Al Faro
- Автор: Woolf Virginia
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:
Ella conocía Bruselas, París, pero aquí estuvo sólo en una visita muy rápida, para ver a una tía enferma. Conocía Dresde, había montañas de cuadros que no había podido ver; sin embargo, Lily Briscoe reflexionó, acaso era mejor no ver los cuadros: le hacían sentirse irremisiblemente descontenta con su propia obra. Mr. Bankes pensaba que ese punto de vista podía llevarse quizá demasiado lejos. No todos podemos ser Tiziano o Darwin, dijo; y, además, creía que los Darwin y los Tiziano existían porque había personas sencillas como nosotros. A Lily le habría gustado decir algo amable sobre éclass="underline" usted no es una persona cualquiera, Mr. Bankes; eso es lo que le habría gustado decir. Pero a él no le gustaban los cumplidos (aunque sí le gustan a la mayoría de los hombres, pensó), y se sintió un poco avergonzada de esta idea, mientras que le escuchaba decir que acaso esta idea era inaplicable al caso de la pintura. En cualquier caso, dijo Lily, desprendiéndose de su modesta insinceridad, ella nunca dejaría de pintar, porque le interesaba. Sí, dijo Mr. Bankes, estaba convencido de que seguiría, al llegar al extremo del jardín le preguntó si le costaba inspirarse para pintar en Londres; luego, de vuelta, vieron a los Ramsay. Así que eso es el matrimonio, pensó Lily, un hombre y una mujer que miran a una niña que arroja una pelota. Esto es lo que Mrs. Ramsay quería decirme el otro día, pensó. Porque llevaba el chal de color verde, y estaban juntos, miraban cómo Prue y Jasper se arrojaban la pelota. De repente, sin justificación aparente, como cuando alguien salía del metro, o pulsaba el timbre de una puerta, descendía un significado sobre la gente, y la convertía en simbólica, en representativa; acababa de convertirlos, ahí, en pie, en medio del crepúsculo, absortos, en símbolos del matrimonio, marido y mujer. Luego, un momento después, ese perfil simbólico, que había vuelto trascendentes las figuras reales, se desvaneció de nuevo, y volvieron a ser Mr. y Mrs. Ramsay, que miraban cómo los niños se arrojaban la pelota. Pero todavía, durante un momento, aunque Mrs. Ramsay los saludó con la sonrisa de costumbre (ah, estará pensando que vamos a casarnos, pensó Lily), y dijo: «Esta noche he triunfado», con lo que quería decir que, por una vez, Mr. Bankes había aceptado una invitación a cenar, y que no saldría corriendo para ir a su alojamiento donde su criado le cocinaba las verduras a su gusto; todavía, durante un momento, hubo la sensación de que las cosas se habían desperdigado como en una explosión, hubo como una conciencia del espacio, de irresponsabilidad, mientras la pelota ascendía, y la seguían hasta perderla, y veían la estrella solitaria, y las ramas con sus atavíos. En medio de la luz declinante todos parecían más cortantes, más etéreos, y como si estuvieran separados por enormes distancias. Entonces, tras retroceder un buen trecho (parecía como si también la solidez se hubiera desvanecido), Prue comió a toda prisa hacia ellos, y cogió la pelota, con gran destreza, con la mano izquierda, y su madre dijo:
– ¿No han regresado todavía? -lo cual rompió el encantamiento. Mr. Ramsay se sintió autorizado a reírse de Hume en voz alta, que se había caído a una charca de la que no podía salir, y de donde lo había rescatado una anciana con la condición de que dijera un padrenuestro; se dirigió a su estudio riéndose. Mrs. Ramsay, trayendo de nuevo a Prue al seno de la vida familiar, de la que se había escapado para jugar a tirar la pelota, preguntó:
– ¿Ha ido Nancy con ellos?
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(Claro que sí, Nancy había ido con ellos, porque Minta Doyle se lo había pedido con una mirada muda, con la mano extendida, cuando Nancy ya se iba, tras el almuerzo, al ático, para escaparse del horror de la vida familiar. Había pensado que tenía que ir. No quería ir. No quería que la arrastraran. Porque cuando caminaban por el sendero de los acantilados Minta le cogía la mano. La soltaba. Volvía a cogérsela. ¿Qué quería? Se preguntaba Nancy. Por supuesto, había algo que la gente quería; porque cuando Minta le cogía de la mano, Nancy, a contrapelo, veía cómo el mundo se extendía bajo ella, como si fuera Constantinopla a través de la niebla, y después, por muy soñolienta que estuviera una, tenía que preguntar: «¿Santa Soga?» «¿El Cuerno de Oro?» De forma que Nancy, cuando Minta le cogía de la mano, se preguntaba: «¿Qué quiere?, ¿es esto?», y ¿qué es esto? De vez en cuando brotaban de la niebla -mientras Nancy miraba cómo la vida se extendía bajo ella- minaretes, cúpulas; cosas prominentes, sin nombres. Pero cuando Minta soltaba la mano, como hizo cuando bajaron la cuesta corriendo, todo aquello, la cúpula, el minarete, todo lo que sobresalía por encima de la niebla, volvía a hundirse, desaparecía.
Minta, observó Andrew, era una buena caminante. Llevaba ropas más sensatas que la mayoría de las mujeres. Llevaba faldas muy cortas, y pantalones cortos negros. Se metía sin pensarlo en cualquier arroyo, y lo vadeaba. A él le gustaba lo temeraria que era, pero se daba cuenta de que eso no era bueno: cualquier día se mataría de la forma más idiota. Al parecer, nada le daba miedo… excepto los toros. En cuanto veía un toro en el campo, echaba a correr gritando, que era exactamente lo que enfurecía a los toros. Pero no le importaba nada reconocerlo, había que admitirlo. Sabía que era una miedica con los toros, decía. No le extrañaría que la hubiera derribado uno del cochecito cuando era niña. Pero no parecía darle gran importancia a lo que decía o hacía. Bruscamente se acercó al borde del precipicio, y comenzó a cantar algo sobre:
Pero sería una pena que subiera la marea, y cubriera todos los buenos cotos de caza antes de que pudieran llegar a la playa.
«Una pena», Paul se mostró de acuerdo, y se levantó de repente, y mientras descendían a rastras, no dejaba de leerles, de la guía, que «estas islas son justamente célebres por sus paisajes que parecen parques, y por la cantidad y variedad de sus especies marinas». Pero de nada servía, tanto gritar y tanto maldecir los ojos, pensó Andrew, bajando con cuidado por el acantilado, y esto de darle amistosos golpecitos en la espalda, y eso de decir que era «buen chico», y todo eso, no servía de nada. Era el inconveniente de llevar mujeres en estas expediciones. Se separaron en cuanto llegaron a la playa, él se fue a la Nariz del Papa, se quitó los zapatos, metió los calcetines dentro; Nancy chapoteó hasta sus propias rocas, buscó sus charcas, y dejó que la pareja se las arreglara por su cuenta. Se agachó y palpó las anémonas marinas, suaves como caucho, pegadas como masas de jalea a un costado de la piedra. Meditativa, convirtió la charca en un mar, y los pececillos fueron tiburones y ballenas, y proyectó vastas nubes sobre este diminuto mundo, interponiendo la mano entre el sol y la tierra, y, como el propio Dios, trajo así la oscuridad y el pesar a millones de seres ignorantes y felices; de repente retiró la mano, y dejó que el sol luciera de nuevo. Sobre la pálida arena surcada en todas direcciones, marcando el paso, acorazado, con manoplas, desfilaba un fantástico leviatán -seguía haciendo crecer el charco-, se deslizó hacia las anchas fisuras de la falda de la montaña. Después, la mirada abandonó de forma imperceptible la charca, y descansó en la imprecisa línea en la que se unían el cielo y el mar, en los troncos de los árboles que el humo de los barcos de vapor sobre el horizonte hacía estremecerse; presa del poder del flujo y del inevitable reflujo, se quedó hipnotizada; y los dos sentidos de la inmensidad y la menudencia -e1 charco había disminuido de nuevo- que florecían en medio de estos flujos le hicieron sentir que estaba atada de pies y manos, que no podía moverse a causa de la intensidad de los sentimientos que reducían para siempre su propio cuerpo, su vida, las vidas de todo el mundo, a la nada. Escuchando las olas, agachada junto al charco, en eso meditaba.