La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
– Usted es policía -afirmó Parker.
La sonrisa de Calesian se amplió; se sentía complacido.
– ¿Cómo se dio cuenta?
– Un empleado no llegaría después que su patrón. Pero sí lo haría un policía sobornado, para demostrar que sigue siendo un hombre libre.
La observación no le gustó demasiado a Calesian, pero no perdió el buen humor.
– Es todo un detective -comentó-. Le agradará saber que recibimos una negativa sobre usted en Washington.
– ¿Una negativa sobre qué?
– El nombre de Parker y su descripción física.
Eso estaba bien.
En realidad era perseguido bajo varios nombres distintos y sus huellas digitales registradas bajo el nombre de Ronald Casper le habían sido tomadas en la época en que había estado en una granja-prisión en California, pero el nombre Parker nunca había sido inscrito en ningún archivo por delitos. En cuanto a la descripción, la cara que tenía ahora era el resultado de una operación de cirugía estética realizada diez años atrás.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Calesian pulsó el botón de la planta baja antes de salir, y cuando estuvieron en el pasillo, el ascensor volvió abajo.
– Por aquí -dijo Calesian.
El 1712 estaba a la derecha. La puerta, entreabierta, conducía a una oficina de recepcionista amueblada, pero desierta, con una puerta abierta más allá por la que Parker pudo ver a varios hombres sentados en sofás de cuero y en sillones. Calesian entró primero y Parker lo siguió; encontró a Lozini sentado ante un amplio escritorio de caoba, cuya superficie estaba solamente ocupada por un teléfono, un cenicero y un paquete de Viceroys. Lozini, con cara agria y irritada, miró a Parker y luego a su reloj, pero no dijo nada sobre la hora. En lugar de eso, tras una breve mirada a Calesian, miró detrás de Parker y preguntó:
– ¿Está solo?
– Así es. Tengo que hacer una llamada.
– ¿Por qué? -Lozini estaba impaciente, y parecía predispuesto a olvidar que en esta situación no tenía autoridad alguna.
– Tengo que decirle a mi socio -contestó Parker- que no vuele su casa, Lozini.
A su lado, Calesian se rió. El hombre gordo que había llegado con Lozini soltó una desmayada exclamación. Lozini se limitó a mirarlo y Parker fue hacia el teléfono, le dio la vuelta y marcó el número de la cabina donde Grofield lo estaba esperando. En realidad, no había bomba alguna en la casa de Lozini, ni tiempo para instalarla, pero la amenaza bastaría.
Nadie dijo nada. Había, además de Parker, seis hombres en la sala, y todos miraron su dedo marcando el número y luego su rostro mientras esperaba que Grofield contestara. Cosa que sucedió a la primera señal de llamada.
– Restaurante de Clancy.
Parker leyó el número del teléfono que tenía en la mano:
– ¿Lo apuntaste?
Grofield le leyó el número y preguntó:
– ¿Estás bien?
– Bien -respondió Parker, y colgó.
– Él le llamará -dijo Lozini.
– Exacto.
– Tengo a mi familia en esa casa.
– Lo sé.
Lozini no sabía si ponerse furioso o aceptar. Con voz ahogada dijo.
– No tengo ningún plan contra usted. Esto es una simple reunión, tenemos un problema en común. ¿Por qué habría de hacerle algo?
– Si yo desaparezco -contestó Parker-, su problema también desaparece.
Lozini negó con la cabeza:
– No. O’Hara no se metió en esto solo, no tenía agallas para eso. Ya le dije esta tarde que no estoy en una situación fácil en esta ciudad y las cosas parecen ponerse cada vez peor. Cosas que no tienen que ver con usted. Incluso puedo perder a mi candidato. -Señalando a Parker con un dedo, agregó-: Lo que quiero decir es que alguien en esta ciudad está buscando algo. Se me venían encima sin darme cuenta y no me habría enterado de nada hasta que hubieran terminado conmigo. Si no fuera por usted. Usted vino, revolvió un poco las cosas, causó algunos problemas, y de pronto empiezo a ver cosas que antes no veía.
– Está bien -comentó Parker.
– De modo que estamos del mismo lado -dijo Lozini-. Yo los quiero atrapar porque buscan suplantarme en esta ciudad y usted porque quiere su dinero. Pero son los mismos.
Parker se encogió de hombros.
– De modo que ahora -continuó Lozini- sabemos cómo salió el dinero del parque. Con O’Hara. El siguiente paso es averiguar a dónde lo llevó y a quién se lo dio.
Un hombre situado a la derecha de Parker dijo:
– Fue para O’Hara. Quizá lo repartió con alguien, pero probablemente la mitad fue para él.
Calesian intervino:
– No, puedo haceros un informe real de la situación financiera de O’Hara. Como máximo pudo haber sacado tres o cuatro mil del asunto, pero eso es todo.
– ¿Cómo puedes estar tan seguro, Harold? -preguntó el otro hombre.
– Esperen un minuto -dijo Parker-. No conozco a todos los que están aquí. -Se volvió, miró las caras y señaló a Frank Faran-. A usted lo conozco.
Faran hizo una mueca y movió la cabeza en una especie de saludo.
– Supongo que sí me conoce -respondió.
El hombre que había dicho que O’Hara se había quedado con el dinero dijo:
– Soy Ted Shevelly, ayudante del señor Lozini.
Vestía con pantalones deportivos y una cazadora. Shevelly parecía tener unos cuarenta años; con sus cabellos rojizos y su cuerpo atlético, tenía el aspecto de un jugador de golf de fin de semana. Llevaba unas gafas cuadradas con montura dorada y daba la impresión de que era demasiado tranquilo o bondadoso; algo semejante a Faran, pero sin la estupidez y la propensión al alcohol de éste.
Parker asintió y se volvió hacia el gordo que había llegado en el Olds con Lozini. Llevaba un traje negro y una camisa azul con cuello blanco, sin corbata, y parecía tan incómodo sentado como lo había parecido caminando. Parker dijo:
– Y usted es…
Fue Lozini quien respondió, a espaldas de Parker:
– Es Jack Walters, mi abogado personal.
– ¿Personal?
Walters se movió, incómodo, y trató sin éxito de entrelazar los dedos sobre el vientre.
– No enteramente personal. Conozco algo de los negocios del señor Lozini.
– Más de lo que querrías conocer -dijo Lozini-, y menos de lo que quiero que conozcas.
Walters sonrió y asintió, y volvió a parecer incómodo. Pero evidentemente sólo el cuerpo de Walters era torpe; los ojos traslucían un cerebro firme y agudo.
El hombre que estaba a su lado tendría casi cincuenta años y el aspecto de quien, súbitamente, en la edad ya madura, decide dejar de ser aburrido y empezar a ser elegante. Era delgado, pero las arrugas profundas de su cara y la flojedad de la carne bajo la mandíbula sugerían que había sido mucho más grueso y que había sobrellevado las dietas más crueles para lograr una espúrea juventud. Llevaba mocasines marrones, pantalones celestes, una chaqueta de madrás y un jersey de cuello cisne amarillo, como si lo hubiera vestido un director escénico de Broadway para representar la parodia de un turista en Miami.
– Nate Simms -dijo esta aparición, poniéndose de pie, sonriendo y tendiendo una mano varonil-: Soy el contable de Al. También tengo una vaga idea de sus negocios.
Contable; perfecto. ¿Al? Eso debía de significar Lozini. Parker tomó un instante la manó del hombre y se volvió hacia Harold Calesian.
– Nos encontramos en el ascensor.
– Exacto -respondió Calesian con su sonrisa habitual-. Y nos presentamos como es debido.
– ¿Qué hace en la policía?
La sonrisa de Calesian se tornó algo burlona.
– Soy detective jefe -respondió-. Trabajo en la sección del crimen organizado.
Volviéndose a Lozini, Parker preguntó: