió dijo:
– El señor Lozini todavía no se ha levantado.
– Dígale que se levante. Dígale que es de parte de Parker.
– Mandó que lo despertaran a las nueve.
– Hágale saber que estaré ahí dentro de media hora.
– Pero…
Parker colgó, se puso de pie y se dirigía hacia Abadandi cuando Grofield salía del cuarto de baño, con una toalla blanca anudada a la cintura y con otra secándose el pelo.
– Vamos a ver a Lozini.
Grofield dejó de secarse el pelo, pero se dejó la toalla enrollada en la cabeza, de modo que su aspecto semejaba al del hijo menor de un jeque.
– ¿Los dos? -preguntó, señalando al hombre en el suelo-. ¿Te parece que fue Lozini quien lo mandó?
– No. Éste está del otro lado. Pero están usando gente de Lozini.
– ¿Decía algo de eso en su cartera?
– Estuvo en el parque de atracciones hace dos años -aseguró Parker-. Lo reconocí.
Grofield fue al armario y sacó la maleta. Poniéndola en la cama, dijo:
– Hiciste un buen trabajo. ¿Pero de dónde salió?
Parker hizo un gesto hacia la habitación contigua y explicó:
– Yo estaba ahí, miré por la ventana a ver si el coche ya estaba en el aparcamiento y lo vi recorriendo el motel y escudriñando.
– Alguien nos siguió anoche -dijo Grofield mientras se vestía.
– Ya estaba a punto de darse por vencido cuando llegaste. Controló a dónde ibas y desapareció un momento. Entonces vine yo y lo estuve observando por la ventana hasta que entró.
– ¿Y durante todo ese tiempo yo estaba en la ducha? ¿Por qué no me lo dijiste?
– ¿Para qué? Estabas cansado, y desnudo, y mojado, y yo podía arreglármelas.
Grofield volvió al armario en busca de sus zapatos. Mientras se los ponía, miró a Abadandi y dijo:
– Está sangrando.
– Ponle una toalla debajo. Es mejor que no dejemos huellas en la alfombra.
Grofield se arrodilló junto a Abadandi con una de sus toallas y levantó la cabeza del hombre para poner la toalla debajo. La sangre que corría a un lado de la cara y rodeaba la oreja era un fino hilo rojo. Grofield se inclinó y exclamó:
– ¡Por Dios, Parker!
– ¿Qué pasa?
– El ojo.
Parker se inclinó y miró a Grofield, que abría el otro párpado del hombre. Apareció el ojo, húmedo y sin expresión, y Grofield tocó con delicadeza la pupila con la punta del dedo y soltó el párpado; se cerró lentamente, como una puerta herrumbrosa.
– Lentillas -dijo Grofield. Se apartó un poco para que Parker pudiera ver la sangre que brotaba del otro ojo de Abadandi; un delgado hilillo, incesante, que manaba con cierto ritmo-. La otra estará incrustada en algún sitio de su cabeza -dijo Grofield.
Parker se arrodilló y pellizcó la mejilla de Abadandi. La carne estaba fría y flácida. No hubo respuesta.
– ¡Maldita sea! -exclamó Parker.
– Está bajo un shock -dijo Grofield.
– Quería hacerlo hablar -respondió Parker.
– Me temo que hoy no. Quizá nunca.
– No va a morirse aquí -dijo Parker-. ¿Estás listo?
– Sí.
– Necesitamos cinta adhesiva, alguna clase de cinta adhesiva.
– ¿La eléctrica puede ser?
Grofield abrió la maleta y sacó un rollo de cinta adhesiva de media pulgada de ancho. Parker cortó un trozo y cubrió el ojo derecho de Abadandi. El ojo tenía una extraña apariencia debajo de la cinta. Parker limpió la sangre y esperó. La cinta había cortado la hemorragia y parecía un simple parche negro.
– Bien -dijo Parker. Enrolló la toalla ensangrentada y se la pasó a Grofield-. Guarda esto.
– De acuerdo.
– Lo llevaremos al coche y lo dejaremos en alguna parte.
Grofield cerró la maleta y la volvió a poner en el armario. Luego, entre los dos alzaron a Abadandi, cogiéndolo por los brazos. Desde cierta distancia, podía parecer un borracho al que sostuvieran dos amigos.
Salieron a la galería. Dos criadas hablaban ante una puerta abierta, pero no se veía a nadie más en toda la herradura. Llevaron a Abadandi hasta la escalera y bajaron como mejor pudieron. Dos mujeres de mediana edad, con sus ropas de domingo y los bolsos colgando de los brazos, esperaban al pie de la escalera y miraron con indiferencia a los tres hombres. Cuando hubieron pasado comenzaron a subir.
Lo metieron en el asiento trasero del Impala y salieron del motel, Parker al volante y Grofield a su lado; Grofield se daba la vuelta cada poco para mirar a Abadandi. Unas pocas manzanas más allá soltó una exclamación de disgusto:
– ¡Maldita sea!
– ¿Qué pasa?
– Ahora sangra por el oído.
– Ponle un trozo de papel.
Grofield abrió la guantera:
– No hay nada.
– Inclínale la cabeza de otro lado. En unos minutos nos desharemos de él.
Grofield acomodó la cabeza de Abadandi. Parker salió de la ciudad en busca de una carretera secundaria que pareciera tranquila. Llegaría tarde a la cita con Lozini, pero no podía evitarlo. El tráfico de la mañana del domingo no era muy denso, pero sí lento; familias.
– Lo siento por el desgraciado -comentó Grofield.
Parker lo miró y volvió a mirar a la carretera.
– Si yo me hubiera dormido -dijo-, él lo estaría sintiendo por ti ahora.
– Y pensar que hace una hora yo estaba recostado donde está él. Por Dios, tiene mal aspecto.
Parker siguió adelante.
XXI
Lozini estaba junto a la piscina, tomando aún su primera taza de café. Se había vestido con unos pantalones viejos manchados de pintura, una camisa blanca y zapatos marrones. Tenía puestas unas gafas de sol oscuras para resguardar sus ojos del fulgor de la mañana. Se sentía incómodo y desasosegado, debido en parte a lo poco que había dormido y en parte al estrés provocado por los nervios, la tensión acumulada y un sentimiento de desamparo que no estaba acostumbrado a experimentar. Había vivido una vida de relaciones con sus enemigos, directa y eficazmente, y había salido triunfante. Ahora sentía que había enemigos a los que no conocía, con los que no podía tratar, sobre los que no iba a triunfar.
¿Y ahora qué sucedía? Parker se estaba retrasando casi un cuarto de hora y Lozini quería saber cuál era el nuevo problema. Sus nervios no se beneficiaban con la espera. Hubo un movimiento en la casa. Lozini cambió de postura en su silla y puso la taza de café sobre la mesa de cristal. Parker y Green aparecieron por una puerta seguidos del mayordomo, Harold. Lozini le hizo un gesto a Harold para que permaneciese dentro y Parker y Green se acercaron solos.
Lozini no se puso de pie. Señaló las sillas vacías junto a la mesa y cuando se sentaban les dijo:
– ¿Harold les preguntó si querían café?
– ¿Michael Abadandi trabaja para usted? -dijo Parker.
– Sí -respondió Lozini.
– Vino a nuestro motel esta mañana, a atacarnos.
– ¿A ustedes? -Pero era una pregunta estúpida y Lozini supo que Parker no la respondería.
No lo hizo.
– Usted no lo envió.
– Por Dios, no.
– Lozini -dijo Parker-, si usted puede digerir ese café es un tipo duro.
– No lo soy -respondió Lozini.
– Se está desmoronando -dijo Parker.
– Lo sé. No me lo recuerde.
– Quiero hacerle una observación.
– Ya sé en qué estoy metido. Haga su observación.
– En toda esta ciudad, hay sólo dos personas en las que usted puede confiar.
Lozini lo miró. Green, en silencio, estaba sentado al lado de Parker, con los brazos cruzados, los ojos entrecerrados por la luz del sol y con un aspecto mucho más serio del que había tenido cuando hablaba con Frankie Faran. Lozini miró de nuevo a Parker y preguntó: