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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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Andrew dijo a gritos que subía la marea, dio un salto, comenzó a correr chapoteando sobre las olas que llegaban ya a la orilla; corvó hacia la playa, donde llevada por su propio ímpetu y por el deseo de moverse con rapidez, apareció justo tras una piedra, donde, ¡cielos!, ¡Paul y Minta estaban abrazados!, ¡quizá habían estado besándose! Se sintió afrentada, indignada. Andrew y ella se pusieron los calcetines y los zapatos en completo silencio, no dijeron ni una sola palabra sobre el asunto. A decir verdad, había cierta hostilidad entre ellos. Tenía que haberle llamado en cuanto vio el cangrejo o lo que fuera, gruñía Andrew. Sin embargo, ambos pensaban, no es culpa nuestra. Ellos no querían que hubiera sucedido aquel penoso incidente. No obstante, a Andrew le irritaba que Nancy fuera mujer; y a Nancy, que Andrew fuera hombre; se echaron los cordones, e hicieron los lazos con todo esmero.

Fue cuando llegaron a la cima del acantilado cuando Minta dijo que había perdido el broche de su abuela -el único adorno que poseía-, un sauce llorón, tenían que recordarlo, con perlas engastadas. Tenían que haberlo visto, les decía; lloraba; era el broche que había llevado prendido su abuela en el sombrero hasta el último día de su vida. Y lo había perdido. ¡Podía haber perdido cualquier otra cosa! Tenía que volver a buscarlo. Regresaron. Removieron, miraron, rebuscaron. Agachaban las cabezas, decían cosas en voz baja, refunfuñaban. Paul Rayley buscaba como loco por la piedra en la que habían estado sentados. Todo este ajetreo por el broche no serviría de nada, pensaba Andrew cuando Paul le dijo: «busca entre estos dos puntos». La marea subía aprisa. Pronto el mar ocultaría el lugar en el que habían estado sentados. No tenían ni la más remota posibilidad de hallarlo. «¿Nos quedaremos aislados?», gritó Minta, aterrorizada.

¡Como si hubiera peligro de que eso sucediera! Era como con los toros, no controlaba sus emociones, pensó Andrew. Las mujeres no podían. El infeliz Paul intentó calmarla. Los hombres -Andrew y Paul se sintieron de repente varoniles, diferentes de lo que normalmente eran- consideraron el asunto con brevedad, y decidieron dejar plantado el bastón de Paul donde habían estado sentados, para señalar el lugar, y para volver al día siguiente, con la marea baja. Nada podía hacerse ahora. Si el broche estaba ahí, ahí seguiría al -día siguiente, le dijeron para calmarla, pero Minta no dejó de sollozar mientras ascendían de nuevo hasta la cima del acantilado. Era el broche de su abuela; no le habría importado nada perder cualquier otra cosa, pero, aunque de verdad le importaba haberlo perdido, en el fondo, no lloraba sólo por el broche, había algo más. Quizá deberían sentarse todos, y quedarse llorando, pensaba. Pero no sabía por qué.

Avanzaban juntos, Paul y Minta; él la consolaba, y le decía que todo el mundo elogiaba el talento que tenía para hallar cosas perdidas. De pequeño, en una ocasión, se había encontrado un reloj de oro. Se levantaría al alba, y estaba seguro de que lo hallaría. Pensaba que casi estaría a oscuras, y que en cierta forma sería bastante peligroso. Comenzó a decirle, sin embargo, que lo hallaría, y ella dijo que no quería oírle decir que tenía que madrugar: lo había perdido para siempre; estaba segura; había tenido un presentimiento al ponérselo por la tarde. Él, sin decir nada, tomó la decisión de levantarse al alba, cuando todavía estuvieran todos dormidos; si no lo encontraba, iría a Edimburgo, a comprar uno nuevo, pero más bonito. Ya le demostraría de lo que era capaz. Al bajar la cuesta, al ver las luces del pueblo encenderse una tras otra, le parecía que eran como cosas que iban a sucederle: casarse, tener hijos, una casa; luego, al llegar al camino principal, al que protegían unos arbustos muy altos, pensaba en que se retirarían juntos a algún lugar tranquilo, se dedicarían a pasear, él la guiaría siempre, y ella se apretaría a él -como hacía en este momento. Al cambiar de dirección en el cruce pensó en qué experiencia tan asombrosa había sido, y en que debía contárselo a alguien: a Mrs. Ramsay, por supuesto, porque se quedó sin aliento al considerar lo que había pasado, lo que había hecho. Con gran diferencia, lo de pedir a Minta que se casara con él había sido el peor momento de su vida. Iría directo a contárselo a Mrs. Ramsay, porque pensaba que había sido ella quien en cierta forma lo había obligado a hacerlo. Le había hecho creer que podía hacer lo que se propusiera. Nadie más lo tomaba en serio. Pero ella le había hecho creer que podía hacer lo que quisiera. Había advertido que hoy había estado mirándolo constantemente, lo había seguido con la vista a todas partes -sin decir una sola palabra-, como si estuviera diciéndole: «Sí, puedes. Tengo confianza en ti. Seguro que te decidirás.» Eso es lo que le había hecho sentir, y en cuanto regresaran -buscaba las luces de la casa, sobre la bahía-, iría a verla, y le diría: «Lo he hecho, Mrs. Ramsay, gracias a usted.» Al entrar en la calleja que llevaba a la casa, vio luces que se movían allí, en las ventanas del piso de arriba. Seguro que se había hecho muy tarde, demasiado. Seguro que estaban a punto de cenar. La casa estaba completamente iluminada, y las luces, cuando había anochecido, proporcionaban a sus ojos una sensación de plenitud, y se dijo, de forma infantil, mientras llegaban a la casa: Luces, luces, luces; al llegar a la casa, se repetía, como hipnotizado: Luces, luces, luces; sin dejar de mirar a todas partes, con cara de haber tomado una decisión. Pero, cielos, se dijo, llevándose la mano a la corbata, no debo dar la impresión de que soy tonto.)

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